La puerta

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La puerta
«La Puerta» por Carlos Quijano

Inmóvil, inclinado en la cama, se asía con toda su fuerza al cobertor. Trataba de no hacer ruido ni movimientos que pudieran delatar su presencia. Tampoco quería despertar a su compañera quien dormía profundamente sin percatarse del dilema que estaba viviendo él en ese momento. Temía que si despertase, le haría alguna pregunta. No quitaba la vista de la puerta: su temor provenía de imaginarse que al cruzarla ya nadie sabría quien era él. Sentía tanto miedo de quedarse dormido y despertar con los gritos de su pareja preguntando « ¿Quién es usted?»,«¿Qué hace aquí?». Le daba pavor cerrar los ojos, estaba convencido de que el sueño cambiaría su realidad. ¿Qué había al otro lado de la puerta? No quería averiguarlo. Algo le decía que al cruzar el marco, absolutamente todo, el mundo completo, tal y como lo conocía sería otro; uno muy diferente.

Se quedaría en la cama esperando muy quieto a que llegara el amanecer, evitando todo el caos que podría presentarse en caso de quedarse dormido y despertar siendo otra persona. Una persona diferente físicamente, porque por dentro seguiría siendo el mismo, mas no lo reconocería su novia, o su vecino, ni la gente que saludaba todas las mañanas camino a la oficina, ni en la cafetería; ni le permitirían el acceso al edificio donde trabajaba porque su cara sería distinta a la que todo el mundo conoce. Le daba pánico. Ahora la puerta estaba entreabierta. ¿Cuándo pasó? No había quitado los ojos de encima de la puerta y ahora se abría un poco. El morbo le obligaba a asomarse, a echar un vistazo rápido. Inclinó unos centímetros la cabeza y miró.

La alarma del despertador le provocó un sobresalto. Despertó asustado, miraba para todos los rincones de la habitación. La puerta estaba abierta del todo, aunque a la luz de aquella mañana, ya no se veía amenazadora. Saltó de la cama y corrió a mirarse en el espejo del baño, por un instante cruzó por su mente el horrible pensamiento de que vería otra cara en el reflejo, pero sintió total alivio al ver que su rostro era el mismo. Su novia se había levantado antes, seguramente estaba preparando café Recomiendo romper esta oración larga. Atravesó la puerta y su confianza regresó de inmediato: no había más que el pasillo de su casa, las mismas fotos en la pared, el mismo cuadro patético que le dieran de regalo de bodas, la mesita con flores de plástico en un jarrón. Todo permanecía igual. Tomaría una ducha.

En la cocina no había nadie. No había café, ni estaba la novia. Salió apresurado a la calle, su auto estaba aparcado donde lo había dejado la noche anterior. Quizás ella habría ido al mercado por fruta fresca, solo estaba a dos calles. Se le hacía tarde para llegar a la oficina, subió a su coche y tomo el camino habitual. Todo lucía igual, pero había algo diferente. ¡No había gente en las calles! Giró para estacionarse frente a la cafetería. El nerviosismo se estaba apoderando de él, lo invadía como una pandemia. El café estaba desierto, como si hubiese sonado una alerta de ataque nuclear y todos hubiesen corrido a esconderse en refugios antibombas. Él quería gritar pero el temblor de su mandíbula le hacía tartamudear.

—Hey, amigo, tu turno —decía una voz a su espalda—. ¡Que te han llamado, anda, no tenemos todo el día! —insistía ya con tono urgente.

Se alisó el saco y movió el cuello a modo de ejercicio de relajación.

—Aquí vamos —dijo para sí adoptando una actitud de seguridad, a paso firme y decidido.

Atravesó la puerta, se sintió extraño cuando lo hizo. Se recompuso rápidamente para que su entrevistador no notara ese atisbo de vacilación. Dirigió su mirada hacia el escritorio, ordenado, pesado, de madera antigua; por un momento pensó como habían hecho para subirlo hasta el octavo piso.

—Tome asiento, por favor —dijo la mujer, haciendo un ademán de invitación.

—Muchas gracias —contestó tranquilo y natural.

— ¿Quién es usted? —preguntó la mujer mientras pasaba hojas de papel de una mano a otra.

Él se quedó inmóvil. Las palabras habían desaparecido. No podía articular una sola. Mientras, la entrevistadora le volteaba a mirar, extrañada por el inusitado silencio a la primera pregunta.

— ¿Qué hace aquí? —preguntó con toda la molestia la mujer, disgustada por la falta de atención de su entrevistado.

Él respondió, no como debió hacerlo, lo hizo con un grito de profundo terror, de un miedo primitivo, de un pánico impulsivo que lo obligó a buscar una salida. Había una puerta.  Escogió la ventana.

Este relato está publicado en la revista #4 de Salto al reverso. Da clic aquí para leerla en issuu.

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El sentido contrario de los girasoles

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Originalmente publicado en SALTO AL REVERSO:

El sentido contrario de los girasoles

No fueron suficientes dos años de terapia. Ninguna técnica de psicoanálisis pudo sacarle la idea de la mente, mas ya no era un pensamiento, se había transformado en algo menos efímero y más significativo, que se zafó del subconsciente y se escabulló hasta un rincón de su corazón. Le dieron el pase de salida del hospital psiquiátrico. Con gesto imparcial, abandonó la clínica con sus pocas pertenencias en una indiscreta bolsa de plástico transparente. Llevaba el pensamiento claro, pero en su espalda cargaba con un montón de lastre. No tenía a donde ir, había perdido todo. No tardó mucho en decidir qué dirección tomar; nadie le esperaba. Sentado en el suelo de la estación del tren subterráneo, con la mirada tan perdida como la fe, repasaba un recuerdo tan decolorado como una fotografía instantánea.

Ese día el aire era fresco, corría un viento suave que levantaba motas de polvo, el…

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Malas ausencias

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Malas Ausencias
Imagen por Carlos Quijano
Ahí dónde sientes que hace falta algo
es  el lugar en donde estuve
Lo que intentas encontrar con la mirada
es aquello que fui
El debate entre tus almohadas sin insomnio
supone todo lo que pudo haber sido
Las largas líneas de tus sábanas
son el recuerdo que escapa en cada lágrima
Y las noches de silenciosa oscuridad
son el motivo real de tan malas ausencias

Diamantes

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Gente de carbón
[Imagen «Gente de carbón» por Carlos Quijano]

Miraba con interés las lágrimas que guardaba en pequeñas bolsitas hechas de terciopelo. Cuidadoso depositaba una a una en el interior, sopesando el contenido antes de ajustar la jareta. Las miraba emocionado, fantaseando, imaginando el destino de cada una de ellas. Era un hábil comerciante, se consideraba un traficante respetable. Casi lo era. Así pensaban todos los mercachifles de aquel sucio mercado. Comerciaban, estafaban, traficaban, hacían trueques, robaban y se aprovechaban de los ingenuos y curiosos que se acercaban a mirar las cosas más insólitas puestas a la venta en las mesas de aquellos oscuros tenderetes.

Jafa vendía lágrimas en bolsitas de terciopelo, Ulsu ofrecía lamentos en frascos de diferentes tamaños y formas, Trebe intercambiaba malas palabras, al principio lo hacía en forma impresa o escrita a mano, ahora las ofrece en cintas magnéticas que vende por metro. Rada comercia con emociones exiliadas que recoge día a día en la parte trasera del convento, al pie de la verdinegra montaña, todas procedentes de las monjas enclaustradas y que han hecho votos a su dios indiferente. Espasmos, murmullos inoportunos, aullidos, gritos, malos olores, sabores desgastados y en desuso, promesas rotas que han sido remendadas con hilo y aguja, miedos ancestrales y modernos, temblores por frío o por reacción. Sustancias inocuas coloreadas con mentiras, semillas de maldad, objetos perdidos, deseos reprimidos, cosas sin valor monetario y valores pisoteados. Toda una industria global.

Un día lleno de lodo, llegó Mara al mercadillo. Chapoteaba sus sandalias en el espeso camino, su rostro churretoso buscaba con avidez sobre las improvisadas mesas; miraba para ver si alguna mercancía le hacía un guiño, se internaba como cándida oveja en la guarida de los lobos que la seguían con ojos lascivos. Pese al denso ambiente, la niña no perdía el valor y estaba dispuesta a correr cualquier riesgo con tal de encontrar a Lara, su madre. Se habían separado después de la crisis que vino después del colapso mundial: la globalización corrompió todos los sistemas políticos, económicos y sociales, dando como resultado aquel nuevo mundo, que no había terminado de morir pero que se erigía sobre una generalizada distorsión. ¿Cómo distinguir la verdad en medio de tantas mentiras prefabricadas? ¿Cómo reconocer una señal entre tanta confusión? Las respuestas las tenía en su corazón. La pequeña niña lo sabría en el momento justo.

La curiosidad le hizo parar en el puesto de libros, Mulu, el propietario, servicial se acercó a Mara para ofrecer sus mercancías.

—Tengo libros para colorear, niña. Tengo colores de cera —decía intentando captar la atención de la chiquilla. — ¿Quieres verlos? Tengo muchos, los que quieras llevar. —Mostraba en la palma de la mano trozos de crayones de diferentes tamaños y colores. Mulu vendía libros en versiones corregidas y aumentadas aunque no por el autor original: les agregaba páginas de otros libros deshojados o demasiado deteriorados como para venderlos por sí mismos, producía nuevas versiones a partir de páginas sueltas. A Mara no le interesaban los libros, buscaba alguna pista que pudiera conducirle a donde estaba Lara.

Por un rato deambuló en un pequeño mundo que no existía, pero estaba en todas partes; entre seres que habían sido y que ahora ya no eran; en un lugar donde cualquiera podía ser cualquiera y alguien no era nadie. Al doblar en un corredor que apestaba a orines, su corazón casi se detuvo de la impresión. Colgada de un perchero estaba una prenda de un color verde rabioso, era aquel suéter que su madre usaba por las tardes cuando la ausencia del sol daba paso a las frías corrientes de aire. Mara corrió con el corazón pendiendo de un hilo a punto de caer en un oscuro precipicio, del que no se percibe el fondo. Estiro su mano para tocar la prenda, sintió la textura y supo. Se acercó a olerla y muy por debajo de los fétidos olores, estaba la esencia de Lara, haciéndole una señal.

— ¿Qué haces niña? —preguntó una voz cascada que venía del fondo.

— Esto es de mi madre —respondió valientemente la chica.

— ¡Anda, fuera de aquí! —gritó la voz del fondo con marcado tono de enfado.

— ¿De dónde lo ha sacado? Quiero hacer un trueque.

— ¿Dices trueque? —La voz sonaba menos estridente, suavizada. — ¿Qué das a cambio?—dijo con total interés la vieja— ¿Qué tienes de valor? Porque esta ropa la he traído de un lugar muy alejado de aquí, me ha costado mucho traerla— Ahora miraba con detenimiento el suéter verde— No, ya recuerdo… Una mujer me lo cambió por una pelota saltarina.

— ¿Dónde? ¿En dónde vio a esa mujer? —preguntaba ansiosa la niña, desesperada, con la urgencia haciéndole saltar los ojos. — ¡Dígame, por favor! Le daré todo esto —enseñaba en sus manos pequeñas un diminuto corazón que palpitaba aceleradamente de amor. La anciana abrió los ojos muy sorprendida, era un trueque muy tentador y por un instante pensó en aceptar, pero alejó la idea con enérgicos movimientos como si quisiera ahuyentar a una parvada de malignos buitres.

— No puedo aceptarlo, es demasiado por un suéter, solo dame un par de lágrimas y con eso será suficiente. Y anda, ve a buscar a tu madre, seguramente ella te estará esperando.

Mara le entregó un poco más que un par de diamantes, sus ojos derramaron muchos.

Abrazando el suéter caminó y siguió las instrucciones de la vendedora. Llegó a un barrio mugroso, devastado, en escala de grises. Buscó el portal que la anciana recordaba cuando hizo el trueque con la mujer del suéter. Le costaba trabajo distinguir los colores en aquel sombrío lugar. Se detuvo y ahí estaba: un portal rojo óxido. Lo atravesó como una flecha que busca un blanco. Había muchas siluetas dibujadas con carbón que se movían despacio, cautelosas, temerosas de hacer movimientos bruscos. Mara volteaba de un lado a otro, buscando, anhelando y encontrando. Lara asomaba desde una ventana, había percibido la inquietud de las gentes de carboncillo, quería saber el motivo. El suéter rompía la oscuridad del corredor, era imposible no ver a Mara.

— ¡Hija! ¡Mara! ¡Aquí! —gritaba emocionada. No quería perderla de vista pero debía bajar a su encuentro.

Mara pasó de largo. Se introdujo por una de las tantas puertas que había en ese corredor. La gente de carbón se inquietaba cada vez más. Lara se sintió aspirada por una poderosa fuerza, sintió una fuerte succión y regresó solo un momento.

Madre e hija volvían a encontrarse. De rodillas Mara abrazaba a su madre, postrada en un vencido camastro. Lara tuvo apenas fuerzas para abrazarla por última vez. Besó su pelo y sintió la cascada de diamantes que la pequeña dejó caer sobre su raída ropa. Mara con ternura le cobijo con el suéter y miró sus ojos antes de que se cerraran para siempre. La gente de carbón se fue en un susurro. Un vecino se asomó al interior del cuartucho y vio una triste estampa: Mara con la cabeza baja, sollozando, con una pelota saltarina entre sus dedos. A Lara con los ojos cerrados y con gesto de paz.

Miró un montón de diamantes dispersos en el suelo, se le ocurrió que muy temprano iría a negociar al mercado.