La sonrisa del universo

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Luna
«Luna» por Carlos Quijano

Cuenta una leyenda, que la diosa se cansó de vivir entre los mortales, así que un día ascendió y se convirtió en luna. Pasó una temporada de ese modo, observando sola, desde lo alto la tierra. Se dio cuenta que extrañaba algunas cosas del mundo y de inmediato se cubría de tristeza. Un buen día, un grillo que estaba parado en una ramita, notó esa desolación, tomó su violín y comenzó a tocar una dulce melodía. La serenata llegó hasta la diosa luna. Le gustó tanto la canción del grillo, que sonreía feliz. Ahora cada vez que hay luna menguante es porque el grillo toca y hace que la luna, dibuje una brillante sonrisa en el cielo estrellado.

Eclipse

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Eclipse
«Eclipse de letras» por Carlos Quijano

Creí conocer
tu mundo binario
a veces te odio
otras veces no tanto

Tregua de todas las guerras
Plegaría contra demonios
Terapia opcional
en noches de insomnio

Susurrabas ruido
escribías callada
gritabas música
en tinta ahogada

Tobogán de emociones
cómplice del caos
No lo habría entendido
aunque hubieses explicado

Promesas silenciadas
mar de contradicciones
luces en las sombras
días que aguardan noches

Creí conocer
tu mundo binario
a veces te odio
otras veces…

Tiovivo

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Tiovivo
«Tiovivo» por Carlos Quijano

De niña siempre se quedaba mirando el carrusel, pero nunca tuvo intención de subir, aunque había un caballito de crin naranja que le invitaba a montarlo con cadenciosos movimientos de sube y baja. El caballo miraba todo el tiempo al frente, intentando llegar en cada ciclo a su destino final. Girar y girar sin cesar, eso le inquietaba tanto como la palabra eternidad.

—Señora Terán, no debe considerar la falta de interés de su hija como síntoma de una patología. Simplemente no le llama la atención subir a un tiovivo, es tal vez, en el mejor de los casos, una idea arraigada en su subconsciente que al paso del tiempo terminará por olvidar —decía el médico mirando el bloc de recetas con letras impresas en azul marino.

—Doctor, a todos los chicos les gusta el carrusel, ¿acaso a usted no? Bueno, me refiero a cuando era niño. A mí me gustaba, era mi atracción favorita en los parques de diversiones —Insistía la madre de Mariana. Intentaba convencerse así misma más que al doctor Zubirán.

— ¿Conoció a algún chico que tuviera fobia a los payasos, señora Terán? —dijo en tono perspicaz el doctor.

— ¡Claro! Pero es diferente. Los payasos son seres vivos, maquillados a veces grotescamente, siempre con ese gesto de que algo bastante grave les está sucediendo en ese momento. En el tiovivo, los caballitos están inmóviles, inanimados, inertes, no tienen vida ni gestos de tristeza… Solo esa mirada anhelante —dijo la última frase en un suspiro desinflado.

El doctor Zubirán hizo un ademán con las manos para indicar en cierta forma, que no quería continuar la polémica de la supuesta aversión enfermiza de Mariana hacia el tiovivo.  Siempre había considerado la posibilidad de que la señora Terán, junto con todo su abolengo, escondía señales de padecer hipocondría. Se limitó a prescribir un vitamínico para reforzar el sistema nervioso de la niña, no necesitaba ninguna medicación.

Si bien Mariana dejó de ser una niña que evitaba subir al carrusel, no fue porque se curara de alguna antipatía extraña, simplemente olvidó con el tiempo la idea. Además las actividades de una adolescente, no incluían más los juegos infantiles. En el verano conoció a Alfonso, chico simpático que acudía regularmente a la cafetería del barrio donde se daban cita muchos chicos de la edad a consumir smoothies y a mirar obsesivamente las pantallas de sus teléfonos celulares. En ese extraño ritual previo, convivieron un poco antes de hacerse novios.

Fue casi al final del verano cuando una caravana de camiones anunciaba la llegada de un circo y junto con él, una docena de atracciones y juegos mecánicos. Se ubicaron en un solar no muy lejano al centro de actividades de los chicos que disfrutaban los últimos días de vacaciones antes de regresar al colegio. Una carpa, ningún animal —las leyes prohibían espectáculos con animales—, una montaña rusa a escala, carritos de comida rápida, tiro al blanco, boliche de mesa y varios juegos más.

— ¡Apresúrate! —decía Alfonso mientras intentaba coger de la mano a Mariana.

—Las atracciones no se irán, tonto, acaban de llegar a la ciudad. —contestaba Mariana apretando los dedos del muchacho.

Las luces de colores y la algarabía del sitio cumplían con la promesa de una diversión que rompía la monotonía de la ciudad. Los chicos contagiados de entusiasmo, iban y venían, miraban, se acercaban a los juegos, percibían diversos olores de los dulces y bocadillos, creando una atmósfera casi mágica.

—Vamos por algo para beber, muero de sed—se dirigía Alfonso a Mariana que se había dado media vuelta atraída por el movimiento del juego mecánico. Se vio atrapada por una luz estroboscópica que centelleaba en medio del mecanismo de rotación. —Eh, niña, ¿quieres agua o soda?—Mariana seguía hipnotizada mirando cada ciclo y no contestó.

—Vale, vamos, subiremos al tiovivo.

Ella estaba rígida, con los pies plantados en el suelo como si estuviese a punto de contener a un rudo jugador de fútbol, dispuesto a taclearla sin remordimiento. Alfonso la tomó del brazo y casi la llevó arrastrando, divertido, creyendo que era un extraño juego de Mariana. La tomó por la cintura y en un salto estaban sobre el carrusel, girando. Mariana perdió todo sentido de orientación, físicamente giraba en una dirección, pero su mente atravesaba un time lapse digno de un premio Oscar. Era como mirar un degradado en colores vomitivos. En un segundo, apareció un caballito de crin naranja que le invitaba con movimientos cadenciosos a montar.

Cuando bajaron del tiovivo, Mariana iba tan vertical como una prima ballerina que se prepara para hacer una figura de ballet sumamente complicada. Iba callada dejándose llevar por el abrazo de Alfonso. La euforia de la feria se apagaba con las luces y se disipaba con el viento frío de la noche. Ella volteó a mirar el carrusel, seguía girando, era la única atracción que seguía iluminada en multicolor. Giraba con todos los caballitos ocupados con jinetes inanimados, inmóviles con la mirada anhelante de quien espera ver a cada ciclo su destino final. Muchas almas de niños montando caballitos, subiendo y bajando. El alma de Mariana mirando fijamente hacia la eternidad.

La puerta

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La puerta
«La Puerta» por Carlos Quijano

Inmóvil, inclinado en la cama, se asía con toda su fuerza al cobertor. Trataba de no hacer ruido ni movimientos que pudieran delatar su presencia. Tampoco quería despertar a su compañera quien dormía profundamente sin percatarse del dilema que estaba viviendo él en ese momento. Temía que si despertase, le haría alguna pregunta. No quitaba la vista de la puerta: su temor provenía de imaginarse que al cruzarla ya nadie sabría quien era él. Sentía tanto miedo de quedarse dormido y despertar con los gritos de su pareja preguntando « ¿Quién es usted?»,«¿Qué hace aquí?». Le daba pavor cerrar los ojos, estaba convencido de que el sueño cambiaría su realidad. ¿Qué había al otro lado de la puerta? No quería averiguarlo. Algo le decía que al cruzar el marco, absolutamente todo, el mundo completo, tal y como lo conocía sería otro; uno muy diferente.

Se quedaría en la cama esperando muy quieto a que llegara el amanecer, evitando todo el caos que podría presentarse en caso de quedarse dormido y despertar siendo otra persona. Una persona diferente físicamente, porque por dentro seguiría siendo el mismo, mas no lo reconocería su novia, o su vecino, ni la gente que saludaba todas las mañanas camino a la oficina, ni en la cafetería; ni le permitirían el acceso al edificio donde trabajaba porque su cara sería distinta a la que todo el mundo conoce. Le daba pánico. Ahora la puerta estaba entreabierta. ¿Cuándo pasó? No había quitado los ojos de encima de la puerta y ahora se abría un poco. El morbo le obligaba a asomarse, a echar un vistazo rápido. Inclinó unos centímetros la cabeza y miró.

La alarma del despertador le provocó un sobresalto. Despertó asustado, miraba para todos los rincones de la habitación. La puerta estaba abierta del todo, aunque a la luz de aquella mañana, ya no se veía amenazadora. Saltó de la cama y corrió a mirarse en el espejo del baño, por un instante cruzó por su mente el horrible pensamiento de que vería otra cara en el reflejo, pero sintió total alivio al ver que su rostro era el mismo. Su novia se había levantado antes, seguramente estaba preparando café Recomiendo romper esta oración larga. Atravesó la puerta y su confianza regresó de inmediato: no había más que el pasillo de su casa, las mismas fotos en la pared, el mismo cuadro patético que le dieran de regalo de bodas, la mesita con flores de plástico en un jarrón. Todo permanecía igual. Tomaría una ducha.

En la cocina no había nadie. No había café, ni estaba la novia. Salió apresurado a la calle, su auto estaba aparcado donde lo había dejado la noche anterior. Quizás ella habría ido al mercado por fruta fresca, solo estaba a dos calles. Se le hacía tarde para llegar a la oficina, subió a su coche y tomo el camino habitual. Todo lucía igual, pero había algo diferente. ¡No había gente en las calles! Giró para estacionarse frente a la cafetería. El nerviosismo se estaba apoderando de él, lo invadía como una pandemia. El café estaba desierto, como si hubiese sonado una alerta de ataque nuclear y todos hubiesen corrido a esconderse en refugios antibombas. Él quería gritar pero el temblor de su mandíbula le hacía tartamudear.

—Hey, amigo, tu turno —decía una voz a su espalda—. ¡Que te han llamado, anda, no tenemos todo el día! —insistía ya con tono urgente.

Se alisó el saco y movió el cuello a modo de ejercicio de relajación.

—Aquí vamos —dijo para sí adoptando una actitud de seguridad, a paso firme y decidido.

Atravesó la puerta, se sintió extraño cuando lo hizo. Se recompuso rápidamente para que su entrevistador no notara ese atisbo de vacilación. Dirigió su mirada hacia el escritorio, ordenado, pesado, de madera antigua; por un momento pensó como habían hecho para subirlo hasta el octavo piso.

—Tome asiento, por favor —dijo la mujer, haciendo un ademán de invitación.

—Muchas gracias —contestó tranquilo y natural.

— ¿Quién es usted? —preguntó la mujer mientras pasaba hojas de papel de una mano a otra.

Él se quedó inmóvil. Las palabras habían desaparecido. No podía articular una sola. Mientras, la entrevistadora le volteaba a mirar, extrañada por el inusitado silencio a la primera pregunta.

— ¿Qué hace aquí? —preguntó con toda la molestia la mujer, disgustada por la falta de atención de su entrevistado.

Él respondió, no como debió hacerlo, lo hizo con un grito de profundo terror, de un miedo primitivo, de un pánico impulsivo que lo obligó a buscar una salida. Había una puerta.  Escogió la ventana.

Este relato está publicado en la revista #4 de Salto al reverso. Da clic aquí para leerla en issuu.

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