800 metros de oscuridad

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Cuando remodelaron aquel antiguo barrio de la ciudad, algún arquitecto pasó por alto en los nuevos planos, el túnel de 800 metros que en su momento sirvió para que el tren atravesara la parte en desnivel de esa zona «complicada» de la ciudad, tal y como la llamaban los urbanistas. Decidieron ocultar el error de la forma más tonta que puede haber: el día en que el delegado acudió a cortar el listón de inauguración, a ningún miembro del comité de restauración se le ocurrió incluir en el recorrido, el lugar en donde se encontraba el túnel. Los años pasaron y nunca nadie se ocupó de corregir aquella vergonzosa omisión. El partido político que promovió las obras ya se encontraba en el poder y por otra parte, costaría una fortuna arreglar el «olvido» del despistado diseñador de espacios urbanos.

El túnel vivió varias épocas, tiempos de basurero, tiempos de grafiti, tiempos de refugio para indigentes y viciosos. Guarida de ladrones, espacio para esconder vergüenzas y encontrar sorpresas a la mañana siguiente de las fiestas de guardar. A los muy osados les sirvió de motel de paso y a los más imaginativos, para inventar historias para asustar a los niños. No había lugar más representativo en todo el barrio que el famoso túnel, no solo por el descuido histórico, sino por todo lo que había sucedido en su interior.

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Fue un 29 de septiembre, durante la celebración religiosa que honra a San Miguel Arcángel, cuando las fachadas de las casas y negocios se protegen con una cruz de flores frescas de pericón, durante esa noche, —dice la tradición—, el arcángel pierde por unos momentos la custodia del diablo, encomendada por su superior.

Durante los últimos días del mes de septiembre, el barrio se veía invadido por una feria con juegos mecánicos y diversos tendidos de mercancías y alimentos tradicionales. Era el segundo día de feria y un grupo de chicos se divertía a sus anchas yendo de un lado a otro, subiendo y bajando de los juegos mecánicos. Pepe era nuevo en el barrio, recién había llegado a ocupar con su madre un cuarto de azotea en una de tantas vecindades. Andaba por ahí, mirando los juguetes artesanales de madera, preguntándose cómo fue que en alguna época los niños habrían jugado con ellos. Se topó con el nutrido grupo de muchachos que formaban la pandilla; se juntaban para jugar al fútbol o casi siempre inventaban que hacer cuando los días de asueto los alejaban del colegio. Pepe reconoció a algunos que asistían en la misma clase que él, saludó haciendo un ademán.

— ¿Quieres ir con nosotros al túnel? —dijo un chiquillo, vivaz y nervioso.

—¿Qué harán allá? —preguntó precavido Pepe, su madre le había advertido antes de salir, que no se metiera en problemas, ya tenía suficiente en que pensar.

— Solo vamos, no hagas preguntas, te gustará el lugar. —dijo Toño.

Pepe los miraba sin atreverse a dar un paso para seguirlos, pero en el último momento, decidió que sería mejor ir con ellos a pasar el resto de la tarde dando vueltas en la feria. Se alejaron dejando atrás el bullicio de la fiesta.

El túnel se veía como el ombligo de un enorme monstruo, o tal vez como la vagina de una horrenda criatura que esperaba un último esfuerzo para dar a luz a una deforme blasfemia. Pepe se quedó mirando el marco decorado por varias capas de pintura en aerosol que simulaban el ensayo de una pintura surrealista.

—¿Eres una niñita o eres un cabrón como nosotros? —dijo Toño, plantándose frente a Pepe con actitud retadora.

—No soy una niñita.

—Entonces demuéstralo atravesando el túnel. Si lo haces sin llorar, serás uno de nosotros.

Pepe no le tenía miedo a casi nada, sin embargo, la entrada del túnel se mostraba como una incógnita amenazante. Se armó de valor. Ajustó las agujetas de sus zapatos, pasaría por el túnel a la máxima velocidad que le permitiesen sus piernas y saldría al otro lado satisfecho de cumplir el reto. Se preparó para iniciar a la cuenta de tres, su veloz carrera. Los chicos se formaron en media luna frente a la entrada, al unísono contaron hasta tres, emocionados miraron como a Pepe se lo tragaba la oscuridad del túnel.

Ningún chico del grupo había pasado por semejante prueba de iniciación, la verdad era que a Toño se le había ocurrido en el momento la idea, solo para tener algo que contar al regreso a clases. Ni los chicos mayores se atrevían a entrar más allá de un par de metros. Pepe no escuchó a Lalo cuando terminó la cuenta del arranque, quien le advirtió que corriese rápido y por ningún motivo abriese los ojos. No escuchó, el consejo se perdió entre los gritos de los exaltados chiquillos.

La pandilla corrió bordeando el túnel, apurados para no perderse la primicia de ver el rostro asustado de Pepe al salir disparado al otro lado de la vía subterránea. Llegaron derrapando y empujándose para obtener un buen lugar para mirar.

El grupo de espectadores presenció la salida de Pepe con los gritos de emoción contenidos en la garganta, los cuales cambiaron su sentido, cuando los ojos de los niños miraron a Pepe con el pelo blanco, la cara del chico chorreada de sangre y las cuencas de los ojos vacías, mientras sus dedos hurgaban en ellas, desesperados por arrancar hasta la última partícula de oscuridad.

Hora 25 — VI

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     El asteroide era una nave nodriza camuflada con materia de un planeta oscuro, ubicado más allá de donde telescopios e instrumentos pudiesen tener alcance para ser detectado. Durante las 24 horas posteriores a su detección en la exósfera terrestre, fue capaz de medir la velocidad de rotación para ir «sembrando» meteoritos que al impactarse en suelo terrestre, registraban la composición química del planeta para hacer de él el alimento a nivel molecular que les mantendría vivos y perpetuaría su existencia por encima de cualquier galaxia conocida. En el primer minuto, posterior al término de los últimos meteoritos impactados, comenzaría la invasión sistemática del planeta azul, una invasión crucial para ambas especies.

     El pelotón del ejército que custodiaba el fragmento caído en la procesadora de alimentos, se puso en alerta cuanto empezaron a oír un zumbido grave, algunas octavas abajo de lo que normalmente se puede escuchar, un sonido bajo que cesó con un sólido crujido, como cuando se pisa una hoja de cristal medianamente gruesa. Se colocaron en formación apuntando sus armas, dispuestos a disparar a la menor percepción de amenaza. No hubo tiempo para reaccionar, inmediato al crujido, una forma irregular semejante a una desmesurada ameba, ondulante sobre el ambiente, de un color naranja encendido, casi fluorescente, dejó a los soldados atónitos, admirados de contemplar una forma de vida muy diferente a cualquiera que se haya tenido registro sobre la tierra. Los segundos posteriores a la desencapsulación, transcurrieron en profundo silencio. El estrépito de las detonaciones, hizo que se descongelara el tiempo. Los impactos de bala de diferentes calibres en aquel ser de plasma, se desintegraban en microscópicas partículas que eran absorbidas inmediatamente por el cuerpo del extraterrestre. Un osado soldado, se aproximó a la criatura y disparo a quemarropa sin causar ningún daño, en cambio, sus compañeros pudieron apreciar como ante sus ojos, el valiente soldado era disminuido a pequeños, pero muy pequeños gránulos que eran literalmente aspirados por el alienígena. Arremetieron con otra descarga de disparos, pero al igual que la primera ráfaga, no disminuían al ahora declarado enemigo. En un movimiento, como si de una secuencia de animación de Tex Avery se tratase, el extraño cuerpo, desintegró en cosa de segundos a un grupo de soldados que ante la rapidez del ataque, ni siquiera comprendieron que estaba pasando. El comandante del pelotón dio la orden de retirada ante el fracasado intento de contener a la criatura. Los soldados acostumbrados a enfrentar a cualquier enemigo, fueron presa de pánico y huyeron de forma desordenada corriendo en medio de las estrechas calles aledañas a la procesadora de alimentos.

     Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea neblina apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

     — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

     El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

     Aunque Leonardo tenía una mente analítica y se había entrenado para conservar la calma ante cualquier situación que estuviese fuera de los límites de la normalidad, sintió un bloque pesado en su garganta, asfixiante, aplastante y una enorme pesadez en el estómago. Sintió miedo. Héctor miraba hacia el otro lado de la calle, en sentido opuesto a dónde provenía la fuga de los militares. Vio a lo lejos una mancha naranja que poco a poco aumentaba de tamaño conforme avanzaba por la calle iluminada por las luminarias públicas. Ambos hombres contemplaban y especulaban a su manera sobre lo que pasaría cuando el invasor los alcanzara.

     Alrededor del mundo no ocurría nada diferente a lo que se estaba viviendo en la localidad de Leonardo y Héctor; el infortunio cayó como una pesada losa sobre la esperanza de combatir y vencer a los invasores. En la práctica otros ejércitos habían intentado con diferentes armas, con la máxima potencia de fuego, sin resultados a favor. En la tierra no había arma que pudiera detener aquel asalto interestelar. Esta vez no había héroes que descubrieran por accidente como eliminar a aquellas criaturas. A vista de pájaro, los extraterrestres estaban exterminando a la raza humana, metódicamente, paulatinamente. La hola naranja inundaba cada vez más el territorio poblado.

    Leonardo reaccionó y viró el Maverick a la derecha, pisó el acelerador a fondo intentando ganar tiempo poniendo distancia entre ellos y la criatura. Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza que hacía al apretar el volante. Héctor por su parte se sentía acongojado, asustado, desconcertado por lo que acababan de ver: El Ejército de la Nación huyendo. Eso significaba solo una cosa, que pronto iban a morir. El analista echó una mirada a su reloj, había pasado poco más de 24 horas desde el inicio… desde el inicio del fin. Intentaba decirle algo a Héctor, pero no lograba ordenar sus pensamientos. En la mirada de Héctor, había algo ya muerto, tanto como sus ganas de hablar. Estaban huyendo pero ¿por cuánto tiempo lo harían?

     Leonardo hundió a tope el acelerador, la calle era un desierto, como pronto lo sería todo el planeta. Haciendo un acto de increíbles reflejos, dio vuelta a la izquierda para esquivar el cuerpo naranja de un invasor, solo para encontrarse a otro a pocos metros, ya sin oportunidad de maniobrar para escapar. Ocurrió en cámara lenta, el cofre del Maverick, desaparecía ante sus ojos, como un castillo de arena que se derrumba grano a grano sobre la playa por acción del agua. Leonardo se despidió de Denisse apretando los párpados y las quijadas, deseándole el menor de los sufrimientos. Héctor por su parte, tuvo un último pensamiento para sus hijos y su esposa. También pensó antes de perderse en el naranja eléctrico, que esta película no la había visto.

     Era la hora 25 y la raza humana había sido extinguida.     

Fin

Hora 25 — V

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     Mientras llevaba el motor del Maverick al tope de revoluciones, Leonardo pensaba en la vida de aquel hombre que iba sentado a su lado. Héctor, ese era su nombre. Trataba de encontrar algunas palabras que no le hicieran entrar en pánico o que tuviese una reacción desesperada, después de todo, en los casos de emergencia, siempre son prioridad los más allegados, los hijos, la esposa, la familia.

     —Héctor, debo decirle algo. Las próximas horas serán de mucha presión, quizás ocurra un hecho sin precedentes, quizá no ocurra nada, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que debemos extremar precauciones, prepararnos para cualquier acto que atente contra nuestra seguridad, tanto personal como a nivel comunitario. —Héctor escuchaba con atención intentando adivinar hacia dónde iba este hombre con sus palabras de precaución—. Tómelo con mucha calma, es posible que estemos siendo invadidos por extraterrestres. —dijo Leonardo, mientras buscaba los ojos de Héctor, aventurándose a adivinar la respuesta.

    —Si lo que me está diciendo fuese una broma de mal gusto, le pediría que detuviese el vehículo para bajarme y le recomendaría un  psiquiatra, pero veo en usted una total y alarmante sinceridad. Le creo, no soy una persona escéptica y siempre estuve al margen de que el planeta Tierra no era el único lugar en el vasto universo, que estuviese habitado. —Ahora Leonardo lo miraba de manera atenta, tanto como le permitía el camino sostener la mirada en Héctor—. Supongo que usted sabe todo esto porque trabaja en el observatorio, ¿no es así? —El analista asintió con una leve inclinación de cabeza y un parpadeo alargado—. Por un rato los dos permanecieron sin decir palabra, con la vista fija en el tramo de asfalto que los faros del veloz automóvil iluminaban.

    Esta vez no se trataba de una espectacular e inofensiva lluvia de estrellas, tampoco era final que anunciaban las profecías; no era el caprichoso castigo proveniente de un dios voluble, ni el deseo vehemente de un gobierno por someter a sus políticas al resto del mundo. Esta vez se trataba de algo real que indicaba que los fallidos simulacros de coexistir en un planeta, se verían totalmente descartados por la intervención de seres ajenos. Como había dicho Leonardo, cada minuto elevaba  la presión y como en una olla exprés, llegaría el momento de la necesaria liberación.

    Leonardo tomó el sofisticado aparato instalado en su auto, un teléfono portátil. Por un momento vaciló. A la única persona que podría llamar era a Denisse. Marcó el número con la esperanza de que ella levantase el teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos. No contestó. No estaría en casa. Iba a colocar el auricular en su lugar, en cambio, se lo ofreció a Héctor.

    —Llame a su familia, Héctor —dijo alcanzándole el dispositivo.

   —Claro, muchas gracias. Vaya, este auto tiene más sorpresas que solo una estupenda carrocería —comentó Héctor— Leonardo esbozó una sonrisa. Todo el mundo en la oficina admiraba lo bien cuidado y equipado que estaba su auto, sin embargo en ese momento, la tensión demeritaba todo halago hasta convertirlo en futilidad.

   — ¡¿Lucía, amor, cómo están?! —No  esperó la respuesta, continuó con tono apresurado—. Cierren bien puertas y ventanas, dile a Daniela que te ayude, aseguren la casa como si fuésemos a salir de vacaciones. Llegaré en cualquier momento. Por favor, no salgan a la calle, manténgase informados con el televisor o la radio. —Bajó el ritmo de su voz para decir, como una sentencia—: No olviden que los amo. Al otro lado de la línea, Lucía, solo tuvo tiempo para asentir con monosílabos, conocía perfectamente a Héctor y sabía que se trataba de un asunto al que no debería restarle seriedad. Avisó a los chicos  que su padre estaba bien, dio las instrucciones y los tres iniciaron la tarea de aseguramiento. Después de eso, se sentaron a esperar.

    Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea neblina apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

   — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

   El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

Continuará…

Hora 25 — IV

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     Leonardo se quedó muy pensativo, en un estado en el que no se sabe que es lo que se siente por el cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos que se manifiestan sin obedecer la línea normal de tiempo. Estaba convencido que la reciente información que había recibido el observatorio, desvelaba en su totalidad y no solo eso, confirmaba sus sospechas. Poco a poco su mente buscaba la palabra exacta que sirviera de título para exponer y confirmar su teoría. Ojalá no hubiese pasado por su cabeza, pero la realidad era ya inaplazable.

     —Invasión. Es una invasión. —pronunciaba las palabras con el énfasis necesario para convencerse a sí mismo de que lo que acababa de decir era una verdad absoluta. La parte racional de su cerebro no podía aceptar tan descabellada afirmación. Nadie en el mundo entero había probado la existencia de vida en otros sistemas de la galaxia, aunque tampoco se había probado que no existieran en el inacabable e inexplorado resto del cosmos. El Dr. Herrera y un auxiliar que se encontraba en la mesa de trabajo, voltearon a mirarlo con gesto de quien no entiende un chiste malo y tiene miedo de volver a preguntar o estallar en risa.

     — ¡Vamos, Leonardo! Creo que no es tiempo para bromas, aunque bien nos vendría relajarnos un poco —dijo de modo condescendiente el director. Miraba a Leonardo y las comisuras de su boca volvían a la posición de seriedad. El auxiliar pasaba de la sonrisa tonta al temblor para mantener la compostura.

     —Están por cumplirse 24 horas desde que inició la caída de meteoritos. No es una lluvia de estrellas como las que acostumbramos a ver en las madrugadas, es una caída planeada. Con base en la densidad de población del lugar, el número de fragmentos aumenta o disminuye. Miré, los datos indican que en zonas montañosas o desérticas no ha caído ningún fragmento, en cambio en las ciudades o en donde sabemos que hay concentración de habitantes, el número de fragmentos es exponencial. En 24 horas va a pasar algo para lo que no estamos preparados. —Hizo una pausa— Si ponemos los reportes sobre coordenadas en el mapa, se dará cuenta de que no es una invención lo que estoy planteando.

     — ¿Por qué 24 horas? ¿Por qué concluye que en ese lapso ocurrirá algo? —preguntó con tartamuda curiosidad el auxiliar.

     —Simple. —respondió Leonardo y comenzó a marcar en rojo los puntos geográficos de los que se tenía reporte hasta ese momento—, el asteroide suelta fragmentos calculando el movimiento de rotación, la fuerza gravitatoria y la altura a la que se encuentra, así como la fricción que se genera al entrar a la atmósfera, eso explica la precisión del aterrizaje. Descartamos que sea coincidencia.

     Sorprendido, el Dr. Herrera aceptaba que tenía mucha credibilidad la teoría de Leonardo, solo se escapaba un detalle: los extraterrestres no existen.

     — ¿Invasión? ¿Extraterrestres? ¿Eso estás diciendo, muchacho? No creo poder aceptar tu teoría… Haré unas cuantas llamadas para saber cómo va la situación en otros lugares. El Ejército, las Fuerzas Especiales, Seguridad Nacional, alguien debe saber ya algo acerca de este fenómeno. El Dr. se dirigió a su despacho, casi decepcionado de Leonardo.

     El auxiliar, con menos bases férreas sobre la posibilidad de habitantes de otros planetas, miraba a Leonardo calculando lo que iba a decir:

     —Si es lo que dices, me refiero a la invasión, es decir, ¿qué vamos a hacer?

     —Buena pregunta —contestó Leonardo, sabiendo que la respuesta era, defendernos.

       Más tardó en salir el Dr. Herrera de su oficina que la torturadora jaqueca que le taladraba la cabeza de sien a sien, iniciara. Las llamadas realizadas a los altos mandos, le habían puesto la cabeza hecha un laberinto. Nadie sabía a ciencia cierta cómo debían proceder ante tal episodio. Bien lo decía Leonardo, no estaban preparados.

    Las operaciones militares ya estaban en curso, los pelotones vigilaban el comportamiento de los meteoritos, algunos expertos geólogos analizaban el tipo de elemento, una composición tan obscura que daba miedo tocarla hasta con los guantes puestos. No había indicios de radiación ni tampoco de bacterias conocidas o presencia de cuerpos extraños, esto lo habían puntualizado los expertos de la agencia espacial y confirmado con los análisis preliminares de los biólogos. Destacaba la adhesión del material al suelo, parecía haberse fundido con la materia negra, el meteorito estaba totalmente «encajado» al suelo terrestre por lo que los intentos de trasladarlos a un laboratorio habían sido en vano. Las muestras obtenidas presentaban una masa y un peso específico distinto a cualquier materia, una pizca equivalía a muchos gramos de la terrestre. No mostraban indicios de calentamiento por fricción, en resumen, todos los datos recabados eran inauditos.

    Leonardo se servía el tercer cono de agua. Qué desesperantes son estos vasitos cuando uno tiene mucha sed, pensó por un momento, dejando de lado por un instante todo lo que le daba vueltas sin parar en la cabeza. Todas las interrogantes no podían ser despejadas: ¿Cómo se le ocurrió lo de la invasión? No se le había ocurrido, no era resultado de conjugar los datos y obtener la respuesta en automático; no, más bien sintió que eso era lo que estaba pasando, un presentimiento encontrado, algo dentro de él mismo le decía que eso pasaría, así, sin más. No era partidario de las historias de ciencia ficción, pero algo le decía que la vida real en ese preciso momento rebasaba cualquier imaginación inventiva. De repente se vio a sí mismo, de una manera tan honesta que le causó vértigo. Solo en el mundo, desde que sus padres fallecieran en un incendio. Se había abierto paso a pulmón como se decía, muchas cosas de la vida dejaron de sorprenderle, mas no la aborrecía. Se sentía satisfecho de lo que había logrado por propia cuenta, eso era meritorio. Buscó entre sus recuerdos, el más bonito que tenía de su exnovia Denisse: aquella tarde en que ella usaba un primaveral vestido blanco, el verde de sus ojos saltando de su cara y su perfecta sonrisa. Denisse ya no estaba. Se fue por su culpa, por darle más tiempo al trabajo y no reservar un poco para ella. Aunque su reputación como analista era incuestionable, las condiciones de su vida privada y amorosa eran deplorables. El Dr. Herrera interrumpió el autoanálisis:

     — ¡Leonardo! He hablado con el ministro de gobernación, debemos irnos de aquí. Hay nuevos datos, hace unos pocos minutos el asteroide ha dejado de tener desprendimientos, no se ha movido de lugar, sin embargo los últimos cayeron a unos kilómetros de donde se registraron los primeros. Creo que el ciclo que mencionaste de 24 horas se ha cumplido. Todas las dependencias están evacuando sus instalaciones. Debemos irnos a casa y esperar los comunicados oficiales. Daré el aviso, espero que no haya ataques de pánico y podamos marcharnos tranquilamente. Estaremos en contacto por teléfono. Avísame si deduces algo más, cualquier cosa, házmela saber. Nos retiramos, este asunto queda en manos de Seguridad Nacional.

    Leonardo no dijo nada, el silencio era elocuente. Se despidió del Dr. con un apretón de manos, el director le dio una palmada en el hombro antes de darse media vuelta y enfilar hacia su oficina. Leonardo se dirigió presuroso al estacionamiento, bajó las escalerillas de a dos peldaños y llegó hasta su automóvil, un Maverick que él mismo había restaurado en sus tiempos libres.

Continuará…

 

Hora 25 — III

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     Héctor no concebía la imposibilidad de que ningún taxi circulara por aquellas calles de la ciudad, aún no entraba en desesperación, pero comenzaba a impacientarse. Miró el reloj de manecillas fluorescentes y se dio cuenta que ya llevaba un rato esperando encontrar el vehículo. Echaba de menos su automóvil, entrañablemente, aunque cada reparación le costara una pequeña fortuna, deseaba en ese momento, estar sentado frente a su sólido volante y relajarse en la frescura de su interior climatizado. Le picaban las axilas y los zapatos empezaban a castigarle a cada paso. No echaría a caminar hasta su casa, estaba aún muy lejos de ella, aunque no descartaba la posibilidad de hacerlo, tenía que estar con los suyos en estos momentos tan inusuales. Deseó también llevar consigo un radio portátil o uno de esos walkman por los que sus hijos enloquecían cada vez que los miraban en algún anuncio, podría escuchar las noticias y pormenores acerca de la sorpresiva caída de meteoritos. No había ni un alma en las calles, pareciese que toda la gente estuviese refugiada en sus casas, tal vez atentas a la pantalla del televisor o a sus receptores de radio con una refrescante bebida en la mano.

    La moneda se le escabulló de los dedos casi cuando la iba a introducir en la ranura. Asombrado escuchó el tono de llamada en la bocina. Aquello solo pasaba en situaciones de emergencia: desastres naturales o cosas así. Marcó el número de su casa y al segundo tono alguien del otro lado de la línea levantó el auricular.

     — ¿Hola? —dijo una voz desmodulada por la preocupación—. ¿Quién llama?

    —Hola amor, soy Héctor, ¿cómo están todos en casa? —Trató de dar a su voz un tono casual, de jovial tranquilidad.

    —Héctor… Amor ¿Por qué tardas tanto? ¿Estás bien? —interrogaba con ansiedad Lucía.

   —El bús, tuvo que detener su corrida, estoy tratando de conseguir un taxi, estoy cerca de… —Volteó a ver a su alrededor y distinguió a unas calles el edificio del observatorio—, del observatorio, pronto estaré en casa, no te preocupes, tarde pero llegaré —intentó infundir una disimulada calma a su esposa.

    —Ten mucho cuidado, hay policías y soldados por todas partes, los vecinos me han dicho que cayó un meteorito en la procesadora de alimentos y en otros sitios de la ciudad y del país ¡y todo es un caos!

   —Sí, amor, tendré cuidado, un beso, llegó en un rato.

     Colgó la bocina con lentitud, ahora sí estaba preocupado. Tendría que pensar rápidamente como llegar a su casa. Se le ocurrió caminar hacia el observatorio, posiblemente ahí habría más afluencia de autos y de personas. Se puso en marcha al paso que le permitían sus extremidades inferiores. Cuando llegó a la explanada, los pies le punzaban terriblemente, se acomodó en el borde de una jardinera, puso el portafolio a un lado y se quitó los zapatos para darse masaje. Mientras lo hacía, miro en derredor y la explanada estaba igual de desierta que las calles de aquella parte de la ciudad. No te desesperes, pronto pasará un taxi, se repetía mentalmente, como un mantra tranquilizador. Sintió odio hacia sí mismo por haber pensado en la loca fantasía con la becaria, la preocupación que demostró su esposa le causó remordimiento de consciencia. El ruido de motores le llamó la atención hacia la rampa del estacionamiento del edificio, pensó que era posible que alguno de los empleados fuese por el mismo rumbo que él. Apuró a colocarse los zapatos y tomó su inseparable portafolios. Los primeros ocho autos, ni siquiera redujeron la velocidad cuando Héctor les hizo señas para que se detuvieran. El noveno, un Maverick de colección, se detuvo unos cuantos metros adelante.

     — ¿Podría llevarme? Voy hacia el sur, ¿le queda esa dirección? —preguntó sin más rodeos Héctor.

    —Suba, voy hacia ese rumbo. ¿Qué hace por aquí? ¿No ha visto o escuchado las noticias? —interrogó el conductor.

   —No del todo. Escuché sobre el asteroide y los meteoritos, solo un poco, voy saliendo de trabajo y parece que hay un complot en mi contra: calles cerradas, no encontré un taxi, el autobús en el que viajaba tuvo que detenerse… ¡Uf! —exclamaba Héctor, arrellanándose en el asiento del copiloto.

     El conductor lo volteo a ver por unos segundos, buscaba la manera más fácil y directa de decirle lo que realmente estaba pasando. No lo conocía, sin embargo el sentimiento de solidaridad ante un hecho de tales magnitudes le obligaba a ser un poco más sensible.

    — ¿Tiene familia? —rodeó un poco más, antes de soltar de lleno.

  —Sí, dos chicos, mi esposa, ya sabe…—Héctor sintió como el automóvil cobraba más velocidad, al tiempo que contestaba la pregunta del chófer, quien con la mirada fija en la avenida, se sujetaba al volante y el rostro se tornaba a un gesto solemne y las palabras se escuchaban con misma seriedad:

   —Tenemos que llegar pronto.

Continuará…

Hora 25 — II

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     En el edificio adyacente al observatorio nacional, uno de los analistas recibía un fax de la agencia espacial con prioridad alta. Leyó con mucha atención la notificación, el asunto era de un nivel de delicadeza muy elevado, tendría que dar aviso a varias dependencias, puesto que no solo se trataba de una emergencia nacional, sino que implicaba un asunto de índole mundial. Apuró la redacción del comunicado, comprobó y resaltó con negritas las palabras clave antes de imprimir el documento,  e inició el largo proceso para hacer llegar el aviso a un buen número de agencias gubernamentales, después abandonaría su oficina para dirigirse con paso urgente al observatorio. Mientras el ascensor descendía, recordó cuando llegó a trabajar a ese lugar, hacía algunos años. Afuera, contempló la fachada con cierta nostalgia, como quien se ve forzado a despedirse.

     Era tarde y en el observatorio parecía que apenas iniciaba la jornada. El movimiento generado por el enorme asteroide tenía asombrados a algunos y aterrorizados a muchos, sin embargo todo el personal estaba trabajando sobre la información que llegaba por todos los medios. El analista no se sorprendió al ver las idas y venidas de aquel equipo de trabajo: parecía más un mercadillo local que una oficina astronómica. Unos golpecitos en el cristal lo hicieron voltear, el Dr. Herrera le hacía una seña para que entrara a su oficina.

     —No tengo palabras para explicarte, simplemente apareció de la nada, no hay trayectoria orbital conocida para este cuerpo —dijo directo al grano y saltando todo el protocolo, el Dr. Herrera se veía realmente afectado. El analista lo miraba casi atónito, nunca había visto esa expresión tan grave en el rosto del eminente director.      —Mandarán una sonda a hacer pruebas, aunque tardarán unas horas, nos dirán de qué va todo esto. Los últimos reportes dicen que está en fase estacionaria, ¡por increíble que parezca! Se ha quedado quieto, pero hemos captado otro detalle, cada determinado tiempo se desprenden algunos fragmentos de la superficie y caen casi equidistantes de los anteriores.

     Esto le puso la piel de gallina al analista, quien no había dicho una sola palabra. Su mente se encontraba trabajando a todo lo que daba, armando esquemas, calculando probabilidades, recopilando información de sus bancos de memoria para construir una teoría. Salió de la oficina para buscar un planisferio. Cuando llegó el Dr. Herrera con él, lo encontró alternando la lectura y mirando con atención el mapa.

    — ¿Qué pasa, Leonardo? ¿Qué has encontrado? —dijo el Dr. que aunque interrogaba, estaba convencido de la capacidad y talento que predecía al analista.

     —Aún no lo sé, es solo una idea que me pasó por la cabeza, ayúdame a analizarla y desmiénteme —dijo Leonardo a punto de entrar a la etapa del nervio—, los primeros informes indican que los fragmentos cayeron en estas coordenadas —señalaba en el planisferio con un dedo—, si seguimos el orden cronológico según los reportes, los siguientes fueron en este lugar —de nuevo señalaba—, y si continuamos, veremos que llevan una secuencia, un patrón y… —hizo una pausa para estar bien seguro de lo iba a decir a continuación—, esto indica que el asteroide no se mueve ni se aproxima hacia nosotros, sino que se sincroniza con el movimiento de rotación.

     El Dr. Herrera miró más de una vez el planisferio y los documentos. Era posible en un margen muy amplio, que la teoría de Leonardo resultara acertada. Aunque era un hecho inverosímil, tendría que confirmarlo con más de un astrónomo, tendría que estar seguro de que un fenómeno semejante pudiese ocurrir. La teoría no podía darse a conocer por el momento, hasta que estuviera en su totalidad confirmada.

     —Espere, no se precipite —dijo Leonardo, adivinando las intenciones de brillar por todo lo alto del director.

     Ninguna agencia en el mundo había emitido ningún comunicado, lo que obligaba a conducirse con precaución. Tal vez ya habían descubierto lo mismo  que Leonardo, pero era obvio que tendrían razones para reservar la información. Faltaba aún por determinar por qué el asteroide se comportaba de aquella extraña manera. Limitados por el escaso flujo de información, deberían esperar a que los análisis arrojaran nuevos datos, así que las horas subsecuentes serían de contenido suspenso.

    —No logro captar del todo tu teoría, ¿a qué te refieres, Leonardo? Sé que es correcto lo que expones, pero siento hay algo más, una sorpresa dentro del pastel. ¿Qué es? ¿Cuál es el punto de atención? —preguntaba el Dr. Herrera, tan solemne como si quisiese convencer a alguien de comprar el aire que respira.

    —Es muy aventurado, Doctor, la verdad es que prefiero esperar a analizar más datos, solo estaría especulando con algo que quizá solo exista en mi cabeza y sea el producto de un largo día de trabajo, un escape descarrilado.

     El director no se conformó con esta respuesta, tenía la seguridad de que Leonardo le estaba dejando ver muy poco de lo que tenía en mente, sin embargo, conocía al analista y sabía que no daba pasos en falso. Pronto sabría cuál era el asunto.

   Leonardo se había instalado en el cuarto de información, a la espera de que las alarmas de los equipos de fax anunciaran con el anhelado pitido y comenzaran a soltar largas lenguas de papel con información. Ansioso, pensativo, callado, esperaba que la idea que tenía en mente fuese equivocada, para el bien de la humanidad.

Continuará…

Hora 25 — I

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     No terminaba de oscurecerse el cielo, aún conservaba esos matices dorados y violetas que colorean las nubes, antes de que el sol se oculte del todo. El bullicio de las calles se intensificaba a medida que la oscuridad avanzaba sobre la ciudad. Fantasmas eléctricos aparecían ipso facto, en señal de que nunca se habían marchado de ahí y tampoco tendrían algún motivo para hacerlo. La temperatura subía junto con la humedad en el aire, el viaje en autobús hasta casa, sería una experiencia bochornosa, climatológicamente hablando, echando de menos la frescura del aire acondicionado del auto. Se aflojó la corbata, empezaba a sentir como la camisa se adhería como pegatina a su piel por la transpiración. Encontró un lugar para sentarse, colocó el maletín sobre sus rodillas. Eran los días de más alta temperatura de todo el verano, la canícula. Después de todo, el viaje en autobús era un método, —aunque poco común—, de desconectarse del estrés laboral que le provocaba la actividad cotidiana en la oficina. Se relajó tanto como le permitió el vaporoso y sustancial clima del vehículo público. Trató de no pensar en las 400 semanas de cotización a la seguridad social que aún le faltaban para alcanzar una buena pensión después de retirarse. Se le ocurrió pensar en la causa principal que le hacía mirar más de una vez a la becaria que cumplía con sus horas de servicio social: ¿era el perfume cítrico o el cadencioso movimiento de sus piernas y caderas al pasar? El pensamiento le tiró las comisuras de la boca hacia atrás, la sonrisa le modificó el semblante. La clásica fantasía del hombre maduro con la jovencita, teniendo sexo bestial sobre el escritorio, cuando todos ya se habían ido.

     El autobús inició su marcha con un escandaloso esfuerzo, a medida que avanzaba iba tomando potencia. Héctor, en el asiento de ventanilla, se aburría con la incesante proyección de anuncios en neón, una interminable pausa publicitaria. El cielo de esa calurosa noche de verano, era tan oscuro como atrapante.

     Jamás hubiese atribuido los últimos acontecimientos a una racha de mala suerte como decían los aficionados a las cábalas. Estaba consciente de que la edad empezaba a cobrar el alquiler. Problemas con la próstata, la rutina diaria de abrir los ojos al despertar, los constantes olvidos que derivaban en grandes problemas. No faltaba mucho tiempo para alcanzar su jubilación, entonces tendría todo el tiempo necesario para atender todo lo que había dejado pasar. Sus hijos adolescentes eran una de esas tanta cosas desatendidas; no es que fuera un mal padre, solo que no había estado el tiempo necesario con ellos, sin embargo los amaba. Amaba a su esposa, aún después de treinta años de estar juntos. Amaba la vida en sí.

      La inercia del frenazo lo obligó a salir de sus cavilaciones. Echó un vistazo a la ventanilla para ubicar en que parte del trayecto se encontraba. El transporte había avanzado más allá de la zona comercial principal, ahora estaba frente a establecimientos oscuros y de menos categoría.

     Antes de que el camión iniciara con su penosa marcha, alcanzó a observar un corrillo frente a los empañados cristales del aparador de una tienda de electrónicos; la gente se agrupaba para ver las pantallas en la exhibición, sintonizadas todas en el mismo canal. Una película de catástrofe natural, seguramente. Las personas alimentaban su morbo con las tragedias con las que especulaban los guionistas de cine, acerca del inagotable tema de la extinción de la humanidad. No pudo más que soltar una risa mientras se decía para sí: «las he visto todas».
El conductor del autobús aminoró la velocidad, y en un tramo muy reducido aplicó los frenos de aire, provocando un bufido estentóreo que torturó los tímpanos de los pasajeros. Un retén militar impedía el paso desde ese punto con barricadas y personal armado.
—No puede continuar por esta avenida, utilice otra vía —dijo el soldado con el tono de voz más autoritario de su repertorio.
—No puedo ir por otra vía, las calles de esta zona son muy estrechas para dar vuelta —contestó fastidiado el conductor.
—Entonces regrese por donde vino, no es mi problema.

   En el interior del autobús, las preguntas murmuradas, no se hicieron esperar. El operador anunció el final de la travesía, obligado por las circunstancias, terminaría su turno con anticipación. Héctor bajó del autobús y se dirigió con el soldado a preguntar el motivo del corte de circulación.

   —Hubo una explosión a la altura de la bodega de alimentos enlatados —contestó puntual el militar.

   Ese lugar quedaba como a dos o tres kilómetros más adelante, lo que significaba que había sido de gran magnitud.

  —¿Sabe usted qué la ocasionó? —preguntó Héctor.

  —Negativo, señor. Circule por favor —respondió el soldado con la hosquedad característica de la milicia

     Héctor echó un vistazo a su alrededor; a pesar de que no era muy tarde, aquella zona de la ciudad estaba desierta. Se encaminó por la estrecha calle para iniciar la frenética búsqueda de un coche de alquiler. El aire era espeso, parecía que la temperatura aumentase cada vez más y en un lapso breve. La bocina del teléfono público se sentía pegajosa debido a la condensación, giro el dial de aquel aparato público, no sin sentir un poco de asco.

    —¡Hola, campeón! ¿Qué hay? —saludó con tono entusiasta y cariñoso a Hugo, su hijo menor.

 —¡Papá! ¿En dónde estás? Algo ha pasado, apúrate a llegar a casa —dijo el chico, nervioso y con urgencia contagiante.

 —¿Qué pasa? ¿Tu hermana está bien? ¿Dónde está tu madre? —preguntó Héctor, intentando ocultar su preocupación.

  —Daniela está aquí, mamá aún no ha llegado… Papá están cayendo meteoritos en muchos lugares en el mundo…

    ¿Meteoritos? Se preguntó Héctor. Las imágenes en las pantallas de la tienda no eran de una película, quizás las explosión en la bodega tenía relación con los meteoritos, por eso el hermetismo del soldado.

  —¿Qué han dicho en le noticiario?

  —No mucho, hum, solo que son desprendimientos de un asteroide que está acercándose a la tierra.

     ¿Asteroide? ¿Acercándose? ¿Por qué no había alertas de emergencia?

  —Papá, ya llegó mamá

  —Bien, no tardo en llegar, solo estén tranquilos.

    Colgó la bocina y apresuró el paso, dobló en la siguiente esquina con la esperanza de ver la señal de «TAXI» brillando en el toldo de un vehículo. La calle era mas ancha que las otras perpendiculares, esperaba que hubiese más tránsito. Pensaba mientras, en el asteroide y los fragmentos, ¿por qué no lo habían detectado las agencias espaciales? ¿El asteroide chocaría con la Tierra? ¿Sería este el guion de una película de tragedia llevado a la realidad?

Continuará…