Un secreto

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Lucía miraba temerosa la píldora que balanceaba con el pulgar en la palma de su mano. Una nueva droga sin fines recreativos. Era tomarla para descubrir la verdad de quién habitaba dentro de ese cuerpo. La echó a su boca y percibió el gusto agridulce, apretó los ojos y engulló junto con un generoso trago de tequila. Dentro de sí, una multitud aplaudía y vitoreaba, como lo hicieron en el juicio de Jesús. Su consciencia se lavó las manos como Pilatos y todo sucedió. Despertó desnuda y aún se sentía exhausta. Miró el tatuaje en la espalda de la chica. Tendría que inventar una buena historia para explicar a Samuel que había pasado. Comprendió que no tenía una imaginación superdotada, así que decidió decirle la verdad a su exnovio.

—Debo confesar que tome Xpina, y debo decirte que en verdad me gustan las chicas.—dijo a Samuel, quien la miraba con una cara inexpresiva que tiraba a qué diablos. La siguió con la mirada como si esperase que volteara para hacerle una señal obscena. La dejó ir, pero no le permitiría escapar.

Samuel se fue de la ciudad. Miraba ausente los anuncios holográficos que se proyectaban en los techos de las casas, mientras el taxi avanzaba en la transitada avenida. Amaba a Lucía profundamente, tanto que, haría lo imposible para estar con ella. El hotel era uno de esos edificios inteligentes y autosustentables. Cerró las persianas electrónicas y durmió dispuesto a comenzar una nueva vida.

El olor a desinfectante era casi insoportable, las luces de las lamparas herían sus pupilas. Sintió la presión en uno de sus brazos, la enfermera le retiraba el catéter bruscamente. Uno de los médicos se quitaba el aséptico cubrebocas, mientras miraba con satisfacción a Samuel.

—Te costará un poco de trabajo acostumbrarte a tu nuevo tono de voz y en un par de días las cicatrices serán invisibles, jamás nadie sabrá de tu operación. Buena suerte, Samuel, ¿Sam?

Samuel intentó reírse pero se sentía desconcertado aún por el efecto de la anestesia. Adormilado, sintió cómo lo trasladaban del moderno quirófano a una habitación privada.

Se paró frente al espejo y contemplo centímetro a centímetro su cuerpo antes de sorprenderse al mirar su cara: nuevos labios, una nariz más afilada, pómulos altos. Muchos cambios anatómicos en su cuerpo, era realmente bello. Abandonó el hospital, nervioso regresaría a su ciudad de origen.

En la pista del bar, Lucía bailaba hipnotizada por las percusiones de una melodía repetitiva, el DJ estaba en frenesí gracias a las sustancias que había ingerido y a los ocasionales tragos de alcohol. Samuel fue acercándose lentamente, serpenteaba entre los danzantes, acechaba a Lucía como un ingenioso depredador, esperando el momento preciso para atrapar a su indefensa presa. La música y las luces eran delirantes, Lucía abría de vez en cuando los ojos, se dejaba llevar por un morbo que le mojaba el cuerpo en forma de sudor. En un parpadeo Samuel estaba frente a ella, mirando como ondulaban sus caderas y su pecho subía y bajaba al ritmo del éxtasis.
Lucía lo miró, él se limitó a sonreír y a hacerle una señal para invitarla a salir de la pista con dirección a la barra.

—¡Hola! ¡Pero qué bien te ves! —dijo Lucía con un entusiasmo y un incipiente cosquilleo que le subía por la espalda, efervescente.

—Hola, linda. ¿Que bebes? Déjame adivinar… ¡Tequila!

—¡Sí! —exclamó Lucía. —Samuel utilizó la sonrisa más coqueta, resultado de los ensayos frente al espejo, previos al encuentro.

Samuel llevaba todos los ases bajo la manga, conocía perfectamente a Lucía, lo que provocó que ella lo encontrara tan encantador. La música bajaba de volumen y de velocidad, lo que indicaba que era momento de escaparse a seguir la fiesta en otro lugar.

—Vamos a otro sitio ¿te parece? —dijo Lucía, tomando la iniciativa.

—A donde tú quieras, preciosa —contestó Samuel, dispuesto a culminar la conquista.

Subieron al auto y la estrechez comenzó a surtir efecto. La cercanía invitaba al contacto. En un preludio a lo que ocurriría, comenzaron a tocarse, algunos besos ardientes, lenguas desafiantes.

—¡Vaya suerte!, tu cuerpo y tu cara son perfectos. Hay algo que me atrae de ti, algo muy familiar…

—Acabo de llegar a esta ciudad, pero sabes algo, siento que ya te amo —dijo Samuel, tirando el anzuelo.

—¡En serio! Quiero estar contigo, vamos a un lugar.

Lucía se sentía emocionada de haber salido de aquel bar con una mujer tan guapa, mientras manejaba hacia el motel, ya se imaginaba la deliciosa noche que iba a pasar con aquella chica.

—Me llamo Lucía, ¿y tú? —preguntó Lucía con una chispa de curiosidad. Samuel vaciló por un momento.

—Sam… puedes llamarme Sam, mi nombre es ¡Samantha!—contestó aliviado de encontrar una salida inmediata.

—Aún no te conozco, pero me encantas, Sam.

Sam sonrió y guardó un pensamiento como un oscuro secreto, en un lugar tan recóndito de su mente, que nunca volvería a recordar.

Daño colateral

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Entró al lugar sin que nadie notase su presencia, ni siquiera tuvo que empujar la puerta, una mujer la abrió y sin reparar en él, pasó de largo, indiferente. Miró con toda calma, era un lugar muy concurrido, niños, mujeres y hombres. Algunos en silencio, algunos riendo, disfrutando el momento. Echó un vistazo rápido a la zona infantil, se encontraba pletórica de niños que corrían, gritaban, subían, bajaban y perforaban el silencio con sonoras carcajadas de inocencia. Los niños le disgustaban en demasía. A los adultos les guardaba un odio atávico, tan perdido en el tiempo como el mismo origen de la especie.

Llenó sus pulmones de aire y miró el mostrador. Al tiempo que tomaba vuelo para subir de un salto, se decía a sí mismo: «¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Ese es el jodido dilema».

— ¡Atención! ¡Será mejor que dejen de hacer lo que están haciendo, o me los cargo a todos!

Los empleados del mostrador miraban al sujeto, boquiabiertos. Algunos niños corrieron llorando a refugiarse con los mayores, una pareja de adolescentes sonreía con esa sonrisa estúpida de cuando no se entiende lo que está pasando. Se hizo silencio, por un lapso, el tiempo detuvo su marcha.

—No hagan cosas de las que se puedan arrepentir. Estoy aquí para ser escuchado, así que más vale que me dediquen un poco de su tiempo o haré volar todo este maldito lugar —levantó sus extremidades para mostrar las cargas explosivas aseguradas con cinta adhesiva a sus dos flancos. Se escucharon suspiros contenidos y expresiones de asombro matizadas de terror—. Al primer intento, de querer detenerme o salir por esta puerta, detonaré los explosivos; si algo no me parece, detonaré los explosivos. Así que guarden sus pretensiones estúpidas de heroísmo, que nada valdrán cuando recojan sus pedazos en recipientes de plástico. —Tragó saliva, pero no estaba nervioso. Sus ojos expresaban calma y decisión, eso era lo que atemorizaba más. Continuó con su monólogo, mientras su muda audiencia no terminaba de comprender lo inverosímil de la situación —: Mientras siga este crimen en contra de nosotros, habrá más como yo que tomen acciones para mostrar el  repudio contra todo lo que nos hacen. Fingen no saber qué es lo que pasa. Intentan ignorar lo que es evidente: nos mutilan, experimentan con nosotros, todo para alcanzar sus objetivos mercantiles. Somos sacrificados alrededor del mundo sin ningún viso de conciencia, sin remordimientos, sin escrúpulos. Los valores se ven acallados por las fajillas de billetes que perciben. Ese maldito precio por vendernos, por hacer de nosotros unas de las peores víctimas de la puta globalización—. Uno de los empleados hizo un movimiento para alcanzar el teléfono en la pared y lo único que obtuvo fue una certera patada que le reventó el pómulo de donde empezó a brotar un chorro irregular de sangre. Se escucharon gritos contenidos de asombro y miedo. Ya nadie reía, se habían dado cuenta que la situación era lo suficientemente seria como para morir ahí.

— ¡Pendejos! Otra más y volamos juntos al infierno.

Alguien en la cocina había llamado a la policía desde un móvil, explicando la inaudita situación de rehenes, e inmediatamente se deshizo del teléfono arrojándolo a uno de los contenedores de basura. La operadora dudó por un momento. No sabía exactamente a que agrupación policiaca mandar o si era prudente notificar al ejército. Llamó por radio al Escuadrón Especial de Reacción, temiendo que con tantas iniciativas de reforma de ley, hubiese desaparecido. El escuadrón se dirigió presto al lugar, después de todo por una vez en mucho tiempo, tendrían un poco de acción.

En el local, la temperatura estaba al máximo, la tensión justificaba el aumento de grados en el lugar, también las freidoras funcionando en la cocina.

—La historia de mi pueblo no ha sido fácil. Siempre se ha escrito con capítulos de muertes masivas, asesinatos impunes y toda clase de pisoteos a nuestros derechos, incluso han atentado en contra de los no nacidos. Por eso hoy estoy aquí, para redimir a todos los inocentes que han dado su vida a cambio de que ustedes, malditos capitalistas, se lleven un alimento a la boca… Cómo los odio, a todos, ¡Los odio!

Los vehículos de la fuerza policial llegaban al lugar. Tomando posiciones y cubriendo estratégicamente el perímetro. El sujeto en el mostrador sabía que había llegado el momento de ofrecer su vida para dar una lección ejemplar. Se sacrificaría en nombre de todos los que morían a diario en cada rincón del planeta. Bastaba con cerrar los ojos y oprimir el dispositivo para volar a otro cielo. Así lo hizo. Cerró los ojos y justo cuando iba a oprimir el botón, sintió un fuerte impacto en el pecho que lo hizo volar, pero solo para estrellarse con el anaquel que estaba a su espalda.

— ¡El sujeto ha caído, repito, el sujeto ha caído! —anunciaba por el radio el francotirador. Al momento de ingresar al local, todavía las blancas plumas se agitaban en el aire caliente del restaurante de comida rápida.

—Confirmado, el pollo está muerto. La amenaza está neutralizada, llamen a los de antibombas. Confirmo, el pollo está muerto, no hay daño colateral, repito, no hay daño colateral —decía el elemento de avanzada, sin embargo después de echar un vistazo al ambiente obesogénico del lugar y mirar a una familia entera con los estragos del sobrepeso, dudó y pensó si había sido del todo sincero y objetivo con su reporte.

Donde tú

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En un cuadro que desborda pinceladas

estás justo ahí, en medio, impasible

brillando entre colores

destacando entre mil flores

Busco una palabra entre imágenes

buscaría tu nombre, pero no lo llevo en la mente

va conmigo en los labios a punto de beso

Las palabras se amontonan ansiosas

todas quieren acariciar tu nombre

y que en el camino poses tus ojos en ellas

provocando que se sonrojen

Es la belleza de tu alma perfecta

que no sabe de tiempo y horarios

e impide saber cuándo el día empieza

o hasta cuándo se muere la noche

El pensamiento va donde tú

gira alrededor de tu magia

a miles de kilómetros de distancia

aún cuando no te das cuenta

está junto a ti y te abraza

La risa rompe el momento

pronosticando buenas mañanas

y hacen del día una eterna espera

mientras llega la noche para llegar…

donde tú

Revista Salto al reverso #5

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Carlos Quijano:

Es un orgullo compartir este ansiado número 5. Una revista enorme en contenido y calidad. Felicitaciones a todos los que la hacen posible.

Originalmente publicado en SALTO AL REVERSO:

Ya está publicada la quinta edición de la revista Salto al reverso (diciembre-febrero).

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AÑO 0, NÚMERO 5
diciembre 2014-febrero 2015

‘La noche’

issuu

Pueden ver este y los anteriores números en la sección Revista.

Y en nuestra página en Issuu: issuu.com/saltoalreverso

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Muchas gracias a todos los que participaron en esta edición, en especial al equipo de colaboradores que hacen posible seguir adelante con este proyecto:

AÑO 0, NÚMERO 5
diciembre 2014-febrero 2015
DIRECCIÓN EDITORIAL
Carla Paola Reyes
DISEÑO Y ARTE
Fiesky Rivas
COEDICIÓN
Carlos Quijano
Esteban Mejías
CORRECCIÓN DE ESTILO
Edwin Colón Pagán
REDES SOCIALES
Roberto Cabral Castañeda
AUTORES
Alonso Calvo
Carlos Quijano
Carmin Alizarina
Crissanta
E. J. Castroviejo
edwincolonpagan
Elvira Martos
Josep García
Julia Santibáñez E.
Julie Sopetrán
LordConrad
Monogramo
Omar Rodríguez
Pussylanime
Rafael Velazquez Leon
Roberto Cabral
Ronneto
Santiago Aguaded Landero
Silvina Patano

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Y…

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Y si miro la luna llena
me ilumina la sonrisa

intento contar las estrellas pero pierdo la cuenta
y vuelvo a empezar
Así se me va la noche
entre estrellas y luna
limitado solo por lo que dura la oscuridad
Y si te veo
no solo me iluminas la sonrisa
llenas mis recuerdos con sensaciones olvidadas
no me limito a contemplar una pequeña parte
cuando te miro
puedo ver el universo entero