Diamantes

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Gente de carbón
[Imagen «Gente de carbón» por Carlos Quijano]

Miraba con interés las lágrimas que guardaba en pequeñas bolsitas hechas de terciopelo. Cuidadoso depositaba una a una en el interior, sopesando el contenido antes de ajustar la jareta. Las miraba emocionado, fantaseando, imaginando el destino de cada una de ellas. Era un hábil comerciante, se consideraba un traficante respetable. Casi lo era. Así pensaban todos los mercachifles de aquel sucio mercado. Comerciaban, estafaban, traficaban, hacían trueques, robaban y se aprovechaban de los ingenuos y curiosos que se acercaban a mirar las cosas más insólitas puestas a la venta en las mesas de aquellos oscuros tenderetes.

Jafa vendía lágrimas en bolsitas de terciopelo, Ulsu ofrecía lamentos en frascos de diferentes tamaños y formas, Trebe intercambiaba malas palabras, al principio lo hacía en forma impresa o escrita a mano, ahora las ofrece en cintas magnéticas que vende por metro. Rada comercia con emociones exiliadas que recoge día a día en la parte trasera del convento, al pie de la verdinegra montaña, todas procedentes de las monjas enclaustradas y que han hecho votos a su dios indiferente. Espasmos, murmullos inoportunos, aullidos, gritos, malos olores, sabores desgastados y en desuso, promesas rotas que han sido remendadas con hilo y aguja, miedos ancestrales y modernos, temblores por frío o por reacción. Sustancias inocuas coloreadas con mentiras, semillas de maldad, objetos perdidos, deseos reprimidos, cosas sin valor monetario y valores pisoteados. Toda una industria global.

Un día lleno de lodo, llegó Mara al mercadillo. Chapoteaba sus sandalias en el espeso camino, su rostro churretoso buscaba con avidez sobre las improvisadas mesas; miraba para ver si alguna mercancía le hacía un guiño, se internaba como cándida oveja en la guarida de los lobos que la seguían con ojos lascivos. Pese al denso ambiente, la niña no perdía el valor y estaba dispuesta a correr cualquier riesgo con tal de encontrar a Lara, su madre. Se habían separado después de la crisis que vino después del colapso mundial: la globalización corrompió todos los sistemas políticos, económicos y sociales, dando como resultado aquel nuevo mundo, que no había terminado de morir pero que se erigía sobre una generalizada distorsión. ¿Cómo distinguir la verdad en medio de tantas mentiras prefabricadas? ¿Cómo reconocer una señal entre tanta confusión? Las respuestas las tenía en su corazón. La pequeña niña lo sabría en el momento justo.

La curiosidad le hizo parar en el puesto de libros, Mulu, el propietario, servicial se acercó a Mara para ofrecer sus mercancías.

—Tengo libros para colorear, niña. Tengo colores de cera —decía intentando captar la atención de la chiquilla. — ¿Quieres verlos? Tengo muchos, los que quieras llevar. —Mostraba en la palma de la mano trozos de crayones de diferentes tamaños y colores. Mulu vendía libros en versiones corregidas y aumentadas aunque no por el autor original: les agregaba páginas de otros libros deshojados o demasiado deteriorados como para venderlos por sí mismos, producía nuevas versiones a partir de páginas sueltas. A Mara no le interesaban los libros, buscaba alguna pista que pudiera conducirle a donde estaba Lara.

Por un rato deambuló en un pequeño mundo que no existía, pero estaba en todas partes; entre seres que habían sido y que ahora ya no eran; en un lugar donde cualquiera podía ser cualquiera y alguien no era nadie. Al doblar en un corredor que apestaba a orines, su corazón casi se detuvo de la impresión. Colgada de un perchero estaba una prenda de un color verde rabioso, era aquel suéter que su madre usaba por las tardes cuando la ausencia del sol daba paso a las frías corrientes de aire. Mara corrió con el corazón pendiendo de un hilo a punto de caer en un oscuro precipicio, del que no se percibe el fondo. Estiro su mano para tocar la prenda, sintió la textura y supo. Se acercó a olerla y muy por debajo de los fétidos olores, estaba la esencia de Lara, haciéndole una señal.

— ¿Qué haces niña? —preguntó una voz cascada que venía del fondo.

— Esto es de mi madre —respondió valientemente la chica.

— ¡Anda, fuera de aquí! —gritó la voz del fondo con marcado tono de enfado.

— ¿De dónde lo ha sacado? Quiero hacer un trueque.

— ¿Dices trueque? —La voz sonaba menos estridente, suavizada. — ¿Qué das a cambio?—dijo con total interés la vieja— ¿Qué tienes de valor? Porque esta ropa la he traído de un lugar muy alejado de aquí, me ha costado mucho traerla— Ahora miraba con detenimiento el suéter verde— No, ya recuerdo… Una mujer me lo cambió por una pelota saltarina.

— ¿Dónde? ¿En dónde vio a esa mujer? —preguntaba ansiosa la niña, desesperada, con la urgencia haciéndole saltar los ojos. — ¡Dígame, por favor! Le daré todo esto —enseñaba en sus manos pequeñas un diminuto corazón que palpitaba aceleradamente de amor. La anciana abrió los ojos muy sorprendida, era un trueque muy tentador y por un instante pensó en aceptar, pero alejó la idea con enérgicos movimientos como si quisiera ahuyentar a una parvada de malignos buitres.

— No puedo aceptarlo, es demasiado por un suéter, solo dame un par de lágrimas y con eso será suficiente. Y anda, ve a buscar a tu madre, seguramente ella te estará esperando.

Mara le entregó un poco más que un par de diamantes, sus ojos derramaron muchos.

Abrazando el suéter caminó y siguió las instrucciones de la vendedora. Llegó a un barrio mugroso, devastado, en escala de grises. Buscó el portal que la anciana recordaba cuando hizo el trueque con la mujer del suéter. Le costaba trabajo distinguir los colores en aquel sombrío lugar. Se detuvo y ahí estaba: un portal rojo óxido. Lo atravesó como una flecha que busca un blanco. Había muchas siluetas dibujadas con carbón que se movían despacio, cautelosas, temerosas de hacer movimientos bruscos. Mara volteaba de un lado a otro, buscando, anhelando y encontrando. Lara asomaba desde una ventana, había percibido la inquietud de las gentes de carboncillo, quería saber el motivo. El suéter rompía la oscuridad del corredor, era imposible no ver a Mara.

— ¡Hija! ¡Mara! ¡Aquí! —gritaba emocionada. No quería perderla de vista pero debía bajar a su encuentro.

Mara pasó de largo. Se introdujo por una de las tantas puertas que había en ese corredor. La gente de carbón se inquietaba cada vez más. Lara se sintió aspirada por una poderosa fuerza, sintió una fuerte succión y regresó solo un momento.

Madre e hija volvían a encontrarse. De rodillas Mara abrazaba a su madre, postrada en un vencido camastro. Lara tuvo apenas fuerzas para abrazarla por última vez. Besó su pelo y sintió la cascada de diamantes que la pequeña dejó caer sobre su raída ropa. Mara con ternura le cobijo con el suéter y miró sus ojos antes de que se cerraran para siempre. La gente de carbón se fue en un susurro. Un vecino se asomó al interior del cuartucho y vio una triste estampa: Mara con la cabeza baja, sollozando, con una pelota saltarina entre sus dedos. A Lara con los ojos cerrados y con gesto de paz.

Miró un montón de diamantes dispersos en el suelo, se le ocurrió que muy temprano iría a negociar al mercado.

Nominación al premio «Versatile Blogger»

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Versatile Blogger

Resulta un gran honor que una persona como Julia Ojidos venga a las páginas de este blog y pasee sus lindos ojos por estas palabras comunes, pero resulta más comprometedor que haya nominado a Palabras Comunes para el «Versatile Blogger».

Muchas gracias Julia por esta nominación, realmente es un compromiso contigo y con todos aquellos que se toman un tiempo para leer este blog.

Esta es la lista de nominados:

Blueliciously

Jonás Fernández Artista

Leidy Blue

Luna Quebrada

Majberet

Marisol Barrientos

Mis maricaditas

mdorantes

Olvidable polaroid

Sonetos en fuga

@monixette

Arcilla y fuego

Abzeta

Adriana. V

Antipoemas dementes y misantrópicos

De tu boca

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Originalmente publicado en Salto al reverso:

Mariposas

Eran nerviosas mariposas que escapaban por tu boca.

Iluso, pensaba que eran palabras.

Imagen: Carlos Quijano

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Cartas

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Cartas

Conserva las cartas que te envié,

tenlas a la mano para encender el fuego,

si algunas vez sientes frío.

A la orilla

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Lago

Un cielo sin azul

el lago en su nivel más bajo

y yo a la orilla de ti

La dona

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La dona

Leticia era una niña linda, de ojos coquetos. Vivía en una casa que por su estructura arquitectónica, era muy conocida en aquel vecindario. Era una casa redonda construida en la cima de una colina. Juan vivía a dos calles de la casa de Leticia. Se conocieron en un solar que los chiquillos del barrio habían acondicionado como estadio de fútbol: un par de porterías, algunas bancas de madera y en general, trataban de mantenerlo limpio. A Juan le atraía de sobremanera la belleza dibujada en forma de ojos, en la redonda cara de Leticia, ella era frecuente asistente de las improvisadas gradas de aquella canchita de balompié, durante aquellas vacaciones de verano.

— ¡Meteré un gol para ti, Lety! —gritaba con entusiasmo Juan, dirigiéndose a la niña sentada bajo la sombra de un árbol ficus. Ella sonreía, cubriéndose tímida con una mano. Juan hacía todo por obtener su atención, se esforzaba corriendo de un lado a otro, intentaba gambetas y tendía a ser protagonista en cada jugada. Cuando anotaba en la portería contraria, regresaba trotando, orgulloso, buscando con la mirada a Lety, quien agitaba los brazos emocionada junto con los demás chicos. Ese día la apuesta del juego consistía en que el equipo perdedor pagaría las sodas al ganador. Al final, Juan llevaba una soda de sabor guayaba en una mano, bajo el brazo, el inseparable balón, corría urgido por llegar a donde estaba Lety.

—Bebe, nada más la mitad —recomendó a la niña, alcanzándole el envase. La chica apuró rápidamente el contenido, echando un vistazo de vez en cuando para comprobar que no se había excedido de lo que Juan le había compartido. Cuando consideró que había bebido suficiente, le devolvió la bebida a Juan, que en un parpadeo terminó por completo el contenido.

—Puedes ir a mi casa en la tarde, como a las 5 —dijo Lety con la carita iluminada por la emoción. Juan le sonrío, también estaba emocionado. Caminaron hasta el cruce en donde ambos tenían que tomar direcciones opuestas para sus respectivas casas. Lety caminaba sobre la guarnición de la calle, jugando a mantener el equilibrio. Juan iba sobre el empedrado, rebotando su balón. Se dijeron adiós. Y ambos se recordaron su cita a las 5.

Juan subió muy rápido la cuesta de la colina para llegar a la puerta de la casa de Leticia. Ella lo veía desde un amplio ventanal en lo alto de la casa. Cuando miró que había llegado al portal, bajó corriendo al encuentro de su amigo. Se miraron sonrientes, ella llevaba una falda verde con una blusa blanca, le daba mucha luz a su cara y hacía resaltar sus ojos bellos, grandes.

—Vamos a la tienda —propuso Juan — Ya han llegado las donas ¿Quieres una?

— ¡Sí! —exclamó Leticia. Le encantaban las donas recién horneadas que expendían en el pequeño local.

Bajaron la cuesta hasta la calle empedrada, caminaban libres de miedos, reían sin motivo y derrochaban felicidad el par de chicos.
Llegaron al expendio y como todo un caballero, Juan pidió un par de donas de azúcar para llevar. Tenía que regresar con su bella acompañante a la brevedad posible, si es que quería volver a verla otra vez, de otro modo la mamá de Lety no le volvería a dar permiso para salir.

Regresaron por el mismo camino, no hablaban mucho porque la dona los tenía entretenidos. Juan tomó de la mano a Leticia y la jaló hacia el quicio de un portón, habían terminado de comer el postre, ella tenía granos de endulzante en la boca y ambas mejillas. Él se acercó y le dio un beso en los labios. Duró lo que tiene que durar un beso inocente, cargado de amor, limpio de prejuicios y rebozado en azúcar. Cuando se retiró un poco vio que Leticia abría sus ojos despacio, miró como si se tratase de un amanecer en un mundo en donde habían dos soles, poco a poco sus párpados iban revelando sus lindos ojos.

Rieron sin decirse nada. Juan le quitó de la mejilla algunos puntitos de dulce sacudiéndolos con los dedos.
Llegaron al portal de la casa de Leticia, pero no igual como se habían ido, regresaron enamorados uno del otro, con su corazón latiendo fuerte, más por la emoción que por subir la cuesta. Se despidieron.

— ¿Podemos ir mañana por otra dona? —dijo Juan expectante, esperando la respuesta a la pregunta más importante que había hecho en su vida.

— ¡Sí quiero! —respondió Leticia, mientras corría para subir al ventanal y ver como bajaba por la cuesta su primer amor.

Imagen: cortesía de Salim Virji, recuperada de flickr.com

El tiempo se detuvo

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Apenas había caminado diez pasos a la calle.
El tiempo se detuvo.
Sin saber dónde, sin saber quién, sin saber por qué.

La luna en alto, tan blanca como su mente en ese instante.
El taxi pasó de largo.
El tiempo se detuvo.
En la mesita de noche, tímida estaba una nota escrita con extrovertida caligrafía.
Ella se había ido junto con su bolso, huyeron sin abrigo.
En la boca sabor a miel y cielo.
En la calle, a lo lejos, iban tomados de la mano.
Se fue. Se fue con él.

Salió. Las luces daban de frente a su rostro.
Sentía el pecho vacío, el cuerpo estaba peor.
El tiempo se detuvo.
El viento empujaba billetes y al mismo aire.
La corriente creaba un remolino en su mente, revolvía la basura.
La mueca en el rostro como un gorila sonriente.
Con el suelo en la espalda y la navidad en la tienda de la esquina.
El tiempo se detuvo.