La escalera

      Al pie del edificio, contempló la descuidada fachada lanzando un sonoro bufido y profiriendo en silencio una maldición. Realmente sentía y experimentaba en su ser aquel tremendo pesar de tener que regresar a dormir todas las noches al derruido edificio de apartamentos. Las paredes se sostenían gracias a toda la pintura de grafittis, capa sobre capa, color sobre color, expresión sobre expresión. Le erizaba la piel escuchar el chirriar al empujar la puerta, miles de gritos, generaciones enteras clamando por unas gotas de aceite lubricante. Almas en pena de lo que alguna vez fueron bisagras. Si el exterior causaba estragos en el estado anímico, el interior asaltaba de manera violenta los sentidos. El aire era un muestrario de matices, a la izquierda hedor a orines, a la derecha, humo resultante de la combustión de sustancias, arriba, aceite de cocina reciclado, abajo, un tufo que solo se puede percibir una vez en la vida.

Avanzó por el corredor conteniendo la respiración. Con la cabeza gacha, mirando el cutis agrietado y envejecido que le devolvían las losetas del piso, el rostro de una mujer que miente acerca de su edad, pero que su cara refleja una verdad incontenible. Evitó tocar el pasamanos, sabía que los niños embarraban mocos a propósito. Tendría que hacer acopio de reservas de aire para subir a toda prisa por la escalera. Temía por ciertos encuentros desagradables con alguno de sus vecinos que en camiseta y bóxers, se asomaban a la puerta del apartamento a decirle cualquier estupidez, una botella de tequila barato en una mano y con la otra rascándose entre el vello púbico o el de la axila. Asqueroso, cualquiera de los lugares.

Asqueroso también cada escalón, cada paso era al encuentro de basura, goma de mascar, envolturas de frituras, mugre arraigada de todas las estaciones del año, de todos los tiempos, de todas las gentes que suben y bajan, de todas las consecuencias del hacinamiento de personas, de cosas, de vidas, de sentimientos, emociones y fluidos. Deseaba ignorar esa sensación de adherencia en sus zapatos, esa fobia de quedarse anclada al cochino peldaño y formar parte del estrato, de pulular ahí como un sucio hongo y mirar pasar los altibajos grises de la mugrosa vida en la escalera.

Sabía que faltaba un poco más de la mitad de la eternidad para llegar a su piso. Tendría que entornar los ojos a la luz de las lamparas ahorradoras: ahorraban energía, pero derrochaban tristeza en su pálida y tímida iluminación; se perdían en la lejanía oscura de los pasillos como un blanco velero se pierde en el ondulante horizonte de un oscuro mar. Sus pasos se ahogaban entre intervalos de sonidos de televisores de cinescopio que revelan la hipnotizante programación de televisión abierta. Fábricas de zombies. Fábricas de mediocridad, pastores de incesantes e insensatos rebaños.

La nausea provocó que su cuerpo se arqueara de forma involuntaria, una fuerte pestilencia se escapaba por las rendijas de lo que había sido en su momento un marco de una puerta, lo fétido le revolvió el estomago, lo sentía tan vacío como el ojo de la escalera, y sentía como su alma no tardaría de desprenderse de su cuerpo. La puerta dejaba escapar los vapores del encierro de veinte gatos que habitaban con una viuda, señora vieja de ideas excéntricas y zoofílicas. Los inquilinos no sabían si apestaba más ella o el estiércol de gato contenido en cajas de arena rancia.

Trató de pensar en otra cosa, “La muerte, ¿Dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria?” fue lo primero que le vino a la mente, lo pescó camino a casa cuando pasaba frente a la entrada de la Iglesia del barrio. Meditó las frases, las sempiternas dudas del hombre, las preguntas perpetuas en una melodía solemne, en una alabanza a Dios, a un Dios que perdió el control de su creación y que ahora se encontraba quién sabe dónde, haciendo quién sabe qué, ¿Hay anarquía en el reino de los cielos? Río para sí ante sus disparatadas tesis. Volvió a la alarmante realidad cuando dos chiquillos salieron de alguna puerta del corredor tras una pelota de plástico a medio inflar, los esquivó, pero no pudo evitar pisar una toalla sanitaria abandonada en el segundo peldaño, paralela a la sombra del tercer escalón. Se pasó ambas manos por la cara en gesto de sincera desesperación, ella también era mujer, pero en su vida haría una cosa tan nauseabunda como la que acababa de contemplar.

Cruzar un piso más antes de llegar. Un corredor oscuro, tan silencioso, pintado de sombras hasta su último rincón. Negro absoluto. Callado como un cementerio, sin aroma a flores, pero con ese olor que percibió en la planta baja extendiéndose como una capa de niebla, tan presente que podía sentirse como el algodón de azúcar, pero sin dulce. Precavida, aún sin entrar en pánico, dio largos pasos para atravesar a la brevedad el corredor, giró a la izquierda para apoyar la bota que cubría su pie en la angostura de la grada y justo cuando la gravedad haría que su paso fuera firme, sintió como le jalaban por detrás, sujetándole de su mochila, arrastrándole hacia las sombras, fuera del campo visual normal. Sintió un brazo pegadizo, corrioso, transpirado, que le aprisionaba por el cuello, sintió como una mano nerviosa y huesuda le palpaba los bolsillos y por debajo de los senos, olía el aliento viciado que se esparcía al chocar con su nuca, resoplaba y aplicaba fuerza, esa fuerza que nace de la adrenalina, de la desesperación, de la abstinencia, de la urgencia por encontrar algo de valor. Quiso zafarse del vicioso, dándole un pisotón, jaloneándose, pero el brazo le hacía pinza en el cuello y no cesaba de apretar, quiso girar para quedar de frente al agresor, mas solo sintió como penetraba un agudo dolor en forma de cuchillo por uno de sus costados buscando hacer el mayor daño. Poco a poco se fueron apagando sus sentidos, el hedor se hizo tan irrespirable que supo que sería la única vez que lo olería, su vista percibía un leve resplandor proveniente de la escalera, su cuerpo dejaba de sentir al grado que ya no le incomodaba la posición en la que estaba en el inmundo piso, ya no sintió cuando el drogadicto le despojó de su mochila y de las pocas monedas en sus bolsillos. También le quitó las botas, sin embargo no pudo sentir nada al tocar con su piel el mugriento piso. Escuchaba una voz que decía su nombre de una forma extraña, como una oración popular en una reunión de señoras ojerosas con rosarios entre las avejentadas manos, no lograba entender del todo, pero su nombre era dicho a pausas. Dejó de sentir hasta que su alma se desprendió de su cuerpo.

La voz llegaba de cualquier lugar, pero no podía ubicar si de un hombre o de una mujer, provenía de todos lados, no tenía que girarse para encontrar el origen, la voz estaba dentro de su cabeza. Quiso entrecerrar los ojos para agudizar su oído, no pudo, las inflexiones le indicaban que le estaban haciendo una pregunta, al final pudo escuchar lo que la asexuada voz cuestionaba:

¿Usted vivía aquí? ¿Usted vivía aquí?

Después, la pregunta se hizo afirmación.

Apología

Originalmente publicado en Salto al reverso:

Veo cuánto silencio va en tu voz
y cómo se pinta de color tu sonrisa
la marcha acelerada de tu mente
Y tu fragante risa reventando en flores
Ubico la frontera entre un cielo y un infierno
que se delimita con tu boca
¿Qué es placer? ¿Qué es dolor?
Es tan intrínseco como un deseo
Escucho la melodía pegajosa que transpira tu piel
Disfruto el buen sabor que deja escuchar tus palabras
y la diferencia de grados en que vibran tus caricias
con la delicada percepción que brota en tu mirada¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?
Es tan irracional como un delirio

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Somniare

“Haz que parezca natural”  Se decía a sí mismo unos pasos antes de entrar por la puerta del salón de clases. Una vez más se había quedado dormido, soñando. El trayecto de casa al colegio le había servido para inventarse una nueva excusa para justificar su retardo. Quizás hubiera sido más fácil no asistir, pero por nada se perdería la clase de Historia: la profesora con esas poses intelectualoides, sonrisa angelical y esa química que habían establecido, no le dejaban alternativa. Carraspeó y puso su mejor cara de “soy una víctima más de la inseguridad en este país” antes de empujar la puerta.
—Pero si buenas noches, Yoltic ¿A qué debemos su generosa visita a esta clase? —dijo con todo el sarcasmo posible la profesora de Química— ¿Con qué historia nos va a hacer amenos los próximos minutos?
—Lo siento profesora, he llegado tarde porque hubo un intento frustrado de asalto en el transporte público esta mañana, dos sujetos fuertemente armados, abordaron el autobús en que viajaba, amagaron al conductor y a los pasajeros, pero antes de que pudieran despojarnos de nuestras pertenencias, un escuadrón de fuerzas especiales intervino y evitó que cometieran sus fechorías, logrando asegurar a los asaltantes y desarmarlos para someterlos y presentarlos en la procuraduría, acusados de portación de armas de uso exclusivo del ejército e intento de asalto con agrava…
—Vaya a su lugar Yoltic —dijo la profesora interrumpiendo con tono de no haberse tragado la narración de los hechos al puro estilo de algún periódico sensacionalista— Por favor, que sea la última vez que llega tarde a mi clase o lo suspenderé.
—Lo siento profesora, no volverá a pasar, lo prometo—dijo Yoltic con fingida sinceridad.
Dándole la espalda se dirigió a ocupar un pupitre, mientras luchaba porque la risa no lo delatara con una explosiva carcajada. Pasaron más clases y más profesores. Llegó por fin, la clase de Historia. Ana, quien impartía la clase, inundaba el salón con luz que desprendía su blanquísima blusa e intoxicaba el aire con la suavidad de su perfume. Yoltic la miraba ansioso esperando encontrar sus ojos. La profesora cargaba con varias carpetas que iba entregando conforme nombraba a los alumnos. Cuando llegó el turno a Yoltic, le dijo que debía esperar después de la clase, para comentar sobre el ensayo que le había devuelto. Yoltic se limito a sonreír. La clase se fue en un vehículo de baja velocidad, de esos que tienen luces amarillas para indicar que por más que se use la bocina, no podrán avanzar más rápido. El sonido de la chicharra terminó con el letargo. Los alumnos abandonaron el salón de clase en estampida, menos Yoltic.
—Hola ¿Cómo vas? —dijo Ana, sin apartar la vista de la pizarra—.
—Muy bien profesora, pero no he podido evitar bostezar con la clase de hoy, viene usted muy… como decirle, apagada, quizás —dijo Yoltic en tono serio—.
—Bien. Considero que esto ha ido más allá de los límites que tenemos establecidos. Eres un alumno, soy mayor que tú y por el bienestar de ambos, tenemos que olvidar lo que sucedió ayer.—Había un tono plano en la voz de ella—.
Yoltic le miraba interrogante, no creía seguir el hilo de lo que le acababa de decir Ana. El alumno abrió la boca para decir algo pero Ana se adelantó.
—No es posible. Solo olvídalo ¿Quieres?—Ana finalizó la conversación, atravesó la puerta y se alejó por el pasillo.
Yoltic se quedó mudo. Había pasado otra vez.
Se echó al hombro su mochila, desconcertado prefirió caminar en vez de usar el transporte. Necesitaba algo de tiempo, esta vez no era para inventar una historia, sino para reflexionar acerca de Ana. En la ruta que había decidido seguir para llegar a casa, pasaría por el parque del barrio. Pensó que sería buena idea sentarse unos momentos bajo la fresca sombra de los árboles. Sacudió las hojas secas de la banca, puso a un lado su mochila, aspiró el aire húmedo, se llenó los pulmones con el olor a tierra mojada. Se relajó. El canturreo de las aves se desvanecía poco a poco, a su mente acudían las fotos borrosas que le mostraba su abuela cada vez que la visitaba, uno a uno los recuerdos iban apareciendo, al principio fuera de foco, después con cálida nitidez. Ahí estaba Ana, frente a él sonriendo y jugueteando con la pajilla que flotaba a la deriva en un mar glacial de té. Tenía ese brillo en los ojos que en muchas clases había notado, cuando le miraba. Él la tomó de la mano justo en el momento en que el cafetín se sentía tan estrecho y poco ventilado como para contener eso tan grande y tan violento que estaban sintiendo cada uno en su cuerpo. La siguiente foto, ahí estaba Ana en plano contrapicado como se diría en el argot cinematográfico, su pelo ondulando en cada movimiento, los ojos entrecerrados, Yoltic enviciado con la sensación de su piel, yendo de extensiones llanas  a suaves y curvadas, a veces tropezando con deliciosos obstáculos. Yoltic despierta en su habitación, mira el reloj y se le ha hecho tarde para llegar al colegio, aumenta su urgencia porque la primera clase es Química.
La quietud del parque le ayudó a recordar aquellos momentos perdidos en su mente. Extraviado en el intrincado laberinto de sus pensamientos, miraba la ordenada fila de hormigas que acarreaban al hormiguero, pedacitos verdes de lo que después sería su alimento. Agobiado, se levantó de la banca y encaminó sus pasos a casa.
No le había pasado algo semejante desde que era niño. Aquel juguete electrónico que nunca quisieron comprarle sus padres. Se durmió llorando esa noche, deseando con ahínco el juguete. Soñó. Despertaba, se sentaba sobre la cama y al mirar en su habitación, “El Fabuloso Fred” estaba sobre la mesa donde hacia sus deberes escolares, pensó que al final sus padres habían cedido a obsequiarle el chiche. Cuando despertó, el aparato estaba tirado junto a su cama.  No había sido un sueño, era real.
Su madre lo había notado después de regresar de dejarlo en el colegio, lo miró un tanto enfadada, “Tendré que hablar con él, no puede complacer todos los caprichos, al menos debería respetar mi decisión y no actuar a mis espaldas ¡Carajo!”. Pensaba que el padre de Yoltic le había comprado el juguete sin avisarle.
Desde entonces no había tenido esos sueños lúcidos. Casi nunca recordaba sus sueños, pero había desarrollado esa habilidad de relajarse y recordar. Recordar.
Ana no volvió a hablar con él. En clase ya no buscaba su mirada, Yoltic sentía un hueco en alguna parte de su ser. Se había encariñado con su profesora, no de ese amor platónico, del otro, del amor presencial, sustancial, tan escaso. Por algunas semanas dejó de ser el chico ocurrente, su inventiva se quedó muda por algún tiempo. La clase de Historia ya no fue su favorita. En cambio se concentró en la materia de Química, al menos la profesora no le hacía ningún guiño y le resultaban interesantes las visitas al laboratorio. Molestaba a sus compañeras acercándose a ellas con un tubo de ensayo en la mano, dentro del tubo un líquido turbio y les decía “¿Quieren ayudarme a analizar mis muestras de orina?”. Estallaba en carcajadas, mientras sus compañeras se retiraban asqueadas y diciéndole improperios.
Yoltic era un solitario, tenía pocas amistades y en el colegio todos lo consideraban raro. A pesar de ello no perdía la actitud y siempre tenía una broma para cada uno de sus compañeros, aunque muchas veces su humor no era del agrado de todos.
A mitad del semestre, se integró a su clase de Historia una nueva compañera, se llamaba Malinalli. Cabello negro largo, ojos grandes, cara redonda, sonrisa tímida debido a los brackets, ni delgada ni robusta, estatura media, su tono de voz era un poco ronco, resonante, en resumen: era guapa la niña. Obviamente el primero que se acercó a ella fue Yoltic.
—Hola Malinalli —pronunció erróneamente el nombre de la chica—
—Hola, es náhuatl, se pronuncia como “L” —dijo ella con tono de resignación—
—Lo siento, no sabía, me llamo Yoltic
—¡Para tu desmadre!—decía Malinalli mirando alrededor— ¿Acaso quieres jugarme una novatada o algo así?—Estaba seria—
Yoltic estalló en risa. Mientras en ella el enojo se inflaba como un globo.
—De verdad, es mi nombre, es maya y significa “El que vive”—dijo Yoltic con una franca sonrisa en su cara que no dejaba duda—.
La chica lo miró desconfiada, el globo se desinflaba lentamente, como cuando se deja al sol.
—Vale. De acuerdo. Disculpa, pensé que me estabas gastando una broma. Mi nombre significa “Hierba para hacer cordeles”. Nunca había escuchado tu nombre, es original.
—También el tuyo. Me gusta. Te veré después, tengo clase de Filosofía, si sobrevivo al aburrimiento podemos vernos en una hora en la cafetería ¿Te late?
—Está bien, solo que no sé donde está
—Pasando la biblioteca, a tu lado izquierdo, verás unas mesitas, ahí te veo —dijo Yoltic alejándose hacía el corredor—
—Sí, en una hora—Esbozó media sonrisa y miró hacia ambos lados del pasillo, le tocaba clase de Matemáticas, pero no sabía en qué aula—.
El semestre casi llegaba a su final. La historia de Yoltic y Malinalli había estado compuesta por circunstancias tan espontaneas que derivaron en una particular relación. La cafetería del colegio se convirtió en su punto de encuentro, aunque algunas veces se presentaban situaciones y más de una ocasión coincidían Ana, Yoltic y Malinalli. Yoltic actuaba tan natural como Ana, indicio de que su amorío había quedado en el pasado. El presente era Malinalli y la amaba.
 Se aproximaba el verano acompañado de lluvia, cuando salieron de la función del cine, pinceladas de matices de gris cubrían casi por completo el celeste. Caminaron a pesar de la amenaza de precipitación, llegaron a casa de Malinalli, en el portal, ella tuvo que decirle.
—Yoltic, se acabó el semestre, mi padre, en su trabajo, lo han promovido a otro puesto en otra ciudad. Nos mudaremos.—dijo ella mordiéndose lo labios y evitando cruzar la mirada, él se quedó mirando unos momentos la mano de su chica, realmente no sabía que decir, era algo totalmente inesperado. Los truenos en el cielo advertían.
—¿A qué ciudad? Quizás podremos vernos los fines de semana ¿No crees?—dijo Yoltic, pero su tono de voz revelaba que no había posibilidad de ello. Malinalli lo miró y negó con la cabeza. El viento corría le despeinaba su larga cabellera, olía a tierra mojada, en la parte alta de la ciudad ya estaría lloviendo.
—Es una ciudad casi en la frontera sur. Abrirán una nueva sucursal y mi padre se hará cargo de ella. La oportunidad por la que ha luchado desde hace muchos años. Por eso debemos ir con él. Lo siento.—Ella estaba verdaderamente triste. Se apartaba mechones insistentes de la cara. El chico soltó su mano para ajustarse la chamarra, subió el zipper hasta el cuello. La lluvia era inminente.
—Adiós Mali, a donde sea que tengas que ir, cuídate mucho.
Y se fue.
La lluvia trazaba chorros casi a presión, Yoltic no pudo escuchar lo que dijo Malinalli, la fuerza de la lluvia se lo impidió. Caminó como autómata hasta casa, el ímpetu del viento le bamboleaba como a un cometa a nivel del suelo. El agua que caía del cielo no era tan fría como lo que estaba sintiendo. Cuando llegó a casa, apenas pasó la puerta, su madre desde el sofá se dio cuenta de que algo pasaba, él tenía la misma expresión en el rostro de cuando no le habían comprado el juguete. Conocía a su hijo, así que tendría que esperar a que las nubes se disiparan para averiguar lo que estaba pasando, no antes. Yoltic fue directamente a su dormitorio, se despojó de zapatos y chamarra. Mudo, tomó una toalla para secarse la cabeza, el llanto estalló con el mismo estrépito de un rayo, solo que amortiguado por la almohada, lloró, lloró por un rato. Mascullaba mientras el sentimiento fluía por todo su cuerpo, le dolía en algún lugar, pero no sabía donde. Su padre llamó a la puerta, pero solo obtuvo un “déjame en paz, quiero estar solo” por respuesta. Su madre, parada a un lado de él asintió la cabeza en gesto de “espera, quizás más tarde”. Se retiraron de la puerta. Adentro Yoltic seguía con el dolor, se repetía a sí mismo: “No quiero saber nada de nadie, solo quiero estar solo” una y otra vez hasta que se quedó dormido. Y soñó.
Lo primero que hizo al despertarse, fue deshacerse del pantalón húmedo que aún traía puesto, se cambió y salio de su habitación. No era muy tarde, aún había charcos que había dejado la tormenta veraniega. Algo le hizo regresar a la casa, revisó la salita de estar, la cocina y el garaje, pero no había nadie. Salió al frente de la casa y miro en ambos lados de la calle: estaba desierta cuando a esa hora de la mañana de sábado, siempre había chiquillos jugando a la pelota o en bicicletas o saltando la comba. Pero esa mañana de sábado no. Subió a su recámara corriendo, tomó el móvil y marcó el número de Malinalli, “Lo sentimos el número que usted marcó no existe, favor de verificar”, la misma respuesta obtuvo cuando marcó el de su madre, el de su padre, incluso el de Ana.
—¡Qué diablos!
Desconcertado, se sentó al pie de la escalera, respiró profundo, cerró los ojos, se relajó y recordó a detalle todo lo que había soñado.

He

He pasado por una puerta que no lleva a ningún lugar
me he sentido tan  cansado como la palabra tanto
irrespirable como el aire viciado
Tan desdibujado como un anuncio de cartel
desordenado, inmóvil, pausado

He bebido tanta agua que ya no sé si tengo sed
me he inventado mil historias para no creer
aburrido como una hoja en blanco
Tan acostumbrado a no perder la fe
hastiado, ahogado, flotando

He repetido tu nombre hasta olvidarlo
me he despojado de todo lo que has significado
terminal como una rara enfermedad
Tan obstinado como un viejo alquimista
expectante, tranquilo, optimista

Infernal

       Infernal

        Di vuelta en la esquina. Recibí de frente el ámbar de los rayos solares de aquel atardecer de viernes. El tránsito vehicular estaba a tope, era una calurosa tarde, los conductores regresaban sudorosos a casa dispuestos a disfrutar del anhelado descanso de fin de semana. ¿Era la camisa la que absorbía el sudor del torso o era la piel que intentaba succionar la tela de la prenda? No quise mirar por encima del hombro, por la misma razón que cuando era niño me cubría con la sábana la cabeza cuando sentía miedo. Absurdo y tonto. Deseaba estar en ese momento en la piscina de Poncho, bebiendo cerveza, hablando de chicas que nunca se fijarían en nosotros y de drogas, pero estaba a diez calles de donde Poncho, intentando evadir a mi perseguidor. Lo vi cuando estaba recibiendo la plata a través de la ventanilla de la casa de empeño. Cristales polarizados y rejas de hierro. Miré el reflejo, disimulaba que no estaba ahí por mi, pero yo tenía la certeza de que estaba esperando a que me diera vuelta y lo encarara. Frente a frente, sosteniendo su mirada. No caí en su juego y con toda la naturalidad me guardé los billetes que me dieron por una pulsera de oro que robamos de la hermana de Poncho, Valería. Si no fuera la hermana de mi mejor amigo, seguro me la tiraba, pero respetaba a Poncho era un gran tipo. Inflado como una ámpula sentía el bolsillo trasero de mi bluyín. Por un momento me olvidé de para cuántas dosis me alcanzaba la pasta que llevaba encima. Estaba más… debo decirlo, más preocupado por el tipo que me seguía los pasos. Crucé la avenida so pretexto de mirar de un lado a otro, hábilmente se salió de mi campo visual, pero podía sentir que estaba por ahí fingiendo mirar los aparadores o leyendo los encabezados en el kiosko de las revistas. Un par de calles más y llegaría al lugar del Topo; se ganó el nombre porque nunca nadie lo había visto a la luz, siempre estaba protegiéndose en el anonimato de la oscuridad de su local. Cambiaría la pasta por una morbosa cantidad de dosis para colocarnos Poncho y yo, a expensas de la buena de Valeria. Que par de tetas. Quizás mientras hacía la transacción comercial, el tipo se perdería y me dejaría en paz. No descartaba que me quisiera asaltar, daba los mismo que me quitara la marmaja o la droga, no iba a permitir ninguna de las dos opciones, así que apenas saliendo del local del Topo, navaja en mano, esperaría al maldito. El Topo me despacho en un santiamén, como era su estilo. Salí con la bolsa negra metida en los huevos y en mano el fierro dispuesto para hundirlo unas cuantas veces en las costillas del cabrón. El andador estaba desierto puesto que aquél no era un lugar popular para los transeúntes. No vi a mi amigo por ningún lado, repasé cada resquicio de la calle esperando algún movimiento que le delatara, pero ni una mosca aleteaba por ahí. Volví al bullicio de la avenida principal; por mucho que me estuvieran pisando los talones no me atrevería a sortear los andadores y pasillos del mugroso barrio. Aparenté estar más tranquilo y apresuré el paso, pronto oscurecería y es peligroso ir a pie en los barrios aledaños al centro de la ciudad. Es más peligroso que cualquier cosa. Invitaré a Valeria al cine, solo arrumacos, así no arruinaré mi amistad con Poncho. ¿Y si se deja tocar las tetas…? Ahí está ese hijo de puta ¡cabrón! Lo alcancé a ver girando en sus talones para despistarme. Gran sorpresa se va a llevar cuando sienta la hoja de mi italiana hundirse hasta la cacha. ¡Ya está! En el callejón de la farmacia, ahí lo voy a topar. Me fui en banda al intentar apuñalarlo, fue como si hubiese intentado rebanar el aire, era como gas espeso, ni siquiera sentí el roce de su chamarra, intenté mirar sus ojos para hacerle saber que lo iba a joder, sus cuencas estaban vacías, tan vacías que no veía su fondo. Se movía con el aire, no era más alto que yo pero tampoco pude ver o escuchar sus pisadas, su rostro era una careta fantasmagórica, era humo con un semblante diabólico, se me erizaron los pelos de la nuca mientras blandía la navaja intentando hacerle daño. Se crispó en una figura demoniaca y me envolvió en su hediondo aliento después de soltar aquel rugido infernal.

 Entonces, fue cuando cerré los ojos. No quise ver como iba a morir.