A un mes de nuestro ‘crowdfunding’: ¿Cómo vamos?

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Muchas gracias a todos los que han apoyado el proyecto. Aún falta mucho para alcanzar la meta. Necesitamos de su participación, también para difundir y alcanzar más personas. ¡Apóyanos!

Hace un mes publicamos nuestro proyecto de crowdfunding en Fondeadora:

https://fondeadora.mx/projects/saltoalreverso.

Link abreviado: http://bit.ly/saltoalreverso

Buscamos imprimir los ocho números existentes hasta la fecha, entregar las revistas a los autores, y tener recursos para continuar con nuestro proyecto.

¿Cuánto llevamos?

Hasta ahora han aportado 36 personas y hemos conseguido $29541 pesos mexicanos (MXN) (Corte al viernes 15 de julio a las 5:30 pm, hora de la Ciudad de México). Llevamos 12% de nuestra metarestan 32 días.

¡Muchas gracias a los autores que aportaron estas dos últimas semanas @gemaalbornoz, Alejandro Bolaños, @maycasoto, @bosquebaobab, Noelia Hn, @fieskyrivas y Julia Santibañez!

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¡Inicia el ‘crowdfunding’ de Salto al reverso!

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Necesitamos de tu participación para continuar con este proyecto. Más información en la entrada. ¡Apóyanos!

¡Ya pueden comenzar a aportar!

¡Pasen la voz!

Salto al reverso es una revista de arte y literatura. Abrimos un proyecto de crowdfunding en la página de Fondeadora para poder imprimir los ocho números existentes hasta la fecha.

Aporta a nuestro proyecto y recibirás a cambio recompensas (revistas, menciones, postales, pósteres, espacio publicitario en nuestras páginas, acciones de agradecimiento especiales).

Si no llegamos a la meta, será imposible continuar con la revista, ni siquiera en su versión digital.

La campaña durará dos meses y concluye el 16 de agosto.

Aporta aquí

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Las notas muertas

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Comparto otra colaboración para Salto al reverso.

Nota muerta Nota muerta por Carlos Quijano

     Mi nombre es Elisa. Sí, como aquella a la que Beethoven dedicó su aclamada bagatela. No por casualidad me pusieron ese nombre mis padres; ellos siempre han sido amantes de la música clásica. Me gusta mi nombre, lo eligieron bien.

     He crecido en un hogar un poco diferente a los de los otros chicos, y digo un poco porque en mi casa hacemos lo mismo que se hace en las demás, a excepción de la música que escuchamos.

     Mi primer juguete fue un pequeño piano, instrumento que se fue haciendo grande a la par de mí. Desde que tengo memoria he tomado clases, a diferencia de otros chicos, se podría decir que en mi playlist se leen opus, sonatas, estudios, polonesas y cosas por el estilo. Debo confesar que en ocasiones conecto los audífonos a un teclado electrónico que…

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El jardín

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     Regresar no era echarse en reversa; menos cuando el tiempo se había encargado de hacer su trabajo, así que sabía a la perfección que las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese momento.

    Encontrar el lugar vandalizado, fue el primer incidente con el que se topó: cristales rotos, muros pintarrajeados, basura, despojos y un jardín perdido entre todo ese olvido.

   Tendría que conseguir herramientas para ponerse a trabajar. Pensó que lo mejor sería hacerlo de adentro hacia afuera, habitación por habitación, aunque sabía de antemano que se llevaría un buen rato en hacerlo, no le preocupaba tanto: su ausencia había servido para tener otro punto de vista acerca del tiempo. Supo, por ejemplo, que no volvería a usar ropa de color naranja, a no contarse las canas (ya había perdido la cuenta); a deshacerse de ciertos hábitos y a no esperar nada.

  Mientras trabajó en el interior, la gente a su alrededor apenas si le notaba; se escuchaba el ruido de las herramientas, pero no se percibían los cambios. Las personas fisgonas, a veces, se detenían a ver, sobre todo cuando comenzó los trabajos en la fachada, solo curiosidad, se detenían, miraban encontrando algo quizá familiar y se iban. Otros, en cambio, ni siquiera le tenían cuidado.

   Fue cuando empezó las labores en el jardín. Los que pasaban frente, ponían más atención. Esto significaba que tuvo que escuchar los consejos, recomendaciones, opiniones y juicios de muchos de ellos. Algunos le miraban, y cuando estaban a punto de decirle algo, se arrepentían y se alejaban del lugar; unos pocos, le quisieron sorprender con trilladas terapias, muy a pesar de que él se esmerara trabajando en el remozamiento del jardín.

   Hubo que ir por capas: los escombros, la basura, hierbajos, cascajo y deshechos. Todo hacinado por el paso del tiempo; remover la tierra, abonarla, hidratarla antes de plantar algo nuevo. Estaba casi satisfecho de su enorme labor, de no ser por un montículo que, si bien no se apreciaba a simple vista, estaba ahí desproporcionando el nivel del suelo. Tuvo que escarbar para quitar los excesos de tierra y demás cosas que se habían amontonado en ese lugar. Conforme iba avanzando en la tarea, se convencía de que estaba haciendo lo correcto, hasta que de tanto escarbar dio con algo que lo dejó inmóvil y desconcertado. Ahí, sentado sobre sus piernas, miraba aquello sin saber qué hacer. Se quedó tanto tiempo en estado contemplativo, que los transeúntes se acercaron a ver cuál era la causa. Se formó un corrillo: las señoras cuchicheaban con rostros agraviados; los señores miraban con gestos ásperos y algunos movían la cabeza desaprobando lo que veían; una niña de coletas detuvo su bicicleta para acercarse a mirar, de inmediato, montó de nuevo y huyó del lugar. Los jóvenes miraban con morbo, se tomaban selfies o grababan vídeos con sus sofisticados teléfonos móviles. Un sacerdote intentó un sermón con un argumento demasiado hipócrita al que nadie puso atención. Entonces comenzó un bombardeo de discursos en todas las formas. Juicios, prejuicios, opiniones y declaraciones.

   Llamado por el tumulto, un patrullero bajó de su vehículo, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la excavación. Echó una mirada evaluativa, después miró al fallido jardinero, se llevó la mano a la barbilla y asentía como si estuviese sacando conclusiones.

   El hombre levantó su rostro, con la mirada buscaba arrepentimiento y le preguntó:

          —¿Ahora qué hago?

          —¿Enterrarlo y olvidarlo? —contestó el policía.

La espera

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     Miraba el vuelo sin itinerario fijo de una mosca que después se posó  en la puerta de la nevera a frotar sus patas. ¿Por qué hacía eso? La pregunta era irónica; tratar en vano de comprender ciertas conductas animales, mucho más complicado era entender las humanas.
El teléfono yacía sobre la mesa: una muda bitácora de emociones digitalizadas. No sonaba, tampoco había alguien llamando a la puerta.
Intentó seguir el vuelo de la mosca entre motas de polvo que se revelaban al pasar por el haz de luz de la ventana. Perdió la trayectoria en el librero, se desvaneció entre los lomos de los libros, verticales, en formación. ¿Los había leído todos? No lo recordaba; así como no recordaba haber usado el perfume de los frascos que inmóviles mostraban diferentes niveles, como esas malditas gráficas de ventas.
Otra mirada al celular y una más a la puerta. No había nadie.  Las cajas de medicamentos apiladas sobre la mesita le recordaron que era un color para cada cosa; eran tantas cosas que las había tomado a puños, daba igual. Mezclar tantos colores siempre daba como resultado el negro. Negro como en su alma: dañada con tal intención que ya había perdido su garantía. Ni era mártir de guerras absurdas ni prócer de ideologías tan ingenuas que piden perdón.
En la mesa, un espacio en blanco que no sabía cómo llenar: no sabía si debía escribir variaciones de una palabra prohibida o poner las memorias recicladas que repasaba cada noche. Decidió dejarlo en blanco, esperando.
Empujó la silla. El celular afónico. Alguien llamó a la puerta.

Rico

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     Miró sus manos antes de salir del cuartito del conserje. Observaba el anverso y el reverso como si se tratase de un  truco de magia: «nada por aquí, nada por acá».
El patio de la escuela estaba desierto; atravesó al paso hacia la puerta de salida. Con la luz del sol cayendo a plomo,  revisó su blanca camisa y su pantalón Príncipe de Gales, sin encontrar ni una mancha.
          «Se sintió tan rico… Estaba tibia y olía muy bien».
Volvió a mirarse las manos evocando el recuerdo. Vio que entre sus uñas había rastros: pequeños hilillos. Con frialdad metió las manos a los bolsillos, no sin antes apretar el nudo del suéter verde que llevaba a la cintura.
Una ambulancia pasó zumbando por la avenida, alertando la curiosidad de los peatones y la superstición de unas señoras que compraban en la verdulería y se llevaban los dedos a un botón de su blusa: eso evitaba que la desgracia le ocurriera a algún familiar cercano.
El chico comenzó a sentir la baja de adrenalina y la euforia se convertía en miedo de menor intensidad. Se imaginaba que a cada vuelta de la esquina, se encontraría con un policía. La sensación de vértigo y sobresalto era comparable con la que sentía su hermano menor cuando le asustaba mostrándole dibujos de monstruos hechos con lápiz azabache.
—¡Ya llegué! —dijo el chico mientras cerraba con un portazo.
—Sube a cambiarte el uniforme —dijo la mamá, desde su eterno puesto en la cocina y agregó —: —lávate las manos para que te sientes a comer.

     En el lavabo miraba sus dedos y olfateaba el olor metálico de la sangre en las uñas.

          «Todavía huele… ¡Qué rico!»

     Deseaba experimentar otra vez esa sensación que le produjo la sangre escurriendo en sus manos; pensó en su hermanito… no, mejor en su madre; ella casi siempre olía rico.