A la orilla

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Lago

Un cielo sin azul

el lago en su nivel más bajo

y yo a la orilla de ti

La dona

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La dona

Leticia era una niña linda, de ojos coquetos. Vivía en una casa que por su estructura arquitectónica, era muy conocida en aquel vecindario. Era una casa redonda construida en la cima de una colina. Juan vivía a dos calles de la casa de Leticia. Se conocieron en un solar que los chiquillos del barrio habían acondicionado como estadio de fútbol: un par de porterías, algunas bancas de madera y en general, trataban de mantenerlo limpio. A Juan le atraía de sobremanera la belleza dibujada en forma de ojos, en la redonda cara de Leticia, ella era frecuente asistente de las improvisadas gradas de aquella canchita de balompié, durante aquellas vacaciones de verano.

— ¡Meteré un gol para ti, Lety! —gritaba con entusiasmo Juan, dirigiéndose a la niña sentada bajo la sombra de un árbol ficus. Ella sonreía, cubriéndose tímida con una mano. Juan hacía todo por obtener su atención, se esforzaba corriendo de un lado a otro, intentaba gambetas y tendía a ser protagonista en cada jugada. Cuando anotaba en la portería contraria, regresaba trotando, orgulloso, buscando con la mirada a Lety, quien agitaba los brazos emocionada junto con los demás chicos. Ese día la apuesta del juego consistía en que el equipo perdedor pagaría las sodas al ganador. Al final, Juan llevaba una soda de sabor guayaba en una mano, bajo el brazo, el inseparable balón, corría urgido por llegar a donde estaba Lety.

—Bebe, nada más la mitad —recomendó a la niña, alcanzándole el envase. La chica apuró rápidamente el contenido, echando un vistazo de vez en cuando para comprobar que no se había excedido de lo que Juan le había compartido. Cuando consideró que había bebido suficiente, le devolvió la bebida a Juan, que en un parpadeo terminó por completo el contenido.

—Puedes ir a mi casa en la tarde, como a las 5 —dijo Lety con la carita iluminada por la emoción. Juan le sonrío, también estaba emocionado. Caminaron hasta el cruce en donde ambos tenían que tomar direcciones opuestas para sus respectivas casas. Lety caminaba sobre la guarnición de la calle, jugando a mantener el equilibrio. Juan iba sobre el empedrado, rebotando su balón. Se dijeron adiós. Y ambos se recordaron su cita a las 5.

Juan subió muy rápido la cuesta de la colina para llegar a la puerta de la casa de Leticia. Ella lo veía desde un amplio ventanal en lo alto de la casa. Cuando miró que había llegado al portal, bajó corriendo al encuentro de su amigo. Se miraron sonrientes, ella llevaba una falda verde con una blusa blanca, le daba mucha luz a su cara y hacía resaltar sus ojos bellos, grandes.

—Vamos a la tienda —propuso Juan. — Ya han llegado las donas ¿Quieres una?

— ¡Sí! —exclamó Leticia. Le encantaban las donas recién horneadas que expendían en el pequeño local.

Bajaron la cuesta hasta la calle empedrada, caminaban libres de miedos, reían sin motivo y derrochaban felicidad el par de chicos.
Llegaron al expendio y como todo un caballero, Juan pidió un par de donas de azúcar para llevar. Tenía que regresar con su bella acompañante a la brevedad posible, si es que quería volver a verla otra vez, de otro modo la mamá de Lety no le volvería a dar permiso para salir.

Regresaron por el mismo camino, no hablaban mucho porque la dona los tenía entretenidos. Juan tomó de la mano a Leticia y la jaló hacia el quicio de un portón, habían terminado de comer el postre, ella tenía granos de endulzante en la boca y ambas mejillas. Él se acercó y le dio un beso en los labios. Duró lo que tiene que durar un beso inocente, cargado de amor, limpio de prejuicios y rebozado en azúcar. Cuando se retiró un poco vio que Leticia abría sus ojos despacio, miró como si se tratase de un amanecer en un mundo en donde habían dos soles, poco a poco sus párpados iban revelando sus lindos ojos.

Rieron sin decirse nada. Juan le quitó de la mejilla algunos puntitos de dulce sacudiéndolos con los dedos.
Llegaron al portal de la casa de Leticia, pero no igual como se habían ido, regresaron enamorados uno del otro, con su corazón latiendo fuerte, más por la emoción que por subir la cuesta. Se despidieron.

— ¿Podemos ir mañana por otra dona? —dijo Juan expectante, esperando la respuesta a la pregunta más importante que había hecho en su vida.

— ¡Sí quiero! —respondió Leticia, mientras corría para subir al ventanal y ver como bajaba por la cuesta su nuevo amor.

Imagen: cortesía de Salim Virji, recuperada de flickr.com

El tiempo se detuvo

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Apenas había caminado diez pasos a la calle.
El tiempo se detuvo.
Sin saber dónde, sin saber quién, sin saber por qué.

La luna en alto, tan blanca como su mente en ese instante.
El taxi pasó de largo.
El tiempo se detuvo.
En la mesita de noche, tímida estaba una nota escrita con extrovertida caligrafía.
Ella se había ido junto con su bolso, huyeron sin abrigo.
En la boca sabor a miel y cielo.
En la calle, a lo lejos, iban tomados de la mano.
Se fue. Se fue con él.

Salió. Las luces daban de frente a su rostro.
Sentía el pecho vacío, el cuerpo estaba peor.
El tiempo se detuvo.
El viento empujaba billetes y al mismo aire.
La corriente creaba un remolino en su mente, revolvía la basura.
La mueca en el rostro como un gorila sonriente.
Con el suelo en la espalda y la navidad en la tienda de la esquina.
El tiempo se detuvo.

A tus ojos

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Tus ojos

Cuando al fin te hayas marchado
Recordaré tristemente
Imaginándome siempre
Tus preciosos ojos verdes

Leo en tu mirada fina
La esperanza del amor solo al mirarte
Y en la textura de tu piel divina
La incitación para adorarte

¿Qué color en realidad tienen tus ojos?
¡Qué color! Que contrasta con el cielo
Por qué indecisos todavía
Azules o esmeralda yo los quiero

Caprichosos y traviesos son tus ojos
Para mí yo los quiero azul turquesa
Profundo manantial donde yo bebo
Apagan grande sed con su belleza

Pedacitos de cielo claro y firme
Que en tu ovalada cara resplandecen
Me he fijado que al mirarlos con encanto
Poco a poco con amor se reverdecen

Qué profundos y preciosos son tus ojos
No te marches sin dejar que yo los vea
Que en la agenda de mi historia los apunte
Y al ocaso de mi vida yo los lea

Cuando al fin te hayas marchado
Recordaré tristemente
Imaginándome siempre
Tus hermosos ojos verdes

 

Foto: Cortesía de Joss Galindo

Sin ti

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Originalmente publicado en Salto al reverso:

Sin ti

Empezaba el día con aromas de café y mantequilla. Era darte un beso antes de abrir por completo los ojos. La noche anterior se había escapado entre claroscuros y una sábana que escondía tu cuerpo. Era mirarte mientras dormías, antes de cerrar los ojos.

El día recorría su tiempo entre tus pecas y tu perfume; yo quería guardarlo para besarte por sorpresa. Atento esperaba las alertas que me recordaban que tenía que pensar en ti.

Te dispersabas entre el humo de un cigarro que nunca acabas de fumar. Yo me disolvía entre frases que no terminaba de hilar. Te extraviabas en las páginas de un libro, mientras yo perseguía fantasías e imaginaba cuentos que nunca me creerías.

Festejábamos a cada gota de merlot, entre risas cristalinas y estrellas dibujadas a crayón en un cielo oscuro. Nos movíamos en lo azul hasta encontrar nuestro lugar. Allí era donde en cada silencio…

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La colorífera historia de Copy

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Originalmente publicado en Salto al reverso:

OjosColoreados

Copy tenía un especial interés por los colores. Sabía de alguna manera, que a su corta edad, podía distinguir cada gradación de color sin confundirse. Tal vez sus ojos gozaban de una especial habilidad para captar el espectro de luz por su permanente pupila dilatada. Quizás los fotorreceptores en su retina mantenían una comunicación en un lenguaje distinto con su cerebro por eso eran de una sensibilidad que iba más allá de lo normal.

Copy tuvo que darse cuenta de ello un día que miraba la blusa que llevaba su madre en un tono solemne de morado; mientras le servía el cereal del desayuno en un plato hondo, de repente supo a que sabía el color morado, a hojas que han sido arrancadas de un árbol. Se asombró de ese descubrimiento y de forma involuntaria, asoció todas esas veces en las que había tenido diferentes sensaciones cuando miraba cosas de…

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La última bala

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Hacía un frío invernal en la arruinada ciudad, en una época que antes se consideraba como verano.  Escondida entre escombros y restos de láminas metálicas, esperaba a que cesara la lluvia y continuar huyendo de su perseguidor. Recolectaba agua pluvial en un envase de plástico colocado debajo de un inconstante chorro. Tiritaba acaso por la adrenalina que liberaba su miedo o por la baja temperatura. Tenía los dedos entumidos. Juntó sus manos y las puso entre sus piernas para calentarlas un poco. Cuando sintió mejoría, de una bolsa de plástico con sello hermético sacó una libreta de pastas y encuadernación elegantes, estaba en perfecto estado a excepción de la parte media que mostraba señales de haber sido hojeada con los dedos llenos de mugre. Una vez más leyó la caligrafía pequeña y clara:

“El apocalipsis no llegó como todos creíamos: no fueron bombas atómicas, no se trató de un virus que infectara a toda la población. No fue culpa del país vecino ni de la globalización. No fue una guerra de tantas ni La Última Gran Guerra. No vino del espacio exterior ni estaba agendado por alguna cultura prehispánica. La debacle no se dio por registros bíblicos ni fue atribuible a un Ser Supremo…”

Dio vuelta a la hoja para continuar leyendo. Alerta, repasando los sonidos que se producían en el exterior de su improvisado refugio.

 “Llego silencioso, como la entrada de una estación. Muchos advirtieron de las señales con anticipación, nadie les creyó. Comenzó con indiferencia, los hombres empezaron a perder la capacidad de asombro. La saturación de información generó una pérdida total de fe; fue la corrupción del espíritu lo que condenó nuestro destino. Llegó un momento en que todas las cosas cambiaron de nombre o de plano lo perdieron. La prostitución de los derechos y valores del ser humano provocó que se convirtieran en títulos de crédito, negociables, en cartas franqueables. Las actitudes e ideologías fueron suspendidas en favor de un determinismo tecnológico. No llegaron a regir las máquinas, pero sí el humano a ser tan dependiente de ellas, incluso para relacionarse con otros congéneres.  ¡Qué lejos estábamos cuando se planteaban las hipótesis del fin de nuestro mundo!”

Se había olvidado de tantas cosas, que le costaba un poco de trabajo entender a qué se refería el autor de esas notas. Entornaba los ojos conduciendo su mente por vertiginosos caminos que no le llevaban a ningún lugar y aunque encontraba incomprensibles algunos términos, no dejaba de leer, en su interior percibía algo, un estado de ánimo particular. La lluvia no dejaba de caer y su botella ya estaba llena hasta el borde. Agua turbia, no conocía otro tipo. Desenvolvió una bolsa de celofán y tomó un puñito de granola, después un trago de agua lluvia. Siguió leyendo.

“Vanos fueron los intentos por rescatar un ápice de humanidad, la rebelión fue una causa común, un motivo para mal. Poco a poco se fueron desechando modelos socialmente correctos y fueron suplantados por otros llamados modernos y adecuados para la época. Se hicieron muchas modificaciones al pasado con el fin de acomodar la historia en favor de algunos pocos, como consecuencia, no sabemos que es verdad y que es mentira. Muy pronto las leyes dejaron de funcionar y sin ningún tipo de plaga que diera aviso, la anarquía cubrió todo el planeta con un oscuro velo.  Hubo graves atentados en contra de la libertad, se consumaron al grado de una normalidad insensible. Se destruyeron muchas obras que serán irrecuperables, sin embargo los conocimientos aguardan escondidos con la esperanza de ser redescubiertos. El apocalipsis no vino de ningún lugar: siempre estuvo entre nosotros, en nuestro código genético, el apocalipsis se engendró en nuestro interior, gestó mientras nos inoculábamos con desmedidas ambiciones, cuando hicimos del hedonismo nuestra forma de vida, cuando desestimamos el sano equilibrio, cuando impulsivos y ciegos de razón y sentido, atentamos contra nosotros mismos.  Entonces fue cuando parimos a la bestia que acabó con el mundo, con el que nunca consideramos de nuestra propiedad, porque si hubiese sido así, no hubiésemos actuado como si no nos importara…”

El párrafo que seguía a continuación, era el que más veces había leído desde que encontrara la libreta en una de tantas casas abandonadas en la ciudad desierta. Pero también se había topado con aquel necio cazador que no había de dejarla en paz en los últimos seis días. La lluvia estaba amainando.

“Los alimentos escasean, como las buenas voluntades. Pronto acabará esta fase. Ahora no resta más que aferrarse a una esperanza, que el futuro posapocalíptico encuentre un renacimiento, que si habrán de existir nuevas generaciones, no cometan los mismos errores. ¡Pero hay tantas interrogantes! Quizá no quede nadie que pueda dar continuidad a la raza humana; el hipotético futuro plantea una terrible realidad en la que se hayan olvidado tantas cosas y entre ellas la capacidad de leer. Tampoco quedan muchos libros e igual se extravíe la habilidad de escribir. Confío en que alguien encuentre estas breves notas y pueda discernir la magnitud de esta tragedia. Ojalá y quien encuentre esta libreta tenga la voluntad de recomenzar un nuevo mundo, de reinventar una nueva vida, de reescribir nuestra historia y vislumbrar un horizonte promisorio”.

Este párrafo era el que encontraba comprometedor, le hacía sentir ansiosa, inquieta; sentía que asumía un compromiso. Le despertaba sensaciones casi olvidadas, le conmovía, le incitaba, le daba coraje, pero al mismo tiempo la contagiaba de angustia, impotencia, odio, pero no del tipo que sentía contra aquellos que habían abusado de ella hacía unos meses y la habían violado sin piedad, no de ese odio, sino de otro que le hacía formularse la misma pregunta una y otra vez: ¿Por qué? Envolvió la bolsita de granola, enroscó la tapa de la botella de agua lluvia, guardó celosamente la moleskine en la bolsa hermética. Inspiró profundamente. Dejó de llover. Echó un último vistazo al cargador de la 9 mm que llevaba consigo. No la tomarían por sorpresa nuevamente.

— ¡Sal de donde te escondes maldita! —vociferaba una voz pastosa, babeada de ira.

Ella se movió rápidamente, tan ágil como se lo permitía su prominente vientre. Al acecho, midió qué tan cerca estaba el cazador del escondite.

— ¡Te voy a cortar esas carnes y a ponerlas al sol a secar! ¡Me comeré a ese bastardo directamente de tu panza! ya verás maldita, ya verás… —mascullaba el furioso cazador.

Agazapada, con un nudo en la garganta, empuñaba la 9 mm, quitó el seguro y aguardó a escuchar lo suficientemente cerca las pisadas de las botas de montaña del cazador. Las nubes se disiparon en un momento crucial, la luz del sol delató la posición del perseguidor. No podía fallar. La sorpresa jugó de su lado en aquel duelo, la última bala del cargador del arma se impactó brutal en la cabeza del cazador. Ella dejó escapar un quejido, primero en grito y luego susurrado. Había ganado esa batalla.

Se alejó del lugar sosteniendo amorosa su barriga, un pequeño ser en el interior pateaba. Ahora entendía ese particular estado de ánimo, en algún lugar de su alma sabía que era posible lo que deseara.