La escalera

      Al pie del edificio, contempló la descuidada fachada lanzando un sonoro bufido y profiriendo en silencio una maldición. Realmente sentía y experimentaba en su ser aquel tremendo pesar de tener que regresar a dormir todas las noches al derruido edificio de apartamentos. Las paredes se sostenían gracias a toda la pintura de grafittis, capa sobre capa, color sobre color, expresión sobre expresión. Le erizaba la piel escuchar el chirriar al empujar la puerta, miles de gritos, generaciones enteras clamando por unas gotas de aceite lubricante. Almas en pena de lo que alguna vez fueron bisagras. Si el exterior causaba estragos en el estado anímico, el interior asaltaba de manera violenta los sentidos. El aire era un muestrario de matices, a la izquierda hedor a orines, a la derecha, humo resultante de la combustión de sustancias, arriba, aceite de cocina reciclado, abajo, un tufo que solo se puede percibir una vez en la vida.

Avanzó por el corredor conteniendo la respiración. Con la cabeza gacha, mirando el cutis agrietado y envejecido que le devolvían las losetas del piso, el rostro de una mujer que miente acerca de su edad, pero que su cara refleja una verdad incontenible. Evitó tocar el pasamanos, sabía que los niños embarraban mocos a propósito. Tendría que hacer acopio de reservas de aire para subir a toda prisa por la escalera. Temía por ciertos encuentros desagradables con alguno de sus vecinos que en camiseta y bóxers, se asomaban a la puerta del apartamento a decirle cualquier estupidez, una botella de tequila barato en una mano y con la otra rascándose entre el vello púbico o el de la axila. Asqueroso, cualquiera de los lugares.

Asqueroso también cada escalón, cada paso era al encuentro de basura, goma de mascar, envolturas de frituras, mugre arraigada de todas las estaciones del año, de todos los tiempos, de todas las gentes que suben y bajan, de todas las consecuencias del hacinamiento de personas, de cosas, de vidas, de sentimientos, emociones y fluidos. Deseaba ignorar esa sensación de adherencia en sus zapatos, esa fobia de quedarse anclada al cochino peldaño y formar parte del estrato, de pulular ahí como un sucio hongo y mirar pasar los altibajos grises de la mugrosa vida en la escalera.

Sabía que faltaba un poco más de la mitad de la eternidad para llegar a su piso. Tendría que entornar los ojos a la luz de las lamparas ahorradoras: ahorraban energía, pero derrochaban tristeza en su pálida y tímida iluminación; se perdían en la lejanía oscura de los pasillos como un blanco velero se pierde en el ondulante horizonte de un oscuro mar. Sus pasos se ahogaban entre intervalos de sonidos de televisores de cinescopio que revelan la hipnotizante programación de televisión abierta. Fábricas de zombies. Fábricas de mediocridad, pastores de incesantes e insensatos rebaños.

La nausea provocó que su cuerpo se arqueara de forma involuntaria, una fuerte pestilencia se escapaba por las rendijas de lo que había sido en su momento un marco de una puerta, lo fétido le revolvió el estomago, lo sentía tan vacío como el ojo de la escalera, y sentía como su alma no tardaría de desprenderse de su cuerpo. La puerta dejaba escapar los vapores del encierro de veinte gatos que habitaban con una viuda, señora vieja de ideas excéntricas y zoofílicas. Los inquilinos no sabían si apestaba más ella o el estiércol de gato contenido en cajas de arena rancia.

Trató de pensar en otra cosa, “La muerte, ¿Dónde está la muerte? ¿Dónde está mi muerte? ¿Dónde su victoria?” fue lo primero que le vino a la mente, lo pescó camino a casa cuando pasaba frente a la entrada de la Iglesia del barrio. Meditó las frases, las sempiternas dudas del hombre, las preguntas perpetuas en una melodía solemne, en una alabanza a Dios, a un Dios que perdió el control de su creación y que ahora se encontraba quién sabe dónde, haciendo quién sabe qué, ¿Hay anarquía en el reino de los cielos? Río para sí ante sus disparatadas tesis. Volvió a la alarmante realidad cuando dos chiquillos salieron de alguna puerta del corredor tras una pelota de plástico a medio inflar, los esquivó, pero no pudo evitar pisar una toalla sanitaria abandonada en el segundo peldaño, paralela a la sombra del tercer escalón. Se pasó ambas manos por la cara en gesto de sincera desesperación, ella también era mujer, pero en su vida haría una cosa tan nauseabunda como la que acababa de contemplar.

Cruzar un piso más antes de llegar. Un corredor oscuro, tan silencioso, pintado de sombras hasta su último rincón. Negro absoluto. Callado como un cementerio, sin aroma a flores, pero con ese olor que percibió en la planta baja extendiéndose como una capa de niebla, tan presente que podía sentirse como el algodón de azúcar, pero sin dulce. Precavida, aún sin entrar en pánico, dio largos pasos para atravesar a la brevedad el corredor, giró a la izquierda para apoyar la bota que cubría su pie en la angostura de la grada y justo cuando la gravedad haría que su paso fuera firme, sintió como le jalaban por detrás, sujetándole de su mochila, arrastrándole hacia las sombras, fuera del campo visual normal. Sintió un brazo pegadizo, corrioso, transpirado, que le aprisionaba por el cuello, sintió como una mano nerviosa y huesuda le palpaba los bolsillos y por debajo de los senos, olía el aliento viciado que se esparcía al chocar con su nuca, resoplaba y aplicaba fuerza, esa fuerza que nace de la adrenalina, de la desesperación, de la abstinencia, de la urgencia por encontrar algo de valor. Quiso zafarse del vicioso, dándole un pisotón, jaloneándose, pero el brazo le hacía pinza en el cuello y no cesaba de apretar, quiso girar para quedar de frente al agresor, mas solo sintió como penetraba un agudo dolor en forma de cuchillo por uno de sus costados buscando hacer el mayor daño. Poco a poco se fueron apagando sus sentidos, el hedor se hizo tan irrespirable que supo que sería la única vez que lo olería, su vista percibía un leve resplandor proveniente de la escalera, su cuerpo dejaba de sentir al grado que ya no le incomodaba la posición en la que estaba en el inmundo piso, ya no sintió cuando el drogadicto le despojó de su mochila y de las pocas monedas en sus bolsillos. También le quitó las botas, sin embargo no pudo sentir nada al tocar con su piel el mugriento piso. Escuchaba una voz que decía su nombre de una forma extraña, como una oración popular en una reunión de señoras ojerosas con rosarios entre las avejentadas manos, no lograba entender del todo, pero su nombre era dicho a pausas. Dejó de sentir hasta que su alma se desprendió de su cuerpo.

La voz llegaba de cualquier lugar, pero no podía ubicar si de un hombre o de una mujer, provenía de todos lados, no tenía que girarse para encontrar el origen, la voz estaba dentro de su cabeza. Quiso entrecerrar los ojos para agudizar su oído, no pudo, las inflexiones le indicaban que le estaban haciendo una pregunta, al final pudo escuchar lo que la asexuada voz cuestionaba:

¿Usted vivía aquí? ¿Usted vivía aquí?

Después, la pregunta se hizo afirmación.

Apología

Originalmente publicado en Salto al reverso:

Veo cuánto silencio va en tu voz
y cómo se pinta de color tu sonrisa
la marcha acelerada de tu mente
Y tu fragante risa reventando en flores
Ubico la frontera entre un cielo y un infierno
que se delimita con tu boca
¿Qué es placer? ¿Qué es dolor?
Es tan intrínseco como un deseo
Escucho la melodía pegajosa que transpira tu piel
Disfruto el buen sabor que deja escuchar tus palabras
y la diferencia de grados en que vibran tus caricias
con la delicada percepción que brota en tu mirada¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?
Es tan irracional como un delirio

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Somniare

“Haz que parezca natural”  Se decía a sí mismo unos pasos antes de entrar por la puerta del salón de clases. Una vez más se había quedado dormido, soñando. El trayecto de casa al colegio le había servido para inventarse una nueva excusa para justificar su retardo. Quizás hubiera sido más fácil no asistir, pero por nada se perdería la clase de Historia: la profesora con esas poses intelectualoides, sonrisa angelical y esa química que habían establecido, no le dejaban alternativa. Carraspeó y puso su mejor cara de “soy una víctima más de la inseguridad en este país” antes de empujar la puerta.
—Pero si buenas noches, Yoltic ¿A qué debemos su generosa visita a esta clase? —dijo con todo el sarcasmo posible la profesora de Química— ¿Con qué historia nos va a hacer amenos los próximos minutos?
—Lo siento profesora, he llegado tarde porque hubo un intento frustrado de asalto en el transporte público esta mañana, dos sujetos fuertemente armados, abordaron el autobús en que viajaba, amagaron al conductor y a los pasajeros, pero antes de que pudieran despojarnos de nuestras pertenencias, un escuadrón de fuerzas especiales intervino y evitó que cometieran sus fechorías, logrando asegurar a los asaltantes y desarmarlos para someterlos y presentarlos en la procuraduría, acusados de portación de armas de uso exclusivo del ejército e intento de asalto con agrava…
—Vaya a su lugar Yoltic —dijo la profesora interrumpiendo con tono de no haberse tragado la narración de los hechos al puro estilo de algún periódico sensacionalista— Por favor, que sea la última vez que llega tarde a mi clase o lo suspenderé.
—Lo siento profesora, no volverá a pasar, lo prometo—dijo Yoltic con fingida sinceridad.
Dándole la espalda se dirigió a ocupar un pupitre, mientras luchaba porque la risa no lo delatara con una explosiva carcajada. Pasaron más clases y más profesores. Llegó por fin, la clase de Historia. Ana, quien impartía la clase, inundaba el salón con luz que desprendía su blanquísima blusa e intoxicaba el aire con la suavidad de su perfume. Yoltic la miraba ansioso esperando encontrar sus ojos. La profesora cargaba con varias carpetas que iba entregando conforme nombraba a los alumnos. Cuando llegó el turno a Yoltic, le dijo que debía esperar después de la clase, para comentar sobre el ensayo que le había devuelto. Yoltic se limito a sonreír. La clase se fue en un vehículo de baja velocidad, de esos que tienen luces amarillas para indicar que por más que se use la bocina, no podrán avanzar más rápido. El sonido de la chicharra terminó con el letargo. Los alumnos abandonaron el salón de clase en estampida, menos Yoltic.
—Hola ¿Cómo vas? —dijo Ana, sin apartar la vista de la pizarra—.
—Muy bien profesora, pero no he podido evitar bostezar con la clase de hoy, viene usted muy… como decirle, apagada, quizás —dijo Yoltic en tono serio—.
—Bien. Considero que esto ha ido más allá de los límites que tenemos establecidos. Eres un alumno, soy mayor que tú y por el bienestar de ambos, tenemos que olvidar lo que sucedió ayer.—Había un tono plano en la voz de ella—.
Yoltic le miraba interrogante, no creía seguir el hilo de lo que le acababa de decir Ana. El alumno abrió la boca para decir algo pero Ana se adelantó.
—No es posible. Solo olvídalo ¿Quieres?—Ana finalizó la conversación, atravesó la puerta y se alejó por el pasillo.
Yoltic se quedó mudo. Había pasado otra vez.
Se echó al hombro su mochila, desconcertado prefirió caminar en vez de usar el transporte. Necesitaba algo de tiempo, esta vez no era para inventar una historia, sino para reflexionar acerca de Ana. En la ruta que había decidido seguir para llegar a casa, pasaría por el parque del barrio. Pensó que sería buena idea sentarse unos momentos bajo la fresca sombra de los árboles. Sacudió las hojas secas de la banca, puso a un lado su mochila, aspiró el aire húmedo, se llenó los pulmones con el olor a tierra mojada. Se relajó. El canturreo de las aves se desvanecía poco a poco, a su mente acudían las fotos borrosas que le mostraba su abuela cada vez que la visitaba, uno a uno los recuerdos iban apareciendo, al principio fuera de foco, después con cálida nitidez. Ahí estaba Ana, frente a él sonriendo y jugueteando con la pajilla que flotaba a la deriva en un mar glacial de té. Tenía ese brillo en los ojos que en muchas clases había notado, cuando le miraba. Él la tomó de la mano justo en el momento en que el cafetín se sentía tan estrecho y poco ventilado como para contener eso tan grande y tan violento que estaban sintiendo cada uno en su cuerpo. La siguiente foto, ahí estaba Ana en plano contrapicado como se diría en el argot cinematográfico, su pelo ondulando en cada movimiento, los ojos entrecerrados, Yoltic enviciado con la sensación de su piel, yendo de extensiones llanas  a suaves y curvadas, a veces tropezando con deliciosos obstáculos. Yoltic despierta en su habitación, mira el reloj y se le ha hecho tarde para llegar al colegio, aumenta su urgencia porque la primera clase es Química.
La quietud del parque le ayudó a recordar aquellos momentos perdidos en su mente. Extraviado en el intrincado laberinto de sus pensamientos, miraba la ordenada fila de hormigas que acarreaban al hormiguero, pedacitos verdes de lo que después sería su alimento. Agobiado, se levantó de la banca y encaminó sus pasos a casa.
No le había pasado algo semejante desde que era niño. Aquel juguete electrónico que nunca quisieron comprarle sus padres. Se durmió llorando esa noche, deseando con ahínco el juguete. Soñó. Despertaba, se sentaba sobre la cama y al mirar en su habitación, “El Fabuloso Fred” estaba sobre la mesa donde hacia sus deberes escolares, pensó que al final sus padres habían cedido a obsequiarle el chiche. Cuando despertó, el aparato estaba tirado junto a su cama.  No había sido un sueño, era real.
Su madre lo había notado después de regresar de dejarlo en el colegio, lo miró un tanto enfadada, “Tendré que hablar con él, no puede complacer todos los caprichos, al menos debería respetar mi decisión y no actuar a mis espaldas ¡Carajo!”. Pensaba que el padre de Yoltic le había comprado el juguete sin avisarle.
Desde entonces no había tenido esos sueños lúcidos. Casi nunca recordaba sus sueños, pero había desarrollado esa habilidad de relajarse y recordar. Recordar.
Ana no volvió a hablar con él. En clase ya no buscaba su mirada, Yoltic sentía un hueco en alguna parte de su ser. Se había encariñado con su profesora, no de ese amor platónico, del otro, del amor presencial, sustancial, tan escaso. Por algunas semanas dejó de ser el chico ocurrente, su inventiva se quedó muda por algún tiempo. La clase de Historia ya no fue su favorita. En cambio se concentró en la materia de Química, al menos la profesora no le hacía ningún guiño y le resultaban interesantes las visitas al laboratorio. Molestaba a sus compañeras acercándose a ellas con un tubo de ensayo en la mano, dentro del tubo un líquido turbio y les decía “¿Quieren ayudarme a analizar mis muestras de orina?”. Estallaba en carcajadas, mientras sus compañeras se retiraban asqueadas y diciéndole improperios.
Yoltic era un solitario, tenía pocas amistades y en el colegio todos lo consideraban raro. A pesar de ello no perdía la actitud y siempre tenía una broma para cada uno de sus compañeros, aunque muchas veces su humor no era del agrado de todos.
A mitad del semestre, se integró a su clase de Historia una nueva compañera, se llamaba Malinalli. Cabello negro largo, ojos grandes, cara redonda, sonrisa tímida debido a los brackets, ni delgada ni robusta, estatura media, su tono de voz era un poco ronco, resonante, en resumen: era guapa la niña. Obviamente el primero que se acercó a ella fue Yoltic.
—Hola Malinalli —pronunció erróneamente el nombre de la chica—
—Hola, es náhuatl, se pronuncia como “L” —dijo ella con tono de resignación—
—Lo siento, no sabía, me llamo Yoltic
—¡Para tu desmadre!—decía Malinalli mirando alrededor— ¿Acaso quieres jugarme una novatada o algo así?—Estaba seria—
Yoltic estalló en risa. Mientras en ella el enojo se inflaba como un globo.
—De verdad, es mi nombre, es maya y significa “El que vive”—dijo Yoltic con una franca sonrisa en su cara que no dejaba duda—.
La chica lo miró desconfiada, el globo se desinflaba lentamente, como cuando se deja al sol.
—Vale. De acuerdo. Disculpa, pensé que me estabas gastando una broma. Mi nombre significa “Hierba para hacer cordeles”. Nunca había escuchado tu nombre, es original.
—También el tuyo. Me gusta. Te veré después, tengo clase de Filosofía, si sobrevivo al aburrimiento podemos vernos en una hora en la cafetería ¿Te late?
—Está bien, solo que no sé donde está
—Pasando la biblioteca, a tu lado izquierdo, verás unas mesitas, ahí te veo —dijo Yoltic alejándose hacía el corredor—
—Sí, en una hora—Esbozó media sonrisa y miró hacia ambos lados del pasillo, le tocaba clase de Matemáticas, pero no sabía en qué aula—.
El semestre casi llegaba a su final. La historia de Yoltic y Malinalli había estado compuesta por circunstancias tan espontaneas que derivaron en una particular relación. La cafetería del colegio se convirtió en su punto de encuentro, aunque algunas veces se presentaban situaciones y más de una ocasión coincidían Ana, Yoltic y Malinalli. Yoltic actuaba tan natural como Ana, indicio de que su amorío había quedado en el pasado. El presente era Malinalli y la amaba.
 Se aproximaba el verano acompañado de lluvia, cuando salieron de la función del cine, pinceladas de matices de gris cubrían casi por completo el celeste. Caminaron a pesar de la amenaza de precipitación, llegaron a casa de Malinalli, en el portal, ella tuvo que decirle.
—Yoltic, se acabó el semestre, mi padre, en su trabajo, lo han promovido a otro puesto en otra ciudad. Nos mudaremos.—dijo ella mordiéndose lo labios y evitando cruzar la mirada, él se quedó mirando unos momentos la mano de su chica, realmente no sabía que decir, era algo totalmente inesperado. Los truenos en el cielo advertían.
—¿A qué ciudad? Quizás podremos vernos los fines de semana ¿No crees?—dijo Yoltic, pero su tono de voz revelaba que no había posibilidad de ello. Malinalli lo miró y negó con la cabeza. El viento corría le despeinaba su larga cabellera, olía a tierra mojada, en la parte alta de la ciudad ya estaría lloviendo.
—Es una ciudad casi en la frontera sur. Abrirán una nueva sucursal y mi padre se hará cargo de ella. La oportunidad por la que ha luchado desde hace muchos años. Por eso debemos ir con él. Lo siento.—Ella estaba verdaderamente triste. Se apartaba mechones insistentes de la cara. El chico soltó su mano para ajustarse la chamarra, subió el zipper hasta el cuello. La lluvia era inminente.
—Adiós Mali, a donde sea que tengas que ir, cuídate mucho.
Y se fue.
La lluvia trazaba chorros casi a presión, Yoltic no pudo escuchar lo que dijo Malinalli, la fuerza de la lluvia se lo impidió. Caminó como autómata hasta casa, el ímpetu del viento le bamboleaba como a un cometa a nivel del suelo. El agua que caía del cielo no era tan fría como lo que estaba sintiendo. Cuando llegó a casa, apenas pasó la puerta, su madre desde el sofá se dio cuenta de que algo pasaba, él tenía la misma expresión en el rostro de cuando no le habían comprado el juguete. Conocía a su hijo, así que tendría que esperar a que las nubes se disiparan para averiguar lo que estaba pasando, no antes. Yoltic fue directamente a su dormitorio, se despojó de zapatos y chamarra. Mudo, tomó una toalla para secarse la cabeza, el llanto estalló con el mismo estrépito de un rayo, solo que amortiguado por la almohada, lloró, lloró por un rato. Mascullaba mientras el sentimiento fluía por todo su cuerpo, le dolía en algún lugar, pero no sabía donde. Su padre llamó a la puerta, pero solo obtuvo un “déjame en paz, quiero estar solo” por respuesta. Su madre, parada a un lado de él asintió la cabeza en gesto de “espera, quizás más tarde”. Se retiraron de la puerta. Adentro Yoltic seguía con el dolor, se repetía a sí mismo: “No quiero saber nada de nadie, solo quiero estar solo” una y otra vez hasta que se quedó dormido. Y soñó.
Lo primero que hizo al despertarse, fue deshacerse del pantalón húmedo que aún traía puesto, se cambió y salio de su habitación. No era muy tarde, aún había charcos que había dejado la tormenta veraniega. Algo le hizo regresar a la casa, revisó la salita de estar, la cocina y el garaje, pero no había nadie. Salió al frente de la casa y miro en ambos lados de la calle: estaba desierta cuando a esa hora de la mañana de sábado, siempre había chiquillos jugando a la pelota o en bicicletas o saltando la comba. Pero esa mañana de sábado no. Subió a su recámara corriendo, tomó el móvil y marcó el número de Malinalli, “Lo sentimos el número que usted marcó no existe, favor de verificar”, la misma respuesta obtuvo cuando marcó el de su madre, el de su padre, incluso el de Ana.
—¡Qué diablos!
Desconcertado, se sentó al pie de la escalera, respiró profundo, cerró los ojos, se relajó y recordó a detalle todo lo que había soñado.

He

He pasado por una puerta que no lleva a ningún lugar
me he sentido tan  cansado como la palabra tanto
irrespirable como el aire viciado
Tan desdibujado como un anuncio de cartel
desordenado, inmóvil, pausado

He bebido tanta agua que ya no sé si tengo sed
me he inventado mil historias para no creer
aburrido como una hoja en blanco
Tan acostumbrado a no perder la fe
hastiado, ahogado, flotando

He repetido tu nombre hasta olvidarlo
me he despojado de todo lo que has significado
terminal como una rara enfermedad
Tan obstinado como un viejo alquimista
expectante, tranquilo, optimista

Infernal

       Infernal

        Di vuelta en la esquina. Recibí de frente el ámbar de los rayos solares de aquel atardecer de viernes. El tránsito vehicular estaba a tope, era una calurosa tarde, los conductores regresaban sudorosos a casa dispuestos a disfrutar del anhelado descanso de fin de semana. ¿Era la camisa la que absorbía el sudor del torso o era la piel que intentaba succionar la tela de la prenda? No quise mirar por encima del hombro, por la misma razón que cuando era niño me cubría con la sábana la cabeza cuando sentía miedo. Absurdo y tonto. Deseaba estar en ese momento en la piscina de Poncho, bebiendo cerveza, hablando de chicas que nunca se fijarían en nosotros y de drogas, pero estaba a diez calles de donde Poncho, intentando evadir a mi perseguidor. Lo vi cuando estaba recibiendo la plata a través de la ventanilla de la casa de empeño. Cristales polarizados y rejas de hierro. Miré el reflejo, disimulaba que no estaba ahí por mi, pero yo tenía la certeza de que estaba esperando a que me diera vuelta y lo encarara. Frente a frente, sosteniendo su mirada. No caí en su juego y con toda la naturalidad me guardé los billetes que me dieron por una pulsera de oro que robamos de la hermana de Poncho, Valería. Si no fuera la hermana de mi mejor amigo, seguro me la tiraba, pero respetaba a Poncho era un gran tipo. Inflado como una ámpula sentía el bolsillo trasero de mi bluyín. Por un momento me olvidé de para cuántas dosis me alcanzaba la pasta que llevaba encima. Estaba más… debo decirlo, más preocupado por el tipo que me seguía los pasos. Crucé la avenida so pretexto de mirar de un lado a otro, hábilmente se salió de mi campo visual, pero podía sentir que estaba por ahí fingiendo mirar los aparadores o leyendo los encabezados en el kiosko de las revistas. Un par de calles más y llegaría al lugar del Topo; se ganó el nombre porque nunca nadie lo había visto a la luz, siempre estaba protegiéndose en el anonimato de la oscuridad de su local. Cambiaría la pasta por una morbosa cantidad de dosis para colocarnos Poncho y yo, a expensas de la buena de Valeria. Que par de tetas. Quizás mientras hacía la transacción comercial, el tipo se perdería y me dejaría en paz. No descartaba que me quisiera asaltar, daba los mismo que me quitara la marmaja o la droga, no iba a permitir ninguna de las dos opciones, así que apenas saliendo del local del Topo, navaja en mano, esperaría al maldito. El Topo me despacho en un santiamén, como era su estilo. Salí con la bolsa negra metida en los huevos y en mano el fierro dispuesto para hundirlo unas cuantas veces en las costillas del cabrón. El andador estaba desierto puesto que aquél no era un lugar popular para los transeúntes. No vi a mi amigo por ningún lado, repasé cada resquicio de la calle esperando algún movimiento que le delatara, pero ni una mosca aleteaba por ahí. Volví al bullicio de la avenida principal; por mucho que me estuvieran pisando los talones no me atrevería a sortear los andadores y pasillos del mugroso barrio. Aparenté estar más tranquilo y apresuré el paso, pronto oscurecería y es peligroso ir a pie en los barrios aledaños al centro de la ciudad. Es más peligroso que cualquier cosa. Invitaré a Valeria al cine, solo arrumacos, así no arruinaré mi amistad con Poncho. ¿Y si se deja tocar las tetas…? Ahí está ese hijo de puta ¡cabrón! Lo alcancé a ver girando en sus talones para despistarme. Gran sorpresa se va a llevar cuando sienta la hoja de mi italiana hundirse hasta la cacha. ¡Ya está! En el callejón de la farmacia, ahí lo voy a topar. Me fui en banda al intentar apuñalarlo, fue como si hubiese intentado rebanar el aire, era como gas espeso, ni siquiera sentí el roce de su chamarra, intenté mirar sus ojos para hacerle saber que lo iba a joder, sus cuencas estaban vacías, tan vacías que no veía su fondo. Se movía con el aire, no era más alto que yo pero tampoco pude ver o escuchar sus pisadas, su rostro era una careta fantasmagórica, era humo con un semblante diabólico, se me erizaron los pelos de la nuca mientras blandía la navaja intentando hacerle daño. Se crispó en una figura demoniaca y me envolvió en su hediondo aliento después de soltar aquel rugido infernal.

 Entonces, fue cuando cerré los ojos. No quise ver como iba a morir.

Gracias

Debo agradecer a todas las personas que amablemente regalaron a este blog un poco de su tiempo para leer estas palabras comunes; a los blogueros que nominaron este blog al Liebster Award; a todos los que siguen ahí y generosamente comparten sus comentarios. Mucho éxito para todos, salud, alegría y sobre todo amor.

Menciones especiales para

La Realidad Alterna

Iraultza Askerria

Entre Castillo y Castroviejo

En Algún Lugar de Mi Alma

Todos los días aprendo mucho de ustedes chicos. Muchas Gracias.

¡Muchas Gracias a Todos!

Feliz Año 2014

Invasión

     Despertó de una siesta vespertina, un intenso estruendo en el cielo lo trajo de su ligero sueño, corrió a la ventana con la idea de cerrarla pues no tardaría en manifestarse una fuerte lluvia. Su sorpresa se desvaneció, pues el cielo estaba tan despejado a esa hora de la tarde, que podía ver sin mayor esfuerzo las pistas de aterrizaje del aeropuerto desde su departamento en el quinceavo piso. Atrajo su atención el sobrecargado tráfico aéreo, pero únicamente veía el despegar de los aviones en todas direcciones al igual que las palomas de la plaza de armas alzando el vuelo asustadas por un vivaz chiquillo. ¿A dónde va toda esa gente? retumbó el cielo una vez más, por la terraza vería mejor que era lo que estaba pasando, se asomó y con pavor vio cómo dos enormes burbujas semitransparentes en un haz de luz naranja, se alineaban con las calles y rodaban por ellas. Había mucha estática en el aire, quiso llamar por celular a la policía, pero no fue posible por la interferencia. Bajó por el elevador hasta el estacionamiento, desconcertado se preguntaba a donde iría, que rumbo debería tomar, cuando alcanzó la calle principal, un contingente de gente que corría huyendo de algo le impidió continuar en auto.
—¿Qué está pasando? —Le preguntó a una joven que pasaba a su lado con una mochila en la espalda—
—¡Nos están invadiendo! ¡Están matando a todas las personas! ¡No son amigables como pensábamos!
     Él se quedó inmóvil en la acera, nunca había creído la patraña de los extraterrestres, pero lo que acababa de ver era sumamente perturbador. La gente corría en sentido contrario de como se habían movido las esferas, niños, mujeres, hombres, jóvenes y viejos intentaban salvar sus vidas. El pánico se apoderó de su ser totalmente, parado ahí su mente descartaba rápidamente razones para seguir viviendo; pareciera que el sentido de supervivencia se había dado por vencido sin luchar. Casi tenía ganas de echar a llorar, como cuando en el colegio el bravucón del grupo le había propinado un certero golpe en la nariz y le hizo sangrar, sintió tanto miedo de ver su propia sangre en sus dedos que no pudo reprimir el llanto y lloró mientras los demás compañeros le veían y reían a carcajadas. Después, su padre reprendiéndole por no reaccionar como un hombrecito, recordó como le había dicho aquello de “ser un marica”. Se preguntaba qué sería lo que harían los invasores con ellos. No quería saber, ni por morbo. El terror se empezó a manifestar en forma de temblores y escalofríos. No escuchaba nada, pero la gente seguía corriendo y únicamente contemplaba la huida, ahí parado como un tonto. En un arrebato de decisión, corrió a su auto, en el interior no se sintió más seguro, se inclinó para buscar en la guantera y encontró un revolver calibre .38, se armó de valor usando el odio al bravucón y a su padre después de que le llamó “marica”, ya no lo sería, demostraría que no lo era y nunca lo había sido. 
     El disparo sonó, pero nadie puso atención. El tumulto de gente dejó de pasar de súbito y la voz en un megáfono se escucho crujiente y metalizada
—¡Corte! —Dijo la voz alargando la o.—A continuación una tanda de aplausos y gestos de aprobación.
—Señores, acaban de presenciar la secuencia de evacuación desesperada jamás filmada en tiempo real. Arrasarémos con los premios este año.—Más aplausos.—
—¡Muevan ese auto! —Dijo el asistente de dirección y se dio la vuelta, sonreía a los productores, con esa sonrisa de relaciones públicas, ellos miraban fascinados, convencidos y complacidos con toda la labor de filmación.

Atemporal

Paró el reloj el día en que te fuiste
Mudas aún, guardan respeto las manillas
Y un alud cuesta abajo en las mejillas
Necio el recuerdo al pensar insiste

La perfecta circunferencia tan eterna
Ilumina breve el empiezo del camino
Corazón tan duro reniega su destino
Monótona canción sin estribillo

Inmóvil, dudando si comienza o termina
Indeciso si se detiene o camina
Sin opción a desandar lo andado
Resignado imposible a rehacer el pasado

¿Qué es lo que convierte una vida en triste?
La adolescencia que desvela no se extingue
Imborrable y necia idea que imbuiste
Y paró el reloj el mismo día en que te fuiste.

Mascota

Radio Flyer

Radio Flyer

Habría que ver como se divertía el grupo niños en el área verde común de aquel vecindario. Corrían, saltaban, gritaban y eran correteados por un cachorro labrador que no era menor en ímpetu en aquel momento de juego, también correteaba y daba giros sobre sí mismo, ladraba y saltaba siendo partícipe en todo momento de la pandilla de chiquillos.

 —¡Terry, no! —Gritó uno de los chicos cuando el cachorro salió disparado hacia la calle principal colándose por entre los barrotes de la cerca metálica.—

 El sonido característico del hule vulcanizado derrapando en el asfalto anticipaba el desenlace, como presagio en un grito. Una de las ruedas pasaba sobre el cuerpo de Terry quien solo alcanzó a soltar un aullido como movimiento final a su corta y juguetona vida perruna. De inmediato los demás chiquillos se agruparon alrededor de la plateada camioneta de la señora López, mirando con curiosidad o quizás con morbo, el cuerpo sin vida de su excompañero de juegos.

 —¡Dios mío, menudo susto me ha dado ese perro, por un momento creí…! —Decía con cierto alivio en el corazón la señora López—

—Le ha matado, he visto como pasó la llanta sobre Terry ¡Le ha matado! —Diego se arrodillaba soltando las primeras lagrimas de sincero llanto, mientras los otros niños le miraban entristecidos. Diego, lloraba entre hipos, mientras acariciaba el cuerpo aún tibio de su mascota.

—¿Ahora que haré sin mi perrito? —Interrogaba con el rostro inundado de llanto a la descuidada conductora.

—Lo lamento chico, el perro salió de repente, frené, pero no fue a tiempo.—Le acarició la cabeza con la mano, como si con eso bastara para consolar al tristísimo niño.—¡Apártense chicos, me tengo que ir, ya he perdido suficiente tiempo! —Se subió a la camioneta, bajo el cristal polarizado y le dijo a Diego:

—Ya tendrás otra mascota, mejor consigue un pez o una tortuga, tienen menos riesgo de morir y…

—¡No! ¡Quiero a mi cachorro! ¡Quiero a Terry! —Casi le gritaba Diego

—Niño, no seas necio, ya está muerto

—¡Usted tiene que pagar por esto! —Ahora estaba enfurecido y casi fuera de sí—

—¿En serio? ¡No me digas! ¡Al diablo niño! ¡No te voy a pagar nada!, Ahora fuera de mi camino, no vaya a ser que alguno de ustedes le haga compañía al mugroso perro. Sin otra cosa que agregar, cerró la portezuela de la camioneta, encendió el motor y condujo calle abajo.

 Del otro lado de la calle una chica acariciaba a su atigrado gato, quien fuera el motivo que obligara a Terry echara a correr para alcanzarlo. La nena miró a Diego, sonrisas y miradas de complicidad de una esquina a otra. Diego llamó a Jorge quien acudió con un carrito de arrastre del tipo Radio Flyer en donde colocaron el cadáver del canino.

 —Lo enterraremos en el bosque, era un gran perro…Lástima. —Dijo diego al fin resignado.

 La banda de infantes que no superaban los once años de edad, caminaban en fila, aparentaban un inocente pesar por el fatal acontecimiento. Jorge y Diego se turnaban para jalar el carrito. Al rededor de media hora de caminata que los hizo internarse en el bosque, llegaron al lugar donde enterrarían al cachorro, ahí había otras mascotas enterradas, por casualidad en todas las tumbas había un letrero que con caligrafía de infante se podía leer “Terry”. Cavaron la reducida tumba en el suelo fofo del bosque con una palilla de jardinería. Al finalizar, Diego dirigió unas palabras al perro:

 —Fuiste bueno, pero tu muerte no sirvió de nada. Adiós Terry. —Se escucharon varios adioses solemnes que se confundieron con el ruido de pisadas en la hojarasca.

 Caminaron en dirección oriente, fuera del camino de regreso. Atrás de unos matorrales de hiedra silvestre se abría un pequeño prado al pie de un gran roble.

 —Ve por la caja.—Ordenó Diego a Eduardo que corrió solicito a buscar una pequeña caja de plástico de tupper ware escondida hábilmente entre unos troncos—

 Rodeando el roble de grueso árbol, atado y amordazado a unas raíces que sobresalían del suelo, estaba Sebastián. Hicieron un círculo alrededor de él, Diego se adelantó algunos pasos.

 —Te dije que no resultaría. Murió Terry. La señora López no quiso darme dinero por haber atropellado al cachorro—Mientras Diego hablaba, Eduardo pasaba con cada uno de los chicos, metían la mano a la caja y sacaban un cutter de diferente color, como un ejercito de grillos, se escuchaba como jugaban con la navaja retráctil de la herramienta, ocultándola y mostrándola—

 —¡No! ¡Ve con ella y dile lo que pasará si no te da el dinero! ¡Diego dile a mi mamá!

 —Es muy necia y grosera. Es como tú. Ya no habrá trato, tú pagarás por Terry.

 Empujó el botón de seguridad del cutter y de un tajo rebanó en forma diagonal la cara de Sebastián López. Después, cada miembro de la agrupación hizo lo mismo, uno a la vez, desgarraban con espantoso sadismo la piel del chiquillo atado, en carne viva. Lo hicieron tantas veces hasta que fue dejando de gritar Sebastian, al final, cuando ya solo se escuchaban sonidos lastimeros del cuerpecito hecho girones, iban limpiando la navaja y dejándola en la caja de plástico. Tendrían que repetir el castigo cada vez que alguno de los padres del niño plagiado se negara a pagar el daño hecho a la mascota de Diego. Se retiraron antes de que oscureciera, antes de que sus madres les llamaran para regresar al interior de casa para la merienda.

 —Pediré a mis padres un nuevo cachorro —Decía absorto Diego— Lo llamaré Terry. Sí.

 Eduardo y Jorge secundaban a Diego en el camino de regreso, alternándose para jalar el carrito, lo miraban con respeto, con emoción, con esa auténtica admiración que solo siente un fan por su héroe.

Fuego muerto

Fuego muerto

Fuego Muerto

“Llegará sin embargo el día del Señor, como un ladrón. Entonces los cielos se disolverán con gran ruido. Los elementos se derretirán por el fuego y la tierra con todo lo que encierra, quedará consumida” —2 Pedro 3:10

Sentada bajo la fría y blanquecina luz de una concurrida oficina, ataviada con un vestido sencillo de finas rayas grises en fondo blanco, relataba una vez más lo sucedido hacía apenas unas horas, a la agente que tomaba la declaración de los hechos, en una maltratada máquina de escribir, de esas tan antiguas, que solo se pueden ver en las dependencias de gobierno. La hinchazón en el ojo y el labio inferior roto en dos lugares, restaban un poco de atractivo a Isabela, que iba arreglada como para acudir a una cita en un lugar al aire libre. Le costaba trabajo articular algunas palabras, le punzaban los cortes en los labios. Pero más que los golpes, le dolía el alma, le dolía ese lugar, ahí dónde se guardan las mejores cosas, en espera a que llegue la persona indicada. En un principio creyó que Santiago era esa persona.

—Por último ¿Me puede decir un número telefónico para localizarla en caso de tener noticias de  su esposo ? —Isabela dictó el número en 2 ocasiones porque la señorita se equivocó al mecanografíarlo —Gracias, es todo. Se puede retirar. —La agente le alcanzó una copia del acta circunstanciada. Tomó una carpeta color beige, introdujo los originales y la colocó sobré una pila donde se iban acumulando muchas más.

Isabela acudió al ministerio público a levantar el acta solo por presión y recomendación de la familia de Santiago. Estaba cansada. Le dolía todo el cuerpo. Regresó a su departamento casi arrastrando los pies, al abrir la puerta, un fuerte olor a cerveza le taladró las fosas nasales y le provocó nausea, además de todo el polvillo adherido a algunos muebles y esparcido por el piso. Abrió las ventanas para ventilar las habitaciones. Se miró en la luna del dormitorio, vio con detenimiento un semblante maltratado, insultado, vejado, humillado, un rostro que no era definitivamente el de ella, una cara rota que ahora parecía máscara maltrecha.  Intentó disimular, convencerse de que lo que veía era un afiche de una mala película, pero no pudo contener toda esa rabia, se tiró en la cama deshecha y lloró por largo rato, golpeó las almohadas hasta que se cansó.

— Me entrego a ti hoy, para compartir mi vida contigo. Puedes confiar en mi amor porque es real y sincero. Prometo ser un esposo fiel, compartir y apoyarte en tus esperanzas, sueños y metas. Mi voto estará contigo para siempre. Cuando caigas, te levantaré, cuando llores te confortaré, cuando rías compartiré contigo tu alegría y cuando algo no me complazca, ¡te golpearé hasta que aprendas la lección!

Despertó con sobresalto. Jaló aire conteniéndolo, en espera de percibir aquel puño cortando el aire y chocándose en su cuerpo, una y otra vez en su cara. Abrió los ojos cuando ya no escuchó más que el zumbido del motor del frigorífico. No hubo gritos ni insultos. Ahora estaba sola en el departamento. Sola. Dejó que su mente y su cuerpo se relajaran sin prisa. No había otra cosa que hacer por el momento, el tiempo se encargaría de aliviar las heridas más hondas, para las superficiales bastaba con maquillaje y actitud. Se arrellanó en la cama, cubrió sus piernas con un pequeño cobertor y durmió hasta el otro día, sin sustos ni pesadillas, ya no.
El sol entraba por la ventana furiosamente como si fuese un potente reflector, iluminaba cada rincón del departamento, Isabela, con una taza de café en mano, evaluaba una vez más la limpieza profunda de las habitaciones, había muchos envases de cerveza a donde volteara a ver, pero lo más apremiante era deshacerse del polvo aceitoso que se aferraba a los muebles y al piso, parecía una mezcla poco homogénea de ceniza de cigarro y manteca. Juntó cada una de las botellas de cerveza en una bolsa de plástico negro, recuperaría algo de dinero al devolverlos al depósito situado calle abajo. Buscó un limpiador con aroma cítrico y fue lavando en forma meticulosa cada lugar en donde había aquella ceniza. Se topó con un pequeño frasco de comprimidos color ámbar con una etiqueta adherida que con caligrafía tosca decía Bicloruro de Mercurio. Reconoció la letra de Wen, su amiga de la universidad, ahora homeópata, ella le había hecho llegar aquellos comprimidos.
—¡Dame otra cerveza! ¡¿Qué no has visto qué me he quedado seco?! —Vociferaba Santiago, intimidando a Isabela—
—Santi, por favor ya no bebas más…
—¡Cállate! ¡Tú no tienes qué decirme que hacer o no hacer! ¿Qué estás creyendo? ¡Dame otra cerveza!
Cabizbaja, caminó hasta la nevera y sacó una botella más. Giró la tapa y por un momento dudó. Sacó el frasquito de bicloruro de su bolsillo y vació apresurada, cuantos comprimidos le dio tiempo en la cerveza, de inmediato se disolvieron, dio vuelta a donde estaba Santiago, le entregó la botella. Él se acomodó en el sofá, puso a un lado el mando del televisor y se llevó a los labios la boquilla para ingerir de un trago casi la mitad del contenido. Isabela lo miraba.
-¿Qué me ves pendeja? ¿Qué tanto miras? ¿Qué no puedo disfrutar mi cerveza tranquilamente?—Isabela no tuvo tiempo para moverse del lugar donde estaba parada, así que la bofetada le dio de lleno en el rostro, haciéndole estallar en rojo el labio inferior.
—¡Lárgate de aquí y déjame en paz! —Le daba empellones hacía la recámara, Isabela tropezó con su mismo pie, estrelló su cara en el filo de la puerta del dormitorio que estaba a medio cerrar, primero un fundido en blanco, después, en pocos momentos su visión se veía fuertemente afectada por la hinchazón de la ceja. Santiago ni siquiera se había dado cuenta de cuan maltratada estaba la fina cara de ella, pateó la puerta y regresó al sofá a seguir bebiendo y mirando nada en el televisor.
—Isa, lo único que debes hacer es ir al ministerio de lo familiar y denunciar todo por lo que te ha hecho pasar ese hijo de puta, somos amigas, yo te apoyaré en todo lo que sea necesario, lo encarcelarán y pagará por todo lo que te ha hecho.—Le decía Wen, honestamente consternada—
— Wen, amiga, tengo tanto miedo, no podré hacerlo, estoy aterrorizada. Él nunca me dejará en paz.
—Está bien. Haremos esto juntas, todo este asunto requiere de una solución drástica, no te abandonaré. Te daré unos comprimidos que deberás suministrarle de alguna manera, no lo notará, la sustancia es insípida y se puede mezclar con cualquier bebida o alimento.
—¡Wen, eso es asesinato! yo nunca podría…
—¡Escúchame! ¡Ten calma por Dios! Lo que le daremos, hará que tenga algunas reacciones propias de alguna enfermedad, el es un maldito alcohólico y tiene un elevado porcentaje de riesgo de adquirir muchos males. En el mejor de los casos, no soportará la dosis y morirá, eludiremos la autopsia alegando su adicción. En caso de que hubiera alguna, en este país tan corrupto se pasan muchas cosas por alto.
Isabela se quedó callada por un largo rato, sí que estaba aterrorizada por aquel hombre, pero dudaba de sí misma, no se creía capaz de cometer algo semejante. Wen la miraba decidida, sabía que la apoyaría hasta el final con todas sus consecuencias.
—Está bien, lo haremos—Dijo Isabela con tanta frialdad, que Wen se quedó muda contemplando un fuego que ardía silencioso en las pupilas de su amiga.—
—Vamos, te prepararé los comprimidos. Le patearemos el culo a ese imbécil.
La homeópata le entregó el pequeño frasco ámbar, Isabela lo estrechó sabiendo que en el interior estaba una nueva oportunidad, una liberación no solo física y mental, si no también la válvula de escape de su atormentada alma.
No pudo incorporarse para llegar a la cama, como pudo se arrastró, sollozando en lo bajo para no dar otro motivo para que Santiago la siguiera golpeando. ¿Cuánto tardaría en hacer efecto el mercurius? Quizá hubiese resultado más fácil que ella lo ingiriera y así poner fin a esta malograda historia. Cientos de pensamientos desfilaban por su mente y las lágrimas no dejaban de resbalar por sus pálidas mejillas. No podía encerrarse en el dormitorio porque Santiago patearía la puerta hasta tirarla y después haría lo propio con ella. Se recargó en una de las paredes en un ángulo que le permitiría ver los movimientos del maldito a través del reflejo en el espejo. Evitó ver su propia cara, sabía que estaba tan nefasta como la sentía, si así estaba la fachada, el interior estaba peor.
Santiago se sintió invadido por una terrible sed, se levantó y sacó de la nevera una cerveza más, la bebió conteniendo la respiración, azotó la puerta del congelador y maldijo. Tomó un par de botellas más y regresó al sofá, echó una mirada fugaz al dormitorio, se conformó con ver que la puerta estaba abierta, dijo algo para sí y sintió la lengua entumida. Destapó con su mano una de las cervezas, la otra la dejó sobre la mesita de centro, se llevó la mano a la oreja izquierda, estaba sintiendo una punzada, introdujo la yema de su dedo índice, lo sacó con restos de un líquido verdoso semejante al pus. Haciendo caso omiso, se limpió sobre el bluyín y dio un trago más largo. Un sudor frío comenzó a cubrirle la frente, de la nada sentía escalofríos y una clase de dolor por encima de los huesos, tiritaba y sudaba. Se pasó una mano por la cara, en un movimiento natural, se tocó la cabeza y vio como algunos mechones de pelo se quedaban entre sus dedos, le ardía la cara, abría los ojos debido a la presión que estaba experimentando, como si se los empujaran desde dentro. Isabela, se levantó por fin del piso, solo salió del cuarto cuando vio a Santiago convulsionarse, tenía la cara desfigurada, de un rojo intenso, horrorizada miró como se mordía los labios al mismo tiempo que se le desprendían los dientes de las encías. Sus pies se arquearon de tal forma que reventaron las costuras de las botas industriales.
—¡Ay Dios mío! —Soltó en un suspiro Isabela. Aunque la escena era terrorífica no podía apartar la vista.
Santiago intentaba decir algo, pero solo emitía un sonido gutural desgarrador, como si estuviesen rellenando con vidrio su laringe, continuaba debatiéndose en agonía en el sofá, miraba a Isabela con ojos inundados de sangre, desencajados casi de su cuenca, sus dedos se crispaban en espasmos de dolor provenientes de cada centímetro de su cuerpo, su lengua flácida colgaba de forma obscena fuera de su boca. Isabela conmovida por aquella estampa, intentó acercase y tocarlo pero se contuvo cuando vio úlceras en la piel del brazo, iban apareciendo en forma gradual como caprichosos movimientos de lombrices de tierra, rápidamente su cuerpo se llenó de pústulas fétidas. Retrocedió de un salto cuando un sonido semejante a una ignición se dejaba escuchar, iba de menos a más. Una flama gris como de un soplete de soldadura autógena, apareció súbitamente en uno de sus pies y gradualmente al mismo ritmo que crecía en volumen, también se esparcía por todo su cuerpo. Isabela lo miró a los ojos, pero en la mirada de Santiago no se percibía ni siquiera una mínima intención de pedir perdón.
—Yo no te perdono—Dijo Isabela llanamente, sin ninguna emoción.
El cuerpo desapareció en unos instantes, consumido por aquel extraño fuego, no quedó más que un montoncillo de corpúsculos mantecosos. Y un montón de malos recuerdos.
El departamento estaba reluciente tanto por la luz del sol como por la limpieza profunda que había hecho Isabela. Guardó los implementos de limpieza en el armario de la cocinita. Echó un vistazo de 360 grados para asegurarse de que ya no había una mínima señal o evidencia de Santiago. Todo se veía con un nuevo color. Tomo el móvil y marcó el número de Wen.
—Wen, necesitamos hablar.—Se sentía tan libre para poder salir que no podía ocultar la emoción en su voz.—
—Claro que sí amiga, tenemos mucho de que hablar.—Era el momento de apoyar a su amiga de toda la vida, lo sabía.—
—Te veo en el café de siempre en una hora.—Le dijo en tono casual Isabela, pero para nada desconcertó a Wen al otro lado de la línea.—
Al arreglarse para salir, Isabela no podría ocultar las heridas en su labio, le harían sonreír un poco chueco, pero consideró llevar unas gafas para que nadie notara en su mirada aquel fuego muerto.

Papá

    

Té

Esperaba a que llegará por la noche después de trabajar. Siempre aguardaba detrás de la puerta para darle una sorpresa justo cuando entrara a la casa. Recuerdo cómo me elevaba con sus fuertes brazos y su cara se iluminaba con esa sonrisa de anticipada complicidad porque ya sabía que lo recibiría de esa manera y me devolvía la sorpresa cuando sacaba de su bolsillo un caramelo, una paleta, un yoyo o un trompo de colores.

Le daba un gran beso a mi madre y le preguntaba acerca de la cena. Invariablemente pedía su té de canela sin azúcar, que bebía distraidamente mientras miraba el televisor. Yo miraba sus grandes manos llenas de callos, sus fuertes brazos marcados por los músculos que solo aquellos que hacen un trabajo físico pueden tener.

Después de la cena, era hora de ir a la cama, de recibir la caricia que alborotaba el pelo, de que me arropara y apagara la luz. Por la mañana lo despedía con un beso, colgándome de su cuello, sintiendo como me raspaba su barba y mi nariz se impregnaba con aquel olor tan familiar a Old Spice. Lo recuerdo así, sonriente, decidido, protector, amigo, cómplice, mi súper héroe.

Una noche de octubre, mientras esperaba detrás de la puerta, atento a escuchar el motor de su camioneta, con las ansias de saber con que me sorprendería esa noche, no me daba cuenta que se había demorado más que de costumbre, mi madre nerviosa, cambiaba de posición en su sillón favorito, se asomaba una y otra vez por la ventana para mirar si ya iba llegando. No supe cuando me venció el sueño, lo que sí supe fue que mi papá no me llevó a la cama y por la mañana mi madre, quien no había dormido ni un minuto, tenía el rostro maquillado con lágrimas y la cabeza peinada de incertidumbre.

Difícilmente a esa edad podría haber comprendido qué fue lo que ocurrió con mi padre.

Mi madre me respondía que no llegaría, que ya en ningún momento entraría por aquella puerta porque se había ido de viaje. Yo miraba sus ojos cansados de tristeza y veía algo muy distinto a lo que me decía. Los días pasaban y las cosas en casa cambiaban: mi madre tenía que ausentarse algunas horas por la tarde mientras una vecina cuidaba de mi. “Falta el dinero hijo” decía mi madre cuando le preguntaba a dónde iba por las tardes. Y no sólo era el dinero, era también la compañía de mi papá. Años más tarde caí en la cuenta de la enorme soledad que tuvo que soportar mi madre. Fueron muchos años difíciles, años de carencias económicas, de crecer sin un apoyo, de de ver cómo los vecinos murmuraban, de no festejar el día del padre cada año, de no verlo entraar por la puerta cada noche después del trabajo.

Fue difícil para mí crecer sin su consejo, sin su orientación, sin su liderazgo, qué difícil para mi madre partirse en dos, educarme por ratos y buscar el sustento, regresar a casa a continuar con sus quehaceres.

Mi papá se fue. Mientras crecía me enteraba en la misma proporción cuanta falta me hizo. Me imaginaba cuántas charlas hubiésemos tenido, cuántos juegos hubiésemos jugado, cuántas cosas me pudo haber enseñado y compartido, cuántas veces me hubiese escuchado decirle “Papá te amo”.

Ahora lo digo, pero sólo para mí. Lo hago mientras tomo distraídamente una taza de té de canela sin azúcar y miro el televisor.

Esa hambre

Patos comunes de un lago artificial

I

Sentada a la orilla del lago artificial de aquel parque, contemplaba a un grupo de patos que sobrenadaban las verdes aguas. Absorta, arrojaba palomitas de maíz que una a una iban desapareciendo entre los picos redondeados de las aves. De vez en cuando se enderezaba un poco para sortear las sorpresivas irrigaciones  provocadas por el chapoteo de los palmípedos. La tarde se antojaba un tanto nostálgica quizás debido al cielo nublado. Oscurecería pronto.

No terminaba de levantarse para buscar en donde depositar la bolsa vacía de rosetas, cuando escuchó que un joven le decía:

— ¿Señorita sabe usted qué está prohibido alimentar a los patos?

Ella se giró para ver quién le amonestaba, esperando encontrarse con uno de los deslustrados guardias del lugar. Cuando vio el rostro del chico, trató de sonreír pero el semblante serio y solemne le desconcertó y no supo que hacer ni que decir.

El chico contenía la risa haciendo muecas. Ella lo veía extrañada, pero entretenida. Mientras, analizaba minuciosamente toda su anatomía: alto, robusto, bien parecido, parecía un buen partido a primera vista. Sonrisa franca. No vio ningún uniforme ni gafete de identificación, pero sí la guitarra que llevaba colgada a la espalda. Sonrío usando la más coqueta de sus sonrisas; mostraba unos dientes perfectamente alineados y brillantes, típicos de anuncio televisivo de dentífrico. Decidió seguir la broma.

—No veo ningún aviso de advertencia, señor ¿oficial? O qué es usted ¿perdone? —El tono pícaro acompañado de su radiante sonrisa, terminó por desarmar al chico—.

—Mi nombre es Eric, no soy oficial ni guardia —Estiraba su mano para saludar a la chica. La sonrisa afable inspiraba confianza.

Ella dejó que estrechara su mano y sintió esa descarga que la química entre dos personas ocasiona de manera impensada. —Estudio música y soy la próxima estrella de la escena musical mundial.

—Hola, soy Vera, alimento patos de manera clandestina.

—Si, te he observado muchas tardes tirándoles comida.

—O sea que sí me vigilas aunque no seas un oficial.

—Vengo aquí porque es tranquilo el lugar y encuentro inspiración para mis canciones.

—He venido desde hace mucho tiempo; creo que ya me he leído toda la biblioteca y nunca te había visto.

—No miras a nadie nunca, sólo alimentas a los patos. ¿En qué piensas mientras lo haces?

—Siempre están ávidos. —Su rostro se ensombreció por un instante—.

—Sí te creo, son insaciables, vayamos a la cafetería por algo para beber ¿Te apetece?

—Me encantaría pero esta oscureciendo y tengo que ir a casa, es al otro lado de la ciudad, me espera un largo viaje.

—Será en otra ocasión. ¿Te queda bien el miércoles?

— ¿Por qué no me acompañas y platicamos en el camino? ¿Tienes auto?

—Lo siento, no tengo, pero sí te acompaño. —Respondió Eric mientras se acomodaba la guitarra en la espalda, de ninguna manera podría dejar pasar esa oportunidad. —

Caminaron sonriéndose mutuamente, ella lo tomó del brazo—un brazo fuerte, marcado por el ejercicio, musculoso— mientras enfilaban al paradero de autobuses. Cualquiera que los mirara diría que hacían una linda pareja. Caminaban como si se conociesen de toda la vida.

Como todo un caballero, la dejó al pie de la escalinata en la entrada al edificio de departamentos, ella con sonrisa de complicidad señalaba con su dedo índice el pequeño botón del timbre en el que a un lado se podía leer simplemente Vera escrito a mano. El asintió. Emocionado la miró a los ojos correspondiéndole la insinuación.

—Pero no hoy. —Puso fin a las intenciones que pretendían alzar el vuelo—.

—Bien. ¿El miércoles en la cafetería?

—El miércoles ahí estaré.

Se despidieron besándose las mejillas. Ella pudo captar ese olor característico, a la vez dócil pero agresivo, tan varonil, ese olor debajo de la loción; el corporal que es inconfundible. Cerró los ojos y aspiró profundamente para inundar sus fosas nasales, como en un ritual ancestral.

II

El cielo del miércoles lucía borrascoso, pero sin ocasionar que la atmósfera que envolvía la zona cercana al parque y a la biblioteca se viera afectada o desfavorecida para mantener una buena charla.

En el mostrador de la cafetería, la encargada mecánicamente tomaba la orden y al mismo tiempo marcaba a un solo dedo los precios de los alimentos.

—Sólo tomaré un café, no tengo apetito para algo más. ¿Tú qué ordenarás?

—No lo sé… ¡Se me antoja todo! Que tal una hamburguesa, una soda, papas a la francesa y una porción de pastel. Todo en el tamaño más grande que tenga por favor.

La joven que dominaba la caja registradora miró de arriba a abajo a Vera, sorprendida quizá por la delineada silueta de la chica, que en absoluto reflejaba, por donde se le mirara, las ingentes raciones que había solicitado.

— ¡Vaya, eres de buen comer! —Le observó Eric—.

— ¿Me estás diciendo que soy una glotona?

—De ninguna manera linda, es sólo que las chicas de ahora apenas se satisfacen con media hoja de lechuga y dos sorbos de agua.

—En algún sitio de mi árbol genealógico hubo alguien que me heredó este apetito. —Había una sonrisa en su cara, pero lo dijo completamente en serio—.

Se sentaron al fondo del local junto a un gran ventanal que obsequiaba una buena vista al lago artificial, donde los patos hacían volubles coreografías encima del agua, como barcazas arrulladas por las ondulaciones acuáticas.

La conversación fue de franca exploración por ambas partes, aunque Vera no daba muchos detalles familiares. Eric lo justificaba de alguna manera, por la forma poco usual en que habían entablado relación: de un perfecto desconocido a otro, sin embargo, encontraba bastante fácil imaginarse en una relación más profunda y comprometida con aquella hermosa chica. Había algo que le atraía inevitablemente.

Vera ingería con ansía cada bocado que se llevaba a la boca, nunca perdió el porte, mas la copiosa comida se agotó en un lapso de tiempo notablemente corto. No desperdició ni una migaja, ni una gota de soda. Los platos yacían despojados, desnudos, desechados sobre el mantel indiferente de la arrinconada mesa. Eric se limitó a saborear el café resignándose a ser testigo de aquel festín. Observaba su rostro de líneas suaves, su nariz afilada, labios gruesos, entre niña y mujer: una indefinida inocencia.

— ¿Me disculpas un momento? —Dijo Vera levantándose para ir al tocador—.

Eric se puso de pie haciendo una reverencia, la acompañó con su mirada. Veía su figura estilizada, casi perfecta, dibujada con una generosa carga de voluptuosidad, su andar sensual, piernas curvilíneas colmadas en jeans ajustados, cintura pequeña, caderas que no discordaban ni un milímetro de las proporciones de todo su cuerpo, la miró con cierto goce culpable que se vio interrumpido por la mampara que se interponía entre el pasillo y la entrada a los sanitarios.

Cuando Vera volvió, le pidió a Eric salir a tomar de aquel delicioso aire húmedo del ambiente frente al lago. En el trayecto ella le suplicó comprar en el carrito ambulante, una bolsa de rosetas de maíz para no perder la costumbre de  sentarse a la orilla a alimentar a los patos. Era la primera vez que lo haría en compañía de alguien. Se sentía contenta después de la comida. Experimentaba cierto tipo de alegría que aunque conscientemente sabía que era efímera. La charla continuaba entre risas y miradas juguetonas, coquetas, sugerentes. Las lánguidas nubes inventaron una excusa para oscurecer anticipadamente; los patos buscaban refugio para pasar la noche en las piedras colocadas en el centro del lago para tal propósito. Pronto, ya no quedaron más patos para arrojarles granos de maíz. Con la noche también llegó el silencio a la pareja de chicos, el instante de expectación.

— ¿Iremos a mi departamento? —Rompió el mutismo Eric—.

—No. —Contestó de inmediato Vera­, estrujó la bolsa de rosetas hasta convertirla en una pelota de arrugas. Eric volteó a mirarla vacilando, iba a decirle algo cuando Vera lo miró a los ojos y le dijo:

—Iremos al mío. Es más discreto y tendremos toda la intimidad que necesitamos. Prepárate psicológicamente porque esta noche te llevaré a la tierra sin mal. —Se acercó a degustar los labios de aquel hombre que le antojaba en gran medida, fue un beso saboreado, relamido—.

La propuesta se le antojó totalmente romántica y metafórica a Eric, en el trayecto al apartamento, meditaba sobre la frase “Tierra sin mal” se le ocurría como un buen título para una canción, lamentó no haber cargado con la guitarra ese día. Pensaría después en eso, ahora se concentraría en complacer a la mujer que iba a un lado de él, apretujados en el taxi, sintiéndose, disfrutando de esa cercanía.

El apartamento parecía más grande de lo que aparentaba en estructura el edificio, aunque la iluminación era tenue, se notaba de inmediato un minucioso orden. Muy pulcro. Todo estaba en su lugar, ni más ni menos. Si bien la decoración era minimalista, reflejaba un toque de la personalidad de Vera, era un lugar acogedor, cálido, perfecto para una estancia placentera. Se despojaron de sus abrigos. Se acercaron el uno al otro, mirándose a los ojos, tocándose suavemente. Él sentía el volumen y firmeza de los senos de Vera, desafiantes a la gravedad. Comenzaba a adquirir gran velocidad su torrente sanguíneo, se volvían más pesadas sus respiraciones, el aire se arrastraba a los pulmones en jadeos, Vera asumía una posición dominante, lo besaba violentamente, ansiosa. Cuando estuvieron sobre la cama, desnudos, ella recorría todo el cuerpo de él, acariciaba, besaba, lamía, lo subyugaba con fiereza casi animal, mordía, soltaba, disfrutaba de cada centímetro de piel. Eric se situaba entre lo sublime y lo urgido; esa creciente sensación de querer más y más. Lucharon cada uno por la posición dominante, Vera demostraba una energía inagotable, una fuerza física más allá de lo que se pudiera imaginar, aunque no era una chica menuda o en exceso delgada, dejaba en evidencia un poderío superior. Eric admitió la sumisión y se dejó llevar.

La hembra dominante copulaba a un ritmo que le permitía sentir intensamente cada meneo, no desaprovechaba ningún movimiento, el macho se estremecía a cada oleada de placer que ella le procuraba: el hedonismo llegó a su punto culminante y empezó a sentir vértigo, una embestida intensa le hizo perder la consciencia.

III

Vera le acariciaba la sien. Eric regresaba de un profundo sopor, falto de energía quiso erguirse pero no le alcanzaron las fuerzas; había sido un derroche de energía tremendo.

—Eres hermoso. Nunca me equivoco, siempre escojo al mejor. Es largo y complicado el camino a la perfección ¿sabes? —Se secaba el profuso sudor del cuerpo con una toalla— tú me das esa energía que me es imposible conseguir por otros medios, no soy vampiro ni licántropo, no pienses eso. Sí me molesta a veces la presencia humana pero la necesidad me acosa, quizás otras personas me consideren apática, pero no puedo ser de otra manera, esto es ancestral, alguno de mis antepasados habitó en La Gran Dolina o quizá en Leningrado. Ahora estoy aquí, contigo, a punto de transustanciarnos. He aprendido a dominar mis impulsos, pero a veces es inútil esconder mi necesidad, la gente me rechaza por mi forma de comer. Cada cierto periodo de tiempo, aunque se escuche romántico, cada 28 días, a veces confundido con cólicos premenstruales siento ese reclamo extremo de mi estomago, esa insuficiencia, ese estado insaciable, esa polifagia, esa hambre.

Eric escuchaba aterrorizado el monólogo de Vera, jamás de imaginó que detrás de ese rostro cándido, se disfrazaba una psicópata, resultante de la locura con que se vivía esta era. No podía hablar, se sentía tan nulo. Estaba paralizado por el pánico.

Vera lo miró como quien contempla un suculento platillo a punto de degustar. Su naturaleza le obligaba a consumir a su presa completamente antes de morir. Nada de carroña como lo hacían en Nueva Guinea. Tampoco se trataba de las trivialidades de los periódicos amarillistas que publicaban notas de antropófagos gourmets o aquél que guardaba los huesos de sus víctimas en cajas de cereal, o la absurda figura de un vampiro luminoso. Nada de eso. Ella estaba en la punta de la cadena alimenticia, el único depredador del hombre sólo puede ser el mismo hombre y en este caso, una inteligente mujer. Abrió la boca lo más grande que pudo con el fin abarcar la mayor porción del cuerpo que iba a devorar, Eric solo gritó unas dos veces antes de que el shock traumático lo dejara inconsciente. Apuraba la ingesta tragando casi sin masticar cada bocado que arrancaba del cuerpo quieto de Eric. Iba sintiendo alivio a cada bolo que engullía, terminaría pronto, aguardaría 28 días para volver a sentir apetito, ahora sólo le quedaba esperar a que pasara la risa sin razón.

Nominación al Liebster Award

liebster-award

En primer lugar quiero agradecer al blog Enseudónimo por su buena onda de nominar a Palabras Comunes para el premio Liebster Award, es un gran aliciente saber que otras personas voltean a ver lo que compartes. ¡Muchas gracias Enseudónimo!

La segunda. He aquí las respuestas a sus preguntas:

¿Cómo surge la idea de crear un blog?

Por la necesidad de vestir los desnudos espacios en blanco.

¿Por qué escogiste ese nombre?

Palabras Comunes se me ocurrió por la sencillez del lenguaje que utilizamos para escribir: al final son palabras que todos usamos.

¿Por qué te decantaste por esa temática?

Amo leer, por consiguiente, escribir.

¿Te costó mucho poner en marcha tu blog?

Al principio tenía pánico, después me hice a la idea de que existe esa libertad par expresar lo que te venga en gana.

Los 2 blogs que más te gustan.

¡Qué difícil! Todos son tan buenos, me reservo a responder esta pregunta porque sería una lista enorme, no podría nombrar sólo 2.

¿Haces uso de las redes sociales para difundir tus pots?

Uso twitter, facebook y g+. Son estupendas herramientas de difusión.

¿Te has marcado objetivos con tu blog?

Es un tanto utópico: Que toda la gente lea.

¿Escoges los contenidos pensando en tus lectores?

El blog sigue cierta temática en cuanto los contenidos que son dirigidos a los que gustan de este tipo de lectura sencilla y corta.

¿Te inspiras con la temática de otros blogs?

Indudablemente. Conocer como escriben otras personas provoca que tu pensamiento sea vario, amplio.

¿Cuánto tiempo le dedicas a la semana?

No tanto como quisiera porque tengo otros deberes. Intento no abandonarlo por mas de 30 días.

¿Qué post te ha costado más hacer y cuál ha obtenido más visitas?

Definitivamente el primer post fue el que más trabajo me costó hacer por todo lo que implicaba publicar y que cualquier persona lo pudiera leer. “La singular historia de como y por qué…” es el post con más visitas hasta el momento.

La tercera. Estas son mis nominaciones y van para los blogs:

Licenciado en Cosas Diarias

El Cuento de Saliary

Antipoemas Dementes y Misantrópicos

Blog de Iraultza Askerria

La Realidad Alterna

Enseudónimo

-Surfing Trough Life-

FairyScape

A Winter´s Night Dream

A Tinta suelta

Expresiones Paulatinas

Cuarta. Las reglas para los nominados:

El blogger nominado debe:
Agradecer la nominación a quien se la haya ofrecido.
Responder a las 11 preguntas que éste le haya planteado.
Nominar a 11 blogs o bloggers.
Plantearles otras 11 preguntas.
Comunicarle esos bloggers que les has nominado.

Quinta y última. Mis 11 preguntas:

¿En dónde encuentras la inspiración para tus posts?
¿Cuáles son tus expectativas con respecto a la lectura en general?
¿Qué momento consideras es más propicio para escribir?
¿Con qué propósito escribes?
¿Qué fue lo que influyó para decidirte a compartir lo que escribes?
 ¿Cuál es tu opinión sobre los blogs en general?
¿Consideras que la publicación electrónica sustituya a la impresa?
¿Realizas algún tipo de ritual antes de escribir?
¿Qué me dices del nombre de tu blog?
¿Por qué expresarte a través de un blog?
¿Qué prefieres? ¿Una red social o un blog?

Al pie de mi cama

No quiero engancharme, ni pretendo interpretar el papel de víctima inocente. No me justifico, o sí, mejor sí.

Tomé pastillas. Sí. Muchas pastillas. Antes de que usted entrara a este cuarto, me preguntaba ¿Cuál es la condición que me concede el ser diferente de las demás chicas? No tengo respuesta y no por falta de argumentos, sino porque soy exactamente igual a las otras. No tengo una familia disfuncional, mis padres se adoran, yo los amo, ellos me aman; tengo novio, salimos, nos besamos, no he tenido sexo aún con él, pero espero que sea pronto. Mi vida transcurre normal, mis días son como los de cualquiera, mis noches… mis noches no.

En ese momento la psicóloga que tomaba notas rapidísimas en su tableta, levantó la mirada por encima de sus gafas de armazón de diseñador. Parecía dispuesta y entusiasmada a escuchar por fin lo que deseaba  desde el momento que ingresó al cuarto.

Tuve consciencia de que algo extraño sucedía en mi dormitorio por las noches, no todas las noches, o quizá no lo noté al principio. Creo que tenía como 12 años, aún usaba un pijama de ositos y unas espantosas pantuflas de catarina. Rojas con lunares negros. Me acostaba siempre mirando al unicornio en el póster pegado en la pared, junto a mi compu. Lo miraba hasta quedarme dormida. Me despertaba cuando sentía una leve presión cerca de mis pies, como si algo o alguien se posara despacito, sin prisa. Me incorporaba, abría los ojos y no veía nada.

Otra niña víctima de abuso sexual por alguno de los padres, ojalá y no me sigan asignando estos casos, no puedo seguir lidiando con esta impunidad ¿No habrá alguien que ponga un hasta aquí? ¿Qué hora es? Aún me queda un buen rato para seguir escuchando a esta pobre, concéntrate, enfócate, deja de lado las emociones.

Pasaron los meses, o mejor los años, y cada cierto lapso de tiempo volvía a ocurrir lo de sentir el peso en la cama; a veces olvidaba lo de la presencia en mi habitación y dormía totalmente desnuda, me gustaba sentir la suavidad del edredón en todo mi cuerpo, me resultaba sensual, o mejor no, me gustaba, sí. A veces las noches eran muy largas entre los sobresaltos de la cama y los cólicos menstruales, mi mejor amiga me inducía a tomar analgésicos pero en cantidades industriales, me enseñó lo de tomarlos con refresco de cola primero, luego con café muy cargado y por último con bebidas energéticas. Hasta ahí. El próximo paso era intentar con vodka o con cualquier clase de alcohol, pero en mi casa nadie bebe, salvo en época decembrina y sólo vino de mesa.

Vamos hija, cuéntale a tu tía, confía en mí, dime de una maldita vez que tu padre se levanta por las noches y te toca con su mano caliente por debajo de las sabanas, tantea, palpa, busca a ciegas, desliza sus dedos, se te eriza la piel y pone duros tus pezones…

Buscó rápidamente en su bolso de costosa marca, pero de dudosa autenticidad, un paquetito de pañuelos desechables para secar el sudor que le cubría el labio superior, resultado de aquella traición de su subconsciente.

Terminó por fastidiarme el no poder cerrar los ojos y saberme sola en mi recámara. Evitaba dormir desnuda. Dejé de ser yo en muchos aspectos. Me daba tanto miedo que llegara la noche… y por las mañanas en clase, era una especie de tortura mantenerme despierta. Mi amiga llegó emocionada a la mesita de la cafetería donde yo bebía mi cuarta taza de café bien cargado, me enseño en la pantalla de su teléfono móvil un artículo acerca de un medicamento de prescripción, empleado para evitar el sueño. Le arrebaté el móvil y leí detenidamente.

Periodos cortos de miedo intenso. Ingesta de  neuroestimulantes. Despersonalización. ¡Cuánta maldad hay en los hombres! ¡Puercos!

Mantenerme despierta por 40 horas seguidas con sólo una tableta de 100 mg. de modafinil; en este país es más fácil conseguir fármacos controlados que un empleo de medio tiempo. Un tremendo error porque si antes de tomar drogas la presencia se esfumaba cuando abría los ojos, ahora manteniéndome en vigilia, por fin pude ver lo que estaba al pie de mi cama.

La psicóloga se acomodó los anteojos, se enderezó en la silla plegable en la que estaba sentada, al cruzar la pierna, su indiscreta falda rebeló una esbelta y marcada pantorrilla, reparó en las uñas de sus pies, anotando mentalmente un recordatorio para una cita con la pedicura.

Una sombra difusa que atribuí al efecto de la droga que había tomado. Una silueta oscura que no puedo precisar, un vistazo fugaz, como cuando mira uno de reojo. No puedo explicar exactamente que veía, mas estaba ahí parada, esperando a no se qué, o mejor si, esperaba a que me quedara dormida para caer sobre mí. Una de esas noches, no hubo remedio alguno que me mantuviera despierta, caí lentamente en un sopor que me aterrorizaba en algún lugar de mi cerebro, sin embargo mi cuerpo entero pedía urgente, me abandonara sin oposición, al descanso. Dormir es una necesidad fisiológica al fin. Cerré los ojos. Cuando los quise abrir, sentía una rara gravedad aumentada; un peso fuera de lo común me paralizaba el cuerpo, me ahogaba, me faltaba el aire para gritar por ayuda, tenía tanto miedo de morir —La psicóloga apresuradamente escribía: disnea, sofocación, interpretación catastrófica de sensaciones físicas— En algunos lugares, dicen las creencias populares, que a este fenómeno se le conoce como “subírsele el muerto a uno” y que consiste en que el ánima absorbe de esa manera, energía de nuestras almas. Lo leí en internet.

Un gesto de frustración se retrataba en el rostro de la psicóloga. Apoyo la tableta sobre sus piernas y miró con solemnidad a la chica.

 —Señorita, mire, esta platica es totalmente para ayudarla con su problema, si usted está tratando de jugar conmigo con todo ese asunto de leyendas y patrañas sobrenaturales, nos llevará a una calle sin salida, lo que queremos es saber las causas que la empujaron a intentar cometer suicidio, y con esto, buscar juntos la mejor solución terapéutica aplicable a…

—¡No me intenté suicidar! ¿Cómo se les ha ocurrido eso? —Interrumpió la chica, evidentemente disgustada— Tomé pastillas de más porque ya no causan el mismo efecto y cada vez tengo que aumentar la dosis para que funcione, esta sombra está acabando conmigo, eso es lo que quiero decirle, es verdad, o mejor, si no me cree, no siga perdiendo más su tiempo y váyase de aquí.

Se volteó hacia el lado opuesto de donde estaba sentada la psicóloga, se acurrucó, desesperanzada porque nadie iba a creer en su historia, actualmente en esta edad de la humanidad, todo tiene una explicación lógica, se descartan en automático los hechos no comprobables y se califican de “cosas de ignorantes”. Ambas guardaron silencio.

¡Ya suéltalo mocosa! dime que sientes su aliento en tu rostro, que su hocico animal escurre lujuria, placer culpable, dime que te excita sentirte dominada, incapaz, indefensa, que esperas a que te penetre con su sucio pene…

—Bien, continuemos, necesito hacerte unas preguntas, ¿Me ayudas con una respuesta honesta? —Una capa de transpiración envolvía su cuerpo y evaporaba en olor a perfume de moda—

—Sí, o mejor… Sí está bien.

—Dices que es una sombra lo que ves al pie de tu cama, ¿Ves algo más que eso?

—Sólo veo obscuridad que se absorbe y se expulsa.

—¿Cada cuándo ves esta figura?

—Antes no muy seguido, últimamente, todo el tiempo.

—¿Quieres decir que la estás viendo en este momento?

—Sí. Está justo detrás de usted a punto de caerle encima.

La tableta cayó de canto, malabareó como una perinola antes de caer del todo. El cuerpo de la psicóloga se absorbía y se expulsaba como si hirviera en un oscuro caldo, a veces un ojo, a veces la nariz, a veces una oreja; partes de todo su cuerpo se iban turnando antes de desaparecer, antes de convertirse en energía combustible.

La chica se quedó inmóvil, muda por un instante, cayó en la cuenta que esa era la condición que le concedía el ser diferente de las otras chicas, lo supo en ese momento.

—¿Ya no podré librarme de ti nunca verdad? —La negra silueta se mantenía vibrando como el ronroneo de un gato, al pie de la cama de aquel cuarto de hospital, muda, expectante—

—O mejor, ven y tómame. —Extendió los brazos, en su cara una morbosa palidez y la mirada resignada.

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Cuando diga tu nombre

Debieron haber repostado combustible unos 25 Kms. atrás, el sensor en el tablero les indicaba que en cualquier momento el auto se detendría por falta de gasolina. El conductor alcanzó a orillarse en aquel acotamiento de tierra y gravilla roja.

-Te lo dije estúpido, no alcanzaríamos a llegar a la otra ciudad, debimos cargar cuando te dije.

-¡Cállate! busca en el maletero, traigo una garrafa para estas ocasiones.

-No vi ninguna gasolinera en los últimos 25 Kms. ¿en dónde conseguiremos?

-Debe haber una en este pueblo. -Echó un vistazo al conjunto de casas iluminadas por la luz de la luna y se dio cuenta que a esa hora de la noche ya no había una sola persona deambulando para solicitar informes. Esperaba que pasara algun otro auto que pudiera llevarlos a la estación más cercana, pero extrañamente en los minutos que llevaban aparcados no había pasado ningun automóvil o algun camión carguero de esos que acostumbran a hacer sus trayectos por la noche.

Su acompañante cerró el maletero, con la garrafa en mano dijo al conductor:

-Empecemos por tocar algunas puertas, las personas en estos pueblos siempre están dispuestas a ayudar a dos extraños en problemas en medio de  la noche…

-Idiota. Le respondió el conductor.

En la lejanía, una luz amarillenta que subía y bajaba de intensidad como si respirase sofocada queriendo escapar de la negrura de aquella noche, se acercaba zigzagueante hacía donde estaban el conductor y el acompañante; un hombre montado en una rústica bicicleta con un rudimentario sistema de luz generado por un dinamo colocado en la rueda trasera, se detuvo frenando con su huarache de carnaza sobre el asfalto al mismo tiempo que bajaba el otro pie del pedal.

-Noches.-Les dijo sin expresión alguna.

-Buenas noches.- Contestaron los tipos.

Se preguntaban por qué si era de noche el hombre de la bicicleta llevaba un sombrero de palma.

-Que nos hemos quedado sin gasolina ¿Sabe si en el pueblo hay algun lugar donde podamos conseguir un poco de combustible?

-No. -Contestó el hombre secamente.

Bajo el sombrero de aquel pueblerino, se veía un rostro inexpresivo y se escuchaba un tono de voz neutro que ponía nervioso a cualquiera.

El acompañante replanteó el cuestionamiento:

-¿Hay alguna estación cercana al pueblo?

-Si, a 5 Kms. pasando el cañón.

-Gracias señor

-Noches, tengan cuidado. -Únicamente dijo esto y subió a su bicicleta, sumergiéndose de nuevo en la oscuridad.

-En marcha, haremos el trayecto de ida y vuelta en unas dos horas y media.

Mientras caminaban iban leyendo las señales colocadas en el arcén, ningún vehículo circulaba esa noche por esa carretera.
El camino se hacía pesado por la ligera pendiente, al alcanzarla se leía un aviso que decía en letras reflejantes visibles para los automovilistas:

Inicia Cañón de Lobos

Otra señal decía: Tramo de curvas los próximos 4 Kms.

El acompañante regresó unos pasos para asegurarse al volver a leer el primer aviso “Inicia Cañón de Lobos”

-He leído algunas historias en Internet acerca de este lugar, dicen que si pasas por aquí a cierta hora de la noche y escuchas una voz, no debes voltear cuando diga tu nombre porque te lleva con Ellos.

-Estás enfermo. -Contestó el conductor.

-Eso es lo que leí, dicen que es porque una banda de asaltantes y secuestradores en el siglo XIX ejecutaba a sus víctimas en estas montañas o arrojaban los cuerpos de los plagiados al fondo del cañón. Le llaman Cañón de Lobos porque en algún tiempo acechaba una manada de lobos que junto con los maleantes tenían azotada esta región.

El conductor escuchaba atento pero no creía ni una sola palabra de lo que decía su amigo.

Iniciaron el tramo de curvas en el señalamiento que marcaba el kilómetro 22. La noche se cerraba aún más y la oscuridad era tal que parecía que podía tocarse.

Vieron tras unos matorrales una silueta de lo que parecía un perro, el acompañante golpeó la garrafa y el animal huyo hacia el monte. Silencio, ni un grillo chirriaba.

Las curvas parecían interminables, el último señalamiento que vieron fue el del kilómetro 20. Todo lo que veían eran las sombras de los montes de aquel cañón.

La temperatura bajó dramáticamente y sopló un viento muy frío que les erizó la piel, inconscientemente aceleraron el paso ansiosos de que a la vuelta de la curva distinguieran a lo lejos las luces de la estación de servicio pero al terminar una curva seguía otra más cerrada, tanto que sentían que daban vueltas en círculo.

Después del viento, el sonido profundo, apenas perceptible, intensificándose a medida que caminaban, un sonido gutural a veces otras veces vocal llenaba el espacio entre las montañas, primero al frente de ellos, después por encima y finalmente atrás, se escuchó un nombre perfectamente articulado, en ese momento el conductor abrió los ojos desmesuradamente y volteó.

El acompañante miró de reojo como su amigo se diluía prácticamente en la espesa oscuridad.

-¡Idiota! ¡ni siquiera dijeron tu nombre y volteaste!

Aventó la garrafa al arcén, rebotó contra el aviso del kilómetro 18, salió de la curva y aparecieron las luces de la estación.

Corría pero ya no podría dejar de gritar.

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Juegos de niños

-Cierren los ojos y concéntrense, piensen en que lo lograremos. -Decía aquella chiquilla al grupo de niños sentados en círculo en torno a uno más que yacía bocarriba con los ojos cerrados y gesto solemne. El niño recostado era El Elegido para hacer levitar su cuerpo del suelo tan solo usando un par de dedos de cada mano de los participantes. De vez en cuando alguno de los niños dejaba escapar una risita pero era acallada por la voz que con tono autoritario de la niña líder les ordenaba una sola cosa:

-¡Concéntrense!

El grupo de niños no excedía en promedio la edad de 9 años, jugaban en el amplio jardín de la casa de uno de ellos. Era un juego inocente que no merecía la atención de los adultos.

Así lo creían.

La tarde caía sobre el jardín, la temperatura disminuía, las sombras se alargaban crispadas como garras queriendo asirse de algo, el ruido de la calle y los alrededores hizo fade out creando una atmósfera idónea y envolvente.

-En su mente imaginen que lo levantamos sin esfuerzo, sólo con dos dedos, lo haremos elevarse con el poder de nuestras mentes, es posible si nos concentramos todos al mismo tiempo. Cuando yo les avise lo haremos.

Fueron algunos minutos en que el grupo permaneció en silencio, sus caritas semejaban muñecos dormidos, lucían tan tiernos con los ojos cerrados.

-Ahora… -Dio la señal la chiquilla.

Lentamente en forma coordinada se iban levantando, sincronizados con el movimiento del cuerpo del niño que estaba ya flotando en el aire, al unísono fueron levantando los brazos elevando el cuerpecito a la altura de los hombros, poco a poco levitó más allá del contacto de las yemas de los dedos de aquellas pequeñas manos y por encima de sus cabezas. Dejaron de sentir el peso del niño.

Abrieron los ojos con miedo a que el efecto cesara, pero alcanzaron a mirar como su pequeño amigo ganaba cada vez más altura en aquel cielo oscurecido por la noche, miraron hasta donde sus ojos lo permitían, literalmente hasta que lo perdieron de vista.

-¡Lo logramos! -Gritó emocionado un chico. -Los demás corearon y saltaron alegres.
-¿Y ahora que haremos? -Preguntó una de las niñas casi con preocupación.

-Invitar a otro de tus amigos a jugar. -Contestó la chiquilla líder con sonrisa maligna.

Un extraño brillo iluminaba sus inocentes ojos.

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Espacio en blanco

Sabes que es a ti a quién escribo
con tinta de mi sangre estos renglones,
sangre que me duele haber perdido
pues nunca mereciste mis dolores”

-Incompleto. No lo puedo creer… Estamos con el agua hasta el cuello, el plazo para entregar vence en una semana y tu sales con esto ¡carajo! -Dejó caer el auricular del teléfono como quien suelta una piedra al borde de un precipicio y sigue atento a la trayectoria de su caída.

Al otro lado de la línea telefónica el escritor se quedaba escuchando tontamente el pitido de la llamada cortada.
Juntó sus folios y comenzó a revisar uno por uno minuciosamente para localizar aquel extraviado.
Encendió el ordenador para mirar en el procesador de texto y comparar con lo que tenía impreso.
Por alguna extraña razón la página 189 era un total espacio en blanco, tanto en el ordenador como en el papel. ¿Cómo habría pasado tal cosa? Mandaría a revisar el ordenador por la mañana, quizás algún virus o una instalación  corrupta del software arrojaba aquel error.

Miró la página anterior, la 188 y culminaba correctamente con el formato justificado, pero la 189 en blanco y la 190 iniciaba correctamente en la parte de la narración que recordaba totalmente.

Puso el cursor en la página 189 y retomó la escritura

“…la sangre derramada en vano por un mal sentimiento, teñirá de rojo todo aquel recuerdo que acuda puntual a la cita…”

Terminó todo el folio, unas 800 palabras y se aseguró de guardar correctamente en el procesador de palabras, tomó un memory stick y lo introdujo en la conexión para tal, guardaría una copia en la portátil por si acaso.

Apagó la pantalla y se fue a cepillar los dientes.

Mientras se cepillaba pensaba en cuanto le había costado escribir aquella novela, siendo honesto, ya no quería seguir escribiendo, ya le costaba mucho trabajo hacerlo, no lo disfrutaba y pensaba que era tiempo de hacer otra cosa. Su editor le había pedido una última, que según los cálculos y pronósticos agregando un par de reediciones de sus antiguas novelas redituarían jugosas ganancias.

-¡Jugosas ganancias! -Dijo al espejo con la boca llena de espuma del dentífrico, remedando el acento de su editor en jefe. Se enjuagó y se fue a dormir.

-No encuentro ningún tipo de desperfecto que sea capaz de ocasionar tal anomalía, es más, me atrevo a decir que no existe ningún tipo de virus informático que tenga un comportamiento similar a lo que usted me describe.
Decía con la desfachatez de un experto informático aquel técnico asesor de la tienda de equipo de cómputo. -Le reinstalé el procesador de textos, una nueva versión mejorada y ampliada, compruebe su desempeño. -Sonrió con total triunfo.

Ceñudo el escritor, tomó su computador no muy convencido de toda la letanía que acababa de escuchar, la colocó en la parte trasera del auto.

Presuroso comenzó el ritual de conexiones, teclado, mouse, monitor, impresora,  mientras se preguntaba por qué diablos tenía que seguir escribiendo aquella novela. No debería, debería estar pescando o bebiendo tinto en una cabaña en la montaña, disfrutando del aire fresco y puro. Si, eso debería estar haciendo.

El bip del ordenador lo regresó a la realidad, la luz emitida por la pantalla se estrellaba contra los cristales de sus anteojos, buscó en la carpeta de archivos el título “Memorias sin recuerdos” solo para revisar la página 189 y su parsimoniosa tranquilidad se fue directo a la ira vía frustración: un enorme espacio en blanco. Sólo eso. Buscó el memory stick y lo retacó furioso en el puerto USB, abrió la copia del archivo e increíblemente la página 189 estaba en blanco.

Algo en alguna parte de su ser se retraía temeroso, como la presa que ha descubierto la presencia del depredador.

Tomó su vieja máquina de escribir Olivetti, introdujo la hoja blanca tamaño letter y ferozmente azotaba las teclas mecánicas con tanta fuerza que el tipo del punto perforaba el papel bond, no importaba que alguien tuviera que tomarse la molestia de volver a capturar el texto. Listo. Había terminado por enésima vez la página 189.

No podía dormir. Se levantó de súbito y a paso acelerado llegó hasta el escritorio y miró el folio que había mecanografiado hace unas horas. En blanco, solo espacio en blanco. Incrédulo levantó la hoja de papel y miró a contraluz todas las pequeñas perforaciones que dejaban pasar diminutos rayos de la lampara incandescente.

Nuevamente se removía en su interior algo, algo lo inquietaba. Se sentó en el sofá del estudio aún con la hoja de papel en su mano, intentaba encontrar una explicación lógica y racional. Descartó muchas posibles teorías, y se puso a reescribir la página 189 de su puño y letra.  Al finalizar puso la hoja de papel frente a sus ojos y esperó.

Las letras se iban desvaneciendo una a una ante sus sorprendidos ojos, parpadeó temiendo ser víctima de una mala pasada de su cerebro, pero con la vista siguió hasta el final la inaudita desaparición del texto.

Escribió una y otra vez, con un lápiz, con un bolígrafo, con una estilográfica, pero todo intento fracasó. Al borde del colapso nervioso y ya muy entrada la noche, se le ocurrió llenar el depósito de tinta de la estilográfica con algunas gotas de sangre (de su propia sangre) tal y como decía en una de las lineas: “…Con tinta de mi sangre estos reglones…” Así que buscó en un cajoncito un cutter y se hizo la primera incisión.

-Ni una gota de sangre a pesar del numero de cortaduras en los brazos, piernas y tórax, resulta muy extraño.

-¡La usó como tinta! su propia sangre, esto es aberrante. -Dijo uno de los forenses que analizaba la escena de muerte, señalando uno de los folios que se encontraban alineados en filas a lo ancho y largo del piso del estudio.

-He escuchado que los escritores son hasta cierto punto extravagantes, pero este tipo se excedió, su última novela escrita con su propia sangre, vaya manera más dramática de suicidarse. —Puntualizó el policia.

Días después el editor en jefe recibía los 500 folios encontrados en el piso del escritor, a partir de la página 189 se reescribía en un oscuro tono de rojo la novela “Memorias sin recuerdos” la leyó de una sola vez, la publicación póstuma y la publicidad gratuita por la noticia del suicidio lograrían que se vendiera como pan caliente, tomo el teléfono, marcó un número y dijo:

-Lo tengo en las manos, será un Best-Seller, nos dejará por si sola jugosas ganancias.
-Adelante, publícalo cuanto antes. -Dijo la voz al otro lado de la linea.

El editor esta vez no dejó caer el auricular, lo colocó muy suavemente y se puso a girar en su sillón ejecutivo con los brazos en alto mientras dejaba escapar una obscena carcajada.

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Un corazón cualquiera

No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegremente al punto de encuentro con su amada. Ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacia ver las cosas de una forma extraordinariamente diferentes, coloridas, enfatizadas, multiplicadas.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse locamente por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosamente se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: La vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera, caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada, debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su pelo revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de su ensueño ¡a unos cuantos metros de él!

Pero con un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes, en los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad; por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada decisivamente por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó varias veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas,  alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizás hablarle, quizás hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se habían largado quien sabe a dónde. Sólo se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era para nada el héroe que salva a la chica, en cambio vio como ella se caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor. Fue sacudido por un flashazo del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de si. El agua empezaba a escurrirle el rostro, no distinguía si era agua del cielo pero tenía un gusto lo suficientemente salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.

Basura

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Sigue siendo rocanrol

     Se enjuagó vigorosamente la cara y mientras el agua fría le escurría, echó un vistazo al espejo colocado encima del lavabo. Era la misma persona de siempre pero se sentía aturdido. Secó el exceso del líquido con una toalla de papel, se enfundó en su eterna chamarra de cuero negro y volvió a colocar el Lucky Strike sobre su oreja. Salió de los sanitarios para dirigirse a su siguiente clase a la que no tenía muchas ganas de asistir. Contempló el pasillo mirado la danza de cabezas en vaivén como en la coreografía de un vals desordenado.

     Avanzó por el pasillo mirando de un lado a otro, observando los grupos de chicas con coletas y faldas aunque largas, muy coquetas. En un instante el corredor se vio drenado, los alumnos desaparecían en pequeños grupos frente a las estrechas puertas de los salones de clases. El murmullo de voces iba disminuyendo hasta casi convertirse en silencio, en un fondo muy tenue se escuchaba la voz del vocalista de los Teen Tops rocanroleando alguno de sus éxitos.

     Acompañó los compases con movimientos de cabeza, decidido a saltarse la clase se dirigió con paso acelerado, sin perder el estilo de bravucón, hacía la salida del recinto. Metió la mano al bolsillo para buscar las monedas de 5 centavos que depositaría en la rocola de la cafetería que estaba cruzando la calle, algo de rocanrol por la mañana le ayudaría a salir del estado aletargado en el que se encontraba sin razón aparente.

     Precavido, abrió la puerta mirando por encima del hombro por si algún profesor o un guardia se percatase de su ilícita salida. Dejó la puerta emparejada y al volverse se encontró con un rostro conocido, le dijo algo que no entendió del todo, después hubo un exceso de luz blanquísima que le obstruía la visión, luego una espesa oscuridad.

    Y nuevamente volvía a estar frente al lavabo enjuagándose la cara. Una y otra vez se repetía la constante rutina con algunas variaciones: la marca de cigarrillo era diferente, las chicas que veía en el pasillo vestían y lucían distintas, la música que escuchaba de fondo cambiaba en cada ocasión que caminaba por el corredor. Todo parecía tan familiarmente diferente menos él, siempre ataviado como lo haría cualquier chico rebelde de finales de los años 50′s.

     Después de emparejar la puerta y volverse,el cabecilla de la pandilla del barrio se le fue encima hundiendo una y otra vez su navaja italiana, tantas veces como fuera necesario para dejar claro quien mandaba en esas calles. La luz blanquísima perdía intensidad y brillantez a medida que se le iba escapando la vida. Su alma quedó atrapada en aquel colegio, entre el momento en que se lavaba la cara en el sanitario y la malograda fuga de clase. Cada determinado ciclo de tiempo se repetía con variantes aquel instante perdido.

     Para aquel chico en algún lugar atemporal de la eternidad seguiría sonando por siempre el rocanrol.

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